La mayoría de los problemas sociales que existen dos veces: primero en la realidad material, y después en el relato político que se construye alrededor de ellos. La vivienda sería un ejemplo claro. Pero hay otros casos en los que el patrón se invierte: de un relato, se genera un problema político. La seguridad urbana pertenece claramente a esta segunda categoría.
Durante los últimos años Barcelona ha vivido una intensa discusión sobre el aumento de la delincuencia. La oposición al gobierno de Ada Colau —con el Partido Socialista de Catalunya entre sus actores más activos— situó la cuestión en el centro de la agenda pública, y los principales grupos empresariales mediáticos, encabezados por el Grupo Godó, alentaban los miedos: cada robo era escaparate mediático, cada episodio violento o cada incidente en el metro, un síntoma del supuesto deterioro general de la ciudad.
La estrategia funcionó. Las encuestas municipales empezaron a registrar un aumento muy significativo de la preocupación por la seguridad. El miedo entró de lleno en la política barcelonesa.
El momento en que la inseguridad entra en la agenda
El Barómetro semestral del Ayuntamiento de Barcelona, que mide cuáles son los principales problemas percibidos por la ciudadanía, permite observar con bastante claridad ese proceso. En 2017 la inseguridad aparecía como una preocupación relevante, pero todavía lejos de las primeras posiciones. A partir de 2018 la situación cambia de forma notable. En varias oleadas del barómetro la inseguridad pasa a ocupar el primer lugar entre los problemas señalados por los barceloneses.
En la encuesta de junio de 2019, cerca de un 30 % de los ciudadanos identificaban la inseguridad como el principal problema de la ciudad, el nivel más alto registrado en más de una década. Ese dato marcó profundamente la agenda política de las elecciones municipales de ese mismo año. La seguridad se convirtió en uno de los principales ejes de campaña y en un terreno privilegiado de confrontación política.
La politología lleva décadas estudiando este tipo de dinámicas. Como mostraron Maxwell McCombs y Donald Shaw en su teoría del agenda setting, los medios no dicen necesariamente a la ciudadanía qué pensar, pero sí determinan sobre qué temas piensa. Cuando un problema ocupa durante meses titulares, debates televisivos y campañas electorales, su importancia percibida crece incluso aunque los indicadores objetivos evolucionen de forma más moderada.
En Barcelona ocurrió algo parecido. La inseguridad pasó de ser un problema urbano relevante a convertirse en el símbolo de una supuesta decadencia general de la ciudad. Y dicha supuesta decadencia comenzó a diluirse con la llegada de Jaume Collboni en la alcaldía. Pero, ¿por qué?
Qué dicen realmente los datos de criminalidad
Cuando se analizan con detalle los datos disponibles, la imagen aparece bastante más matizada. Los registros del Ministerio del Interior y de los Mossos d’Esquadra indican que el aumento de delitos registrado en Barcelona entre 2017 y 2019 se concentró sobre todo en una categoría muy concreta: los delitos contra el patrimonio, especialmente los hurtos. Los hurtos representan históricamente la mayor parte de la criminalidad en la ciudad. Se trata de delitos sin violencia que suelen concentrarse en zonas con gran actividad turística y comercial.
En 2019 Barcelona registró aproximadamente unos 90.000 hurtos, una cifra elevada pero estrechamente vinculada al contexto de esos años. La ciudad vivía entonces uno de los momentos de mayor crecimiento turístico de su historia reciente y los delitos se concentraban sobre todo en los principales circuitos de visitantes.
La Encuesta de Victimización de Barcelona, elaborada por el Ayuntamiento, permite añadir otra capa de análisis: en la edición de 2019 aproximadamente un 23 % de los residentes afirmaban haber sido víctimas de algún delito durante el último año, una cifra muy similar a la registrada en 2018. Es decir, mientras la preocupación por la inseguridad crecía con rapidez en el debate público, los niveles de victimización real se mantenían relativamente estables.
En todo caso, la pandemia de 2020 introdujo además un cambio abrupto en esta evolución. Las restricciones de movilidad y el desplome del turismo provocaron una caída muy significativa de la criminalidad en toda España y también en Barcelona.
Cuando el miedo deja de ser útil políticamente
El Barómetro municipal de 2024 y 2025 sitúa la inseguridad como principal problema de la ciudad en torno al 23 %, varios puntos por debajo del pico alcanzado en 2019.
Ese descenso resulta especialmente interesante si se observa el contexto político: durante los años en que Ada Colau ocupó la alcaldía, la seguridad fue uno de los principales frentes de confrontación entre el gobierno municipal y la oposición. Entre los actores más activos en ese debate se encontraba el Partido Socialista de Catalunya.
Tras las elecciones municipales de 2023 la situación institucional cambió. La alcaldía de Barcelona pasó a manos del socialista Jaume Collboni, con el apoyo de fuerzas que durante años habían denunciado un supuesto deterioro generalizado de la seguridad urbana. Después de un par de actuaciones “espectaculares” por parte del Albert Batlle — consistente en anunciar que se habían intervenido unas cuantas navajas de jóvenes que salían de fiesta por la noche — el tema estrella de las tertulias de radio y de la prensa local, se esfumó al cabo de poco.
La construcción política del “problema”
La (in)seguridad urbana no ha desaparecido. Tampoco lo han hecho los delitos. Pero el tono del debate ha cambiado de forma notable: lo que durante años se presentó como el gran síntoma de la decadencia de Barcelona ocupa hoy un lugar mucho más discreto en la agenda política.
Loïc Wacquant señaló que en muchas ciudades occidentales el discurso sobre la seguridad funciona como una forma de reorganizar el conflicto político. Problemas complejos —desigualdad urbana, precariedad social o tensiones territoriales— se reformulan como cuestiones de orden público que permiten movilizar apoyos de forma rápida.
Barcelona ofrece un ejemplo bastante claro de este mecanismo. Durante varios años la inseguridad funcionó como un recurso político eficaz para erosionar al gobierno municipal. El miedo urbano tiene una ventaja evidente en el terreno electoral: es inmediato, emocionalmente potente y difícil de desmentir en el corto plazo. Cuando ese recurso deja de ser útil políticamente, el debate cambia con sorprendente rapidez.
La realidad urbana probablemente no ha variado tanto como el relato construido alrededor de ella, y esa es quizá la lección más interesante del debate sobre la seguridad en Barcelona: los problemas sociales existen, pero su significado político se constituye discursivamente…de la mano de aquellos que tienen capacidad para constituirlo.
