
No deja de ser paradójico que, en el año de la ciudad mundial de la arquitectura, el habitante condal se pregunte sobre la vivienda a partir de su grave crisis, por lo demás más preocupante al no limitar su alcance a un solo matiz.
Lo vimos no hace mucho al estallar al unísono dos de sus caries abordadas en estas páginas. El Ayuntamiento desalojó la barracópolis del pont del Treball Digne, al fin aceptada como la mayor de la capital catalana, y muchos vecinos, según Jordi Amat, de clase media, se concentraron frente al edificio sito en el número 14 del carrer de Sant Agustí para impedir el desahucio del último inquilino local superviviente, héroe al resistir la embestida de un fondo de inversión con ansias de colonizar todo el inmueble, dedicándolo al alquiler vacacional.
Tanto en un caso como en otro, la administración ha reaccionado al tratarse de situaciones límite y poder aprovecharlas desde el oportunismo político. Desmontar el campamento de los terrenos de Adif permitirá accionar la demolición de la estación de mercancías de la Sagrera, algo cada vez más incomprensible, al liberar sus alrededores del peligro de una precariedad cada vez más visitada por roedores.

La operación, en realidad, es una más en ese perímetro. Poco a poco se ha reducido la conurbación de miseria, siempre desde el surgimiento de extraños incendios, algunos jaleados por miembros bastante particulares del vecindario, como un señor al que pueden localizar en vídeos y hasta en artículos de servidor, pues el hombre no cejaba en su empeño de expulsar a los migrantes de esos prados insalubres.
Así fue como, al fin, se habilitó el parque de la Torre del Fang y la parte del pont de Calatrava hacia Bac de Roda se vació de chozas en eterno proceso de descomposición. La alegría del señor entusiasta ante tamaños logros no debe hacernos olvidar cómo aún hay muchos desdichados en situaciones similares a los sucesores de las barracas de La Perona.
Y son personas de variada edad y origen. En ocasiones los localizamos bajo arcos o en portales que resguardan con cajas de cartón, como los del núcleo del Palau Marcet, estos días en el centro del debate no por la pobreza en su entrada, sino por la perversión del patrimonio para darle salida, lo que tampoco debe ser malo per se, pese a tener un aire a sombrero amante de la rentabilidad al estilo Porcioles, ese fantasma que nunca se fue, menos desde el paraguas socialista.

Otros de los sin techo no tienen siquiera una tienda de campaña y se estiran en cualquier rincón del suelo con una manta o sin ella. Lo peor es que han asumido esa desprotección y no suelen recibir ayuda de ningún tipo. Su máximo consuelo son los bancos de la calle, pues en los de guardar dinero tienen vetado el acceso por ese contundente cierre de los establecimientos, ufanos en su condición, no solo metáfora de cancerberos del capitalismo posmoderno, mendaces en su ayuda a la vejez y prepotentes con los de su especie que no aportan beneficios.
Al mencionar la resistencia contra el desahucio del carrer de Sant Agustí, he comentado cómo el escritor Jordi Amat la englobó en la clase media. No se equivocaba; de hecho, con trazo sutil, apuntaba un detalle quintaesencial, aunque sospecho que no lo enfocaba con mis gafas, con las que constato cómo la Vila de Gràcia ahora es un escaparate obsceno al mantener su fachada y haber expulsado casi por completo a sus residentes previos a la pandemia.

Siempre, por tradición, este barrio, que rechaza este nombre al considerarse más, ha exhibido un fuerte empuje de protesta, hasta el punto de ser una de sus señas identitarias. Desde la revuelta de las quintas en 1870 hasta la protesta por la encina bicentenaria, han logrado victorias de gran calado, arruinadas en el último quinquenio por esa especie de transformación antropológica, falsa al tratarse de un deshacerse de lo anterior desde un simulacro de continuidad.
En el siglo XIX, una de sus reclamaciones era aguantar el imperialismo barcelonés, expresado mediante muchas tretas que iban de la iluminación a los primeros tranvías. En nuestra centuria, es paradigma de integrarse sin rechistar en exceso al magma céntrico de la ciudad, bien sea con precios imposibles, bien por renunciar a cualquier tipo de combatividad real en el día a día. Para muestra basta el botón de su fauna humana y cómo el tejido antaño con aspiraciones de ir a la contra se ha convertido en un arquetipo de la marca BCN, con expats encantados de conocerse y aborígenes de ideología más bien conservadora que discrepan conmigo en lo de Gràcia en el centro al mimarla desde parámetros más propios de Upper Diagonal.

De este modo se coloniza una geografía. La periferia, recuérdenlo, comienza en Pi i Margall, el viejo torrent de la Partió que separaba Gràcia y Sant Martí de Provençals, inmenso y hoy en día reconocido solo tras pasar el pont del Treball Digne. El pasaje más veterano del antiguo pueblo, y hoy de un mal llamado Eixample, porque en esa zona no pinta nada, es el de Conradí, a la espera de ver cómo abren su segundo acceso, mientras en el primero la inacción es la norma, habiéndose instalado un campamento tapado con telas para no levantar polémica ni vergüenza, como si esto no existiera en el centro.
Ya vemos que sí. No se irá y lo más probable es que amplíe su radio sin consecuencias electorales para nadie. Los ciudadanos deben irse y Barcelona se queda sin ellos. Una ciudad sin ciudadanos. Los de Sant Agustí son clase media de todas partes, no solo de Gràcia, dado que en esta prima el decorado, un poco por afinidad prediseñada y ceñida a criterios económicos, a lo Consell de Cent, en 2023 feudo electoral del radical chic colauista y en 2026 carga y descarga con expats obcecados en hacer suyo el espacio, con precios estratosféricos para las tribus locales.
Hará unas semanas, un notario dijo que el clima por el precio de la vivienda era propio de una hipotética rebelión social. Sí, pero no, porque cada vez existe menos clase media y en los barrios, así como en todo Occidente, han conseguido desmontar la idea de colectivo, sin la cual es utópico llevar a cabo ningún plan para voltear la tortilla. Si la clase media cree obtener victorias con un apartamento o un edificio, solo corrobora el peligro de barrido democrático. En situaciones de extrema gravedad, las acciones nunca deben ser de mínimos y quizá convenga adoptar capas reales. Si las tornas han hundido el equilibrio, quizá reconocer la hegemonía en porcentaje de una clase que no quiere ser bautizada como trabajadora sería una buena antesala para reaccionar sin tonterías y con empeño de remar juntos, no solo en aisladas efemérides que se olvidan al siguiente telediario.


