En una reciente entrevista, Antonio Maestre defendía la necesidad de un antifascismo cotidiano, una práctica diaria de confrontación frente a comentarios machistas o racistas en espacios cercanos. Su propuesta tiene una dimensión ética indiscutible: frente a la normalización del odio, alguien tiene que decir algo. Sin embargo, cuando esta lectura se convierte en el eje explicativo del fenómeno —cuando la extrema derecha se interpreta fundamentalmente como una deriva cultural— se corre el riesgo de confundir el síntoma con la causa. Porque lo que está en juego no es solo —ni principalmente— un problema de valores. Es, como ya advirtió Karl Polanyi en La gran transformación, una cuestión estructural: el desbordamiento del mercado como principio organizador de la vida social.
Polanyi escribía en 1944 tratando de entender cómo Europa había llegado al abismo de los totalitarismos. Su respuesta no apuntaba a una súbita irrupción de barbarie cultural, sino a un proceso mucho más profundo: la construcción del mercado autorregulado como utopía política. La idea de que la sociedad debía someterse a las leyes del mercado —y no al revés— generó una desestabilización sin precedentes. Lo que él llamó el desencastramiento (disembedded) de la economía: la separación entre las relaciones económicas y las estructuras sociales que las sostenían. El resultado fue devastador. Tierra, trabajo y dinero —realidades sociales complejas— fueron convertidas en mercancías ficticias. La mercantilización de la tierra implicó la destrucción de formas de vida; la del trabajo, la precarización y el desempleo masivo; la del dinero, la inestabilidad financiera. Lo que emergió no fue una sociedad más libre, sino una más insegura, fragmentada y vulnerable.
Este proceso, como sugieren también los materiales del propio Polanyi, no solo produjo crisis económicas, sino una erosión profunda de los vínculos sociales . Y es precisamente en ese terreno donde hay que situar el auge de los extremismos. Frente a la expansión del mercado, Polanyi identificó lo que denominó el doble movimiento: por un lado, la tendencia a extender la lógica mercantil a todos los ámbitos de la vida; por otro, la reacción social frente a sus efectos destructivos. Esa reacción podía adoptar formas progresistas —protección social, derechos laborales, regulación— o formas autoritarias. El fascismo, en esta lectura, no es un accidente cultural, sino una respuesta política a una crisis social generada por el propio mercado.
Esta perspectiva obliga a desplazar el foco. No se trata de negar la dimensión cultural de la extrema derecha, sino de entender que esa dimensión se inscribe en un contexto material específico. El miedo al otro, la xenofobia o el repliegue identitario no emergen en el vacío: son formas de canalizar inseguridades producidas por procesos de desposesión, precarización y pérdida de control sobre la propia vida.
Volvamos entonces al presente. ¿Qué ocurre cuando, décadas después de Polanyi, asistimos a una nueva fase de intensificación del mercado? La financiarización de la vivienda, la precarización laboral vinculada a plataformas digitales, la erosión de servicios públicos o la conversión de las ciudades en activos de inversión no son fenómenos aislados. Son expresiones contemporáneas de ese mismo impulso de desbordamiento. En este contexto, explicar el auge de la extrema derecha únicamente en términos culturales equivale a mirar la superficie. Es más fácil señalar al vecino que hace un comentario racista que preguntarse por las condiciones que hacen que ese comentario encuentre resonancia. Es más cómodo pensar que el problema es la ignorancia que asumir que hay una estructura que produce inseguridad de forma sistemática.
Aquí es donde la lectura de clase resulta imprescindible. No porque ofrezca una explicación total, sino porque permite reintroducir la dimensión material en el análisis. Las sociedades atravesadas por la inseguridad —laboral, residencial, vital— son más propensas a buscar soluciones autoritarias. No por una inclinación cultural intrínseca, sino porque esas soluciones prometen orden en medio del caos. El culturalismo, en este sentido, tiene un efecto paradójico: al centrarse en los comportamientos individuales, desactiva la crítica estructural. Convertir el antifascismo en una práctica exclusivamente moral puede ser necesario, pero es claramente insuficiente. Sin una intervención sobre las condiciones que generan esa deriva, el problema se reproduce.
Polanyi lo entendió con claridad: no hay estabilidad social posible cuando el mercado se convierte en la única lógica organizadora. Y, sin embargo, esa parece ser precisamente la dirección en la que seguimos avanzando. La promesa de libertad del mercado se traduce, para amplias capas de la población, en una experiencia de pérdida de control. Y es en ese terreno donde florecen las respuestas autoritarias. Por eso, más que elegir entre cultura o economía, el reto es articular ambas dimensiones sin perder de vista la jerarquía de causas. Señalar una machistada en una cena puede ser un gesto necesario. Pero si no se aborda el proceso que convierte la vida en una mercancía —si no se cuestiona la centralidad del mercado— ese gesto se queda en la superficie. La pregunta, en última instancia, no es por qué hay gente que vota a la extrema derecha, sino qué tipo de sociedad hace que esa opción resulte plausible. Y en esa pregunta, más que en la corrección cultural, es donde sigue resonando con fuerza la advertencia de Polanyi.

