La cotidianidad de nuestro día a día a veces nos hace perder la perspectiva de cuan puede haber cambiado el mundo en apenas unos años. A decir verdad, con frecuencia los cambios no son tan progresivos como tendemos a pensar. Es decir, hay décadas en las que parece no suceder apenas nada… Hasta que algo aparece y lo transforma todo. Pero en un mundo híper-acelerado como este… Estos eventos cada vez se tornan más frecuentes y dramáticos.
Si bien podemos remontarnos a 2016 como el año en el que el malestar social (post-crisis 2008) comienza a dar sus frutos en forma de auge de la ultraderecha (El Brexit con su discurso euroescéptico o la primera victoria de Trump), lo cierto es que 2020 es probablemente aún mucho más significativo. Y lo es por lo mismo que acabo de señalar: la hiper-aceleración.
La pandemia de la COVID-19 transformó efectivamente el mundo. Si bien se podría argumentar que dicha pandemia influyó a corto plazo y de forma inequívoca en la derrota de Trump de 2020, a decir verdad se puede aseverar que en ese tiempo se cosecharon los frutos de una segunda oleada más fuerte y, sobre todo, más ubicua en este pensamiento. Al quedar encerrados en casa durante tanto tiempo, con restricciones a la movilidad y al comercio y con la incertidumbre y el miedo sobre lo que estaba sucediendo con el virus, las redes sociales pasaron de ser un elemento auxiliar en la comunicación entre personas a una realidad consistente y casi autosuficiente, proporcionado ingentes toneladas de entretenimiento… Y de confusión. El miedo y la incertidumbre comenzaron a generar una retroalimentación constante: búsqueda de información que generaba más temor, temor que implicaba más clics y más horas de atención, atención que cada vez nos hundía más en nuestra propia cámara de eco, un distanciamiento que nos alejaba cada vez más del que ya no era solo diferente sino casi un enemigo, etc. De este modo, las teorías de la conspiración comenzaron a tornarse mainstream y a discurrir sobre temas en boga de todo el mundo, mientras que los movimientos de ultraderecha pudieron culminar el vaciamiento de su noción de libertad para utilizarlo como arma arrojadiza (“¡Viva la libertad, carajo!” o cómo gozar de la sacrosanta libertad de elegir entre diferentes modos de padecimiento).
Hoy, en pleno 2026, la crisis sanitaria provocada por el Hantavirus nos produce escalofríos. Es un patógeno que tiene una tasa de letalidad muy superior pero con una tasa de contagio sustancialmente inferior que el SARS-COV-2. Pero esta descripción ni informa, ni tranquiliza, ni ayuda en nada. Porque los escalofríos vienen de rememorar el trauma de 2020 y quizás, también, porque observamos cómo el mundo se transformó en este lapso. Nadie dudó ni por un instante que esto sería combustible para alimentar más conspiraciones y tampoco no se vaciló sobre que sería utilizado muy agresivamente de forma política (llegando prácticamente al esperpento). Pero aunque no sorprenda esto a nadie, no deja de ser cuando menos llamativo que quiénes claman por la prioridad nacional no quieran que el barco en cuestión llegue a costas españolas para ser atendido (con 14 españoles a bordo, todo sea dicho de paso, aunque a decir verdad no sabemos si sus madres y sus padres también lo son).
De todos modos, visto de otra forma, la falta de solidaridad y la crueldad se ha erigido en la norma desde hace ya bastante tiempo, aunque siempre revestida de tal forma que parezca otra cosa: nadie es insolidario si se le pregunta, simplemente lo es pero por los motivos adecuados (que se lo digan a todos aquellos que apoyan, por ejemplo, a Aliança Catalana para estupefacción de amigos o familiares que no comprenden el porqué).
Lo más irónico de todo esto, casi sardónico diría yo, es que durante este lapso de tiempo nos hemos ido dando cuenta de que no toda conspiración es necesariamente falsa, solo que la proliferación y el éxito de estas no obedece a su presumible veracidad, sino a los resortes que activan y a cómo pueden posicionar a la sociedad. Por eso acabamos dando más bombo al chip de la vacuna para la COVID-19 o incluso a las intenciones satanistas de Pedro Sánchez en relación al Hantavirus… Mientras en una isla sí que se estaban destruyendo la vida de muchas infancias, sin que apenas nadie clame al cielo por ello.

