Cada vez que me dispongo a salir del apartamento que alquilo en el Eixample, abro la puerta y espero que pasen diez, quince, treinta segundos, un minuto, dos, antes de cerrar de manera definitiva y partir.
Es mi intuición quien determina el tiempo en el que inspecciono que no haya voces, vecinos que suban o bajen por las escaleras o el elevador. Porque puede haber silencio fuera de casa, pero, como en la selva, la calma suele ser un estado efímero que generalmente precede a una irrupción. Entonces el peligro siempre está latente. Con la puerta media abierta, el cuerpo dentro y la cabeza entre los marcos de madera, agazapado en la espera, estudio la escena para no coincidir con mis vecinos.
Me gustaría que esta costumbre fuese un ritual, pero lamentablemente no lo es. Es un mecanismo de protección que he adoptado para evitar las interacciones con mis vecinos, quienes me provocan una sensación que ubico entre el miedo, la repulsión y la indolencia. Esa mezcla empezó cuando la vecina del piso justo debajo del mío, vivo en un segundo, comenzó a pegar golpes en su techo que es mi suelo, cuando le molestaba los juegos de mi hija durante el día. Cuando los fines de semana teníamos visita a la hora del almuerzo y, desde la calle, alguien tocaba el timbre con insistencia, tres o cuatro veces en momentos distintos. Cuando preguntaba quién era, del otro lado nadie respondía.
Hasta que un día la policía tocó a la puerta para “saber si todo estaba en orden porque unos vecinos los habían alertado de que algo pasaba en el apartamento de la persona de color” -como si el blanco no lo fuera-. Eran las nueve de la noche, mi hija dormía mientras mi esposa y yo veíamos una serie. Ese día comprendí que mi presencia en el edificio, les incomodaba. Días después colgaron en el elevador y en el lobby carteles escritos a manos que decían: “Cierra la puerta de tu apartamento de una manera civilizada y tranquila. No estás viviendo en las montañas, cuevas o favelas”.
Desde entonces hago todo lo posible por no topármelos. Porque, incluso, algunos con la intención de ser amables y chistosos, pueden llegar a decirme que “parezco uno de esos terroristas” por ir con una chaqueta ancha y larga hasta los tobillos, que “los cubanos son….unos putos”, porque sí, soy cubano.
El edificio tiene cinco pisos con cuatro apartamentos cada uno, obvio que mi estrategia falla alguna vez. Y nos cruzamos e intercambiamos. La última fue una tarde. Bajaba de casa para ir al gimnasio. Colgado en el hombro llevaba una bolsa con una toalla, unas guantillas, mi teléfono y las llaves. En el piso principal encontré una bolsa enorme con la compra de una familia delante de la puerta de un apartamento que estaba cerrado. La miré y seguí. Unos escalones más abajo coincidí con la vecina del apartamento de la bolsa que subía a toda prisa y, al verme, congeló su rostro. Me detuve al ver su reacción, que no quedó en la congelación, sino que se encorvó hacia mi bolsa para ver que llevaba dentro, no fuese ocurrir, de casualidad, que hubiese tomado alguno de los productos de su compra. ¿Pasa algo? –le pregunté. Nada, respondió. Y siguió subiendo escalones hasta llegar a la bolsa que había dejado en la puerta de su casa.
Y es que negro en Barcelona significa, como mínimo, sospecha. He tenido que vivir cuatro años aquí para percatarme. Al aterrizar en la ciudad, no comprendía porque salía a la calle y las personas desconocidas me miraban tanto, tanto a los ojos, a las manos. Y es que tanto escáner que me hacían y me hacen con la vista no es por mi belleza, porque bello no soy, es porque ser negro en la cabeza de la mayoría de los blancos es ser inferior, por el pasado histórico, por el colonialismo, por la esclavitud, la pobreza, la explotación, la sangre. Somos de fuera, migrantes de mierda, esas alimañas que vienen a jodernos, a robar “lo nuestro”, como si eso que asumen como “lo nuestro”, el estado de bienestar, propiedades, no hubiese sido construido a partir de todo lo que nos arrebataron y nos arrebatan hoy todavía de nuestras tierras, recursos, conocimientos, pisoteando y usurpando nuestras culturas y saberes. Y como si nosotros no abandonáramos hoy nuestros países porque nuestras patrias quedaron saqueadas ya para siempre tras su paso salvaje.
Tengo clarísima la primera vez que tuve conciencia de que en Barcelona, mi presencia, mi negritud, generaba sospecha. Acabado de llegar, armando el piso, fui a una tienda de electrodomésticos. Buscaba comprar una batidora. Entré a la tienda, que estaba vacía, y los dos dependientes me miraban y me miraban y me miraban. Cuando caminaba, cuando examinaba los precios, cuando tomaba en mis manos algún producto para valorar. Hasta que me decidí por uno, me presenté en el mostrador con la batidora y saqué un billete que no pasó de mis dedos. “Es raro, no podemos tomarlo”, dijeron del billete, con sus cuerpos tensos, sin dejar de escanearme el cuerpo, sin tomarlo en sus manos.
De seguro antes ya me había pasado algún pasaje similar sin que lo hubiera detectado. Una vez tuve esa clarividencia, con los ojos bien abiertos, comencé a detectar la reacción de la gente ante mi presencia. Un negro, alerta, peligro. En las escaleras del metro, retiran el bolso. En los vagones, se marchan de mi costado. En las salidas de las estaciones, los inspectores, mientras una cascada de hombres blancos camina, a mí me detienen para comprobar que tengo tarjeta de viaje.
La sospecha es tan absurda que no tengo derecho ni siquiera a correr por la calle, a ir tarde hacia un destino. Hace unas semanas lo hice para llegar a tiempo a la escuela de mi hija, iba con retraso, y sentí a mis espaldas las sirenas de una patrulla de Mossos d’Esquadra. Me detuvieron en la vía pública, me hicieron abrir la bolsa donde llevaba la merienda de mi hija y me pidieron mi identificación ante la mirada de decenas y decenas de mujeres y hombres blancos que corrían, como yo, haciendo deporte, que paseaban, que tomaban fotos.
El asunto es que no hay diferencia entre la sospecha que le puede generar a la policía un negro corriendo y que un hombre entre a un bar, en la mañana, y me vea en la barra tomando un café y leyendo el periódico del bar, pues, el hombre, como la policía, asume que algo no está bien con la imagen que observa y es por eso, cómo me sucedió, que el hombre es capaz de balbucear “me permites” y, a continuación, arrebatarme las noticias del día. Ese hombre, después de sentarse en una mesa, sin esperar una respuesta de mi parte, jamás encontrará un texto en el periódico que le haga entender que su comportamiento y el de esta sociedad, es racista.

