Cuando me propusieron asumir la dirección de Catalunya Plural, pensé que la palabra más importante no era “dirigir”, sino “continuar”. No porque las cosas deban seguir igual. Los tiempos cambian, las tecnologías cambian y también cambian las formas y los formatos de leer, mirar, escuchar y conversar. Pero hay algo que merece preservarse de la herencia que recibo: la manera de entender el periodismo como un espacio de conversación pública y no simplemente como una fábrica de contenidos.
Me incorporo a una conversación que lleva 14 años en marcha. Una conversación construida por periodistas, lectoras, activistas, docentes, profesionales de la salud, de la educación, de la cultura, de los sindicatos y de mucha, mucha gente que todavía piensa que el periodismo puede servir para entender un poco mejor el mundo y no solo para consumirlo más rápido.
Esto, en los tiempos que corren, casi parece una forma de resistencia. Vivimos rodeados de información. Nunca habíamos tenido tanta al alcance. Pero a menudo tengo la sensación de que, cuanto más información acumulamos, más difícil resulta entender qué nos está pasando. Nuestras pantallas —de jóvenes y mayores— no descansan nunca. Los titulares compiten por capturar segundos de atención escasa. La indignación se ha convertido en una industria rentable llena de burbujas interesadas. Y el debate público y político a menudo parece una sucesión de monólogos simultáneos en los que todo el mundo habla y casi nadie escucha.
No es, evidentemente, una situación exclusivamente catalana. Ni española. Ni europea. Es una transformación global de la manera en que nos relacionamos con la realidad. En este contexto, el periodismo corre el riesgo de dejar de mirar el mundo para dedicarse únicamente a gestionar reacciones. Por eso creo que proyectos como Catalunya Plural siguen siendo necesarios. No porque seamos mejores que nadie. No porque tengamos recetas secretas. Ni porque exista ninguna edad de oro del periodismo a la que valga la pena volver con nostalgia. Más bien porque seguimos defendiendo una idea aparentemente sencilla pero cada vez más contracultural: intentar explicar bien las cosas sigue siendo importante.
Periodismo necesario
Explicarlas con contexto, con matices y con tiempo. Con la conciencia lúcida de que las buenas preguntas suelen ser más útiles que muchas certezas y de que las dudas, lejos de ser una debilidad, son una forma de inteligencia democrática.
Durante estos años, la Fundació Periodisme Plural ha construido algo poco habitual en el panorama mediático contemporáneo: un ecosistema de medios independientes, sin ánimo de lucro, capaz de generar comunidad en torno a cuestiones esenciales como la educación, la salud, el trabajo, la cultura o los derechos humanos. No es poca cosa.
En un ecosistema dominado a menudo por la velocidad, la polarización y la dependencia de los algoritmos, haber defendido durante más de una década la complejidad, el contexto y el servicio público es una forma de patrimonio colectivo por el bien común. La cuestión ahora es cómo ampliar esa herencia sin convertirla en una pieza de museo. Cómo seguir siendo útiles en un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa.
Lenguajes para acercarnos la complejidad
El mundo que tenemos delante es muy diferente al de hace diez años. Las redes que llamamos sociales son, sobre todo, infraestructuras comerciales que compiten por nuestra atención. Las inteligencias artificiales han comenzado a intervenir en la producción y distribución del conocimiento. Y las fronteras —esto no es tan nuevo, pero es cada día más relevante— entre información, propaganda política y manipulación interesada son cada vez más difusas.
Al mismo tiempo, las nuevas generaciones ya no entran en el mundo de la información solo a través del texto escrito. Lo veo cada semana en la universidad. Habitan vídeos, pódcast, directos, memes, redes, fragmentos y múltiples pantallas simultáneas. Entran y salen de lenguajes distintos con una naturalidad que a menudo desconcierta a las generaciones anteriores. Ignorar esta realidad sería absurdo. Pero adaptarse a ella tampoco debería significar rendirse a la superficialidad.
El reto es más interesante que eso. Consiste en encontrar y crear formas nuevas de explicar la complejidad sin simplificarla. Hacer periodismo accesible sin convertirlo en una caricatura emocional. Explorar nuevos lenguajes sin perder profundidad.
Me gustaría que Catalunya Plural avanzara en esta dirección. Que siga siendo una casa para el texto digital, pero también un espacio capaz de experimentar con lo audiovisual, las conversaciones filmadas, los documentales, los videopódcast, los encuentros presenciales y otras formas de conversación viva que aún estamos aprendiendo a imaginar.
Plural y hecha de cruces
La palabra “plural” no es una decoración. Es una manera de entender el país. Cataluña ya no puede explicarse desde una sola voz, una sola memoria o una sola identidad. De hecho, nunca ha podido explicarse así.
Somos una sociedad de más de ocho millones de personas formada por trayectorias muy distintas. De familias que llevan siglos aquí y de familias que han llegado hace pocos años, meses. De personas que hablan una lengua, dos, tres o cuatro o cinco. De gente que lleva en la memoria historias llegadas de los pueblos del Pirineo, del Magreb, de América Latina, de Pakistán, de Europa del Este o del sur del Mediterráneo.
Esta es la realidad del país. Y, personalmente, me parece una buena noticia. Siempre me ha gustado pensar Cataluña como una encrucijada más que como una frontera. Quizá porque las fronteras suelen ser una obsesión de los mapas, mientras que las encrucijadas forman parte de la vida real. Las encrucijadas son las escuelas, los mercados, los barrios, los hospitales, las universidades, las fábricas y las plazas. Los lugares donde personas que no tenían por qué encontrarse acaban compartiendo espacio, lenguaje y futuro. Las sociedades más interesantes suelen nacer precisamente aquí.
Contra las identidades congeladas
Quizá por eso, porque he pasado buena parte de mi vida observando culturas, relatos y formas diversas de habitar el mundo, me cuesta cada vez más soportar los discursos de la “prioridad nacional”, de cualquier bandera y de cualquier signo ideológico. Me cuesta porque casi siempre funcionan igual. Empiezan prometiendo protección y acaban construyendo exclusiones. Empiezan hablando de comunidad y acaban decidiendo quién queda fuera. Los encontramos en catalán y en castellano. En las montañas del Ripollès y en los salones acomodados de Sarrià. En la calle Serrano de Madrid y en cualquier otro lugar donde alguien necesite convertir a una persona vulnerable en el culpable perfecto de los problemas colectivos.
Los recién llegados. Los pobres. Los diferentes. Los que tienen otro acento, otro color de piel o aman de forma distinta. Los que responden a otra tradición cultural. Los que tienen otros dioses. Los que sirven para simplificar una realidad que es mucho más compleja.
Mientras tanto, quienes especulan con la vivienda, expulsan vecinos de los barrios, acumulan privilegios o amplían desigualdades suelen seguir bastante tranquilos. Cambian las banderas. Cambian los himnos y los relatos populares. Pero los privilegios suelen adaptarse muy bien cuando están todos juntos.
Lo que comparten estos discursos, más allá de banderas e idiomas distintos, es la misma fantasía: la idea de que existen identidades puras, inmóviles, congeladas en algún momento idealizado del pasado. Sin embargo, la realidad es siempre mucho más indisciplinada que sus dogmas. La vida mezcla aquello que los fanáticos intentan separar.
Nuestros barrios, nuestras escuelas, nuestros hospitales y nuestros mercados hace tiempo que cuentan una historia mucho más rica, más compleja y más mestiza que la que imaginan los guardianes de las identidades inmóviles. Y esta mezcla no nos hace más débiles. Nos hace más humanos, nos obliga a escuchar más y con más atención. A revisar nuestros abundantes prejuicios. A convivir con contradicciones. A aceptar que nadie tiene el monopolio del relato de un país, de cualquier país.
Un espacio de encuentro
Creo sinceramente que el periodismo también debería servir para esto. No solo para producir titulares instantáneos o alimentar trincheras emocionales, sino para construir relatos más amplios, más honestos y más sensibles a la complejidad humana que compartimos. Las encrucijadas, cuando están abiertas y vivas, no debilitan a las sociedades. Las hacen más creativas. Más inteligentes. Más ricas. Más capaces de imaginar futuros compartidos.
Mi trayectoria profesional ha pasado por televisiones, diarios, documentales, revistas, libros, proyectos digitales y espacios híbridos. Si algo he aprendido durante estos treinta años es que el mundo contemporáneo no se deja explicar desde un único lenguaje, una única forma. Por eso me interesan las fronteras difusas. Los lugares donde el periodismo se encuentra con la cultura, la política, la educación; con el arte, con la filosofía o con esas preguntas que aún no tienen una respuesta clara.
No creo en el periodismo como una fábrica de certezas. Me interesa más un periodismo que nos ayude a pensar. Que escuche antes de sentenciar. Que incomode las simplificaciones. Que sea capaz de generar preguntas antes que consignas.
También un periodismo que entienda que el conocimiento no puede convertirse en un privilegio reservado a quien pueda pagarlo. En los próximos años, el acceso a la información de calidad será una de las grandes cuestiones democráticas de nuestro tiempo.
Por eso proyectos como Catalunya Plural tienen una función que va más allá del periodismo. Pueden defender prioridades distintas: contexto antes que viralidad, comunidad antes que algoritmos, conocimiento antes que ruido.
Una invitación abierta
No creo que el periodismo cambie el mundo. Cuando miro la historia, sospecho que nuestro trabajo suele ser bastante más modesto y menos pretencioso que eso. Pero sí creo que puede ayudarnos a mirarlo un poco mejor. Puede ayudarnos a entender quién tenemos al lado, cuáles son las preguntas importantes y qué historias merecen ser contadas con más calma de la que permiten los algoritmos.
Si en los próximos años conseguimos hacer esto un poco mejor, si conseguimos ampliar la conversación e incorporar más voces, más miradas y más complejidades diversas, ya me daré por satisfecho. Esta es, al menos, la invitación que me gustaría hacer desde Catalunya Plural. No venimos a competir por el ruido. Venimos a invitaros a continuar la conversación.

