«(Francia) Tiene (…) una plantilla de altísimo nivel.
Eso sí, sin franceses.»
Mariano Rajoy, El Debate, 10 de julio de 2026
Aquí tens la versió en catalá
Hay frases que tiene mal envejecer. Otras, diferentes, nacen ya viejas, muy viejas, pero sin proponérselo condensan en pocas palabras muchos siglos de historia, de racismo y supremacismo colonial europeo. Mariano Rajoy, ex presidente del gobierno de España, escribió el otro día esas palabras que aparecen más arriba sobre la selección francesa y no hace falta acudir a ningún archivo colonial, ni tampoco investigar los fondos de ningún museo de historia, para leer en ellas el imperialismo blanco europeo y entender en el interior de sus letras cómo sigue funcionando, hoy como ayer, el racismo.
En ocasiones, basta con leer el testimonio que publicó con nosotros el periodista cubano exiliado en Barcelona, Abraham Jiménez Enoa, para sentir el horror que provoca la dimensión cotidiana del racismo en nuestras calles, comercios, comunidades, bares. Otras veces, basta con leer una columna de opinión sobre un partido de fútbol para entender cómo el racismo europeo sigue conviviendo de forma cotidiana entre nosotros.
Lo extraordinario no es solo el exabrupto de Rajoy, sino lo mucho que esas cuatro palabras dan por supuesto. Presuponen que, en la Europa de hoy, en pleno siglo XXI, la nacionalidad de un ciudadano puede comprobarse a simple vista por el nivel de melanina de su piel. Presuponen que existe un francés auténtico, blanco, y otro provisional, importado y de otro color. Presuponen que un pasaporte vale menos que el fenotipo y que el color de la piel puede corregir un registro civil.
La de Rajoy no es una frase sobre fútbol. Es una frase sobre quién tiene derecho a formar parte del «nosotros» en la Europa de hoy. Ahí empieza el verdadero partido mundial donde nos lo jugamos casi todo. La nacionalidad de los jugadores franceses —como la de los españoles, holandeses, alemanes, ingleses…— no depende, por suerte, de la mirada racista de ningún político o política, sea Rajoy o algún otro/a més nostrat, de esos que gritan y hacen daño desde las montañas de Ripoll o las acomodadas calles de Sarria.
La de Rajoy no es una frase sobre fútbol. Es una frase sobre quién tiene derecho a formar parte del «nosotros» en la Europa de hoy
El seleccionador de Francia convoca a los jugadores por su criterio, talento, esfuerzo y trabajo y, sobre todo, porque todos y cada uno de ellos representan al país en el que nacieron la inmensa mayoría (23 de 26). Eso sí, ciertos cuerpos de piel más oscura continúan aún hoy sometidos a una especie de constante ciudadanía en período de prueba. Un francés o un español «blanco» (signifique eso lo que signifique) pertenece sin tener que dar explicaciones. Un francés o un español negro comparecen de forma cotidiana ante el tribunal imaginario de la pregunta: «¿Tú de dónde vienes?»
Si Francia o España ganan, sus futbolistas negros serán héroes nacionales y la inmensa mayoría de la sociedad celebrará su diversidad. Si pierden, reaparecen los orígenes, los apellidos y las genealogías. Al final, parece que eso de la nacionalidad reversible depende de un marcador. El VAR de la pureza nacional nunca descansa.
Esta lógica tampoco pertenece únicamente a Francia, a España o a Europa. No tiene solo linea directa con el Tribunal del Santo Oficio y Ginés de Sepúlveda o Hegel; se ha extendido por medio mundo. Sólo así se puede entender que una parte importante de la afición argentina popularizara un cántico contra la selección francesa que situaba a sus jugadores en Angola y utilizaba su negritud como insulto lamentable. De hecho, en 2024 —y quiere uno pensar que sin pensarlo— jugadores de la propia selección argentina lo entonaron durante sus celebraciones posteriores a ganar la Copa América.
Angola no aparece en esos gritos argentinos como un país concreto. Funciona como una frontera simbólica que separa lo blanco de lo negro en una sociedad como la Argentina, en la que sus ciudadanos, supuestamente y según uno de sus recientes presidentes, bajaron de los barcos procedentes de Europa y no tienen nada que ver con los antiguos pobladores originarios de aquellas tierras. La canción popular en Argentina o el artículo de Rajoy nos dicen: por mucho que hayan nacido en Francia, ustedes siguen siendo otra cosa, de otra parte. Negros. De Angola. De África.
Entre Rajoy, el cántico argentino y el filósofo alemán F. W. Hegel existe una continuidad muy incómoda. En el siglo XIX, Hegel situó a los africanos y sus culturas, a África, como un territorio salvaje fuera del desarrollo y de la historia universal. Lo presentó como un espacio parado, sin movimiento propio, mientras Europa se reservaba para sí la razón, el progreso y la Historia con mayúscula. El colonialismo necesitó barcos, ejércitos y compañías comerciales y navieras esclavistas. También necesitó filósofos.
Primero se declaraba que África carecía de historia. Después se presentaba su conquista como la generosa misión civilizadora y el saqueo adquiría vocabulario pedagógico y socioeconómico. La violencia salvaje se convertía en «progreso». La propaganda religiosa y económica obtenía notas a pie de página en los grandes libros. Dos siglos después, el racismo de Rajoy o de los hinchas de fútbol argentinos no necesita citar a Hegel para expulsar a los europeos negros del relato. Basta con describir como africano todo cuerpo negro, aunque haya nacido en París, Mataró, Amsterdam, Hamburgo o Pamplona.
Achille Mbembe ha mostrado cómo la invención de la idea de «raza» no fue un accidente de la Modernidad, sino una de sus tecnologías fundamentales: una herramienta para clasificar vidas, distribuir derechos y justificar la explotación
Hegel no sale en las tertulias deportivas de estos días, pero sus fantasmas siguen comentando los partidos. El filósofo camerunés Achille Mbembe ha mostrado cómo la invención de la idea de «raza» no fue un accidente de la Modernidad, sino una de sus tecnologías fundamentales: una herramienta para clasificar vidas, distribuir derechos y justificar la explotación, la esclavitud, la violencia y el saqueo de un continente hasta hoy. La negritud fue convertida en una categoría de sospecha permanente.
Desde esa perspectiva, la frase de Rajoy no es una simple incorrección fruto de la ignorancia. No describe una talentosa plantilla de jugadores de fútbol; delimita la frontera exacta entre quién puede encarnar naturalmente un país y quién solo puede representarlo con «permiso de residencia» a pesar de haber nacido en él. Al ciudadano negro se le convierte en categoría colectiva. Si falla, fracasa la inmigración. Si protesta, fracasa la integración. Si triunfa, se convierte durante unas horas en símbolo de diversidad, hasta que la siguiente derrota reactive la sospecha.
Francia —como España, Holanda, Bélgica o el Reino Unido— además, no pueden separarse de un presente atravesado por siglos de colonialismo, esclavitud, migraciones, guerras, explotaciones y resistencias variadas. Su diversidad no es una anomalía, es una consecuencia de su historia. Europa ocupó territorios, extrajo recursos y desplazó violentamente poblaciones. Ahora parece sorprendida porque los descendientes de aquella historia vivan en París, Londres, Mataró, Bruselas o Amsterdam.
Quizá por todo ello, Rajoy no es el problema sino el síntoma. Lo preocupante es la tranquilidad con la que esa idea sigue circulando y se publica en periódicos y webs, se habla en las tertulias y se grita en los estadios.
Rajoy no es el problema sino el síntoma. Lo preocupante es la tranquilidad con la que esa idea sigue circulando y se publica
Hegel escribió que África estaba fuera de la Historia. Casi dos siglos después, algunos siguen empeñados en mantener a los africanos —o a cualquiera que se parezca demasiado a ellos— fuera de la sociedad. No hemos abandonado el imaginario colonial y esa «colonial mentality» que cantó el músico nigeriano Fela Kuti en los años 70 del siglo pasado; sólo lo hemos disfrazado de político metido a comentarista deportivo.
Los imperios coloniales desaparecieron de los mapas, pero continúan gobernando imaginaciones e imaginarios. Y mientras un expresidente de España pueda mirar el azul de la camiseta de la selección francesa y concluir que allí dentro no hay franceses, conviene admitir una evidencia incómoda: Europa no ha conseguido descolonizarse a sí misma.
Los partidos siempre terminan. Los cánticos siempre se apagan. Las columnas (como ésta) siempre se olvidan. Pero la frontera que convierte la blancura en pertenencia pura y la negritud en sospecha constante sigue activa. No es patriotismo. Se llama racismo y aún no existe un VAR al que acudir para corregirlo.

