Desde que Vox trasladara el mantra de la prioridad nacional después de las elecciones autonómicas de Extremadura, la expresión se ha viralizado notoriamente. La discusión parece muy sencilla: ante la escasez de recursos no hay suficiente para repartir a todo el mundo y, entonces, se debe priorizar la atención y la distribución de los mismos recursos en función de algún criterio.
En este sentido, el criterio que se presenta como más “sensato” es el de pensar primero en “los nuestros”. La tentación de considerar que esta argumentación muestra algo razonable es grande si dejamos la cuestión así. Pero, cuando menos, cabe preguntarse un par de cosas antes: ¿hay tal escasez y/o estamos inexorablemente abocados a ella? Y, aún más importante, ¿quiénes son “los nuestros” y por qué?
Escasez, narrativa y simplificación
El fetichismo fascista suele ser bastante exitoso en la medida en la que no solo otorga soluciones sencillas a problemas complejos —como se suele decir—, sino que desvía el foco de atención ocultando a la vez que muestra: se señala un chivo expiatorio para redimir un mal social que efectivamente se está produciendo. El chivo expiatorio es declarado culpable porque, efectivamente, está ahí… Y algo tendrá que ver con la problemática, ¿no?
De este modo, si la sanidad pública está cada día más saturada y la población migrante está en crecimiento en este país, tal vez esto no sea casual y, por lo tanto, limitar el acceso a la sanidad pública de la población recién llegada tenga cierto sentido.
Por supuesto, hay razones humanitarias para detestar esta argumentación. Sin embargo, quizás no debamos ni siquiera recurrir a ellas en primera instancia. Es decir, antes de llegar al argumento humanitario deberíamos revisar el sentido de la argumentación.
Correlación no es causalidad
En primer lugar, la correlación no significa causalidad, con lo que no es obvio que el aumento de la población migrante sea causa del colapso de la sanidad pública.
Y, en segundo lugar, los criterios de priorización “nacional” quizás no sean tan sensatos o no tengan tanta lógica como pudiera parecer. ¿En virtud de qué razón el nacer en un determinado lugar debería ser considerado un privilegio sacrosanto? Pero, es más, ¿acaso estamos hablando de lugar de nacimiento cuando hablamos de prioridad nacional? ¿De verdad basta simplemente con nacer en un determinado lugar para los que defienden la prioridad nacional? ¿Estamos seguros de que no hablamos de otra cosa?
¿Quiénes son “los nuestros”?
Sin ir más lejos, a raíz de la polémica originada durante los primeros días sobre la cuestión de la prioridad nacional, un dirigente de Vox dijo que española es aquella persona nacida “de padre español y de madre española”. Con esto no solo iba más allá de la legislación vigente y de prácticamente cualquier consenso internacional, sino que dejaba fuera, por ejemplo, al propio rey de España (pues su madre nació en Grecia).
Y, por más rifirrafes que haya habido entre la Corona y Vox en los últimos tiempos, dudo mucho que la intención fuera dejar fuera de la cobertura de lo español a Felipe VI. Pero aún más: muchos dirigentes de Vox que son adalides del lema de la prioridad nacional tampoco serían españoles bajo esta definición.
Sin embargo, las dificultades para definir qué es exactamente lo nacional se encuentran en la misma raíz del problema: no se trata de una determinación legislativa o política concreta, sino de una suerte de sentimiento o idea que, aunque difusa, se muestra plenamente operativa.
En este sentido, fue bastante claro Vito Quiles hace ya algún tiempo, cuando se le sacó a colación que su padre también era migrante (pues es italiano), y él vino a decir algo así como: “bueno, pero no es lo mismo”. ¿Por qué no es lo mismo? Porque, obviamente, en la cosmovisión de la ultraderecha el europeo no entra, en términos generales, en la categoría de “migrante”, por mucho que se mueva de su país: cuando no es el turista, es el emprendedor o el trabajador con movilidad laboral (expat), etc.
Una categoría difusa y funcional
Aunque con la prioridad nacional parece que estemos ante un cajón de sastre del que no paran de salir ideas diferentes, realmente no es tan complejo arrojar algo de luz: es precisamente el carácter difuso del criterio lo que le permite ser segregador a conveniencia.
Es un criterio que se ubica fácilmente en el imaginario colectivo que lo nutre con referentes claros (por ejemplo, el migrante norteafricano que quiere vivir de “paguitas”, que genera inseguridad y que colapsa el sistema), a la vez que no está claramente definido ni acotado.
Porque, aunque a veces pueda parecer lo contrario, no es un criterio que se fundamente estrictamente en el lugar de nacimiento o en los méritos acumulados (como ser trabajador cotizante, por ejemplo). Es, más bien y sobre todo, un criterio de raigambre segregadora, racista y xenófoba que pretende justificar el reparto no solo desigual, sino no equitativo de los recursos.
Para que alguien se crea con derecho a un trozo de tarta más grande que otro, debe pensar que tiene razones para ello. Y si aquel al que quieres excluir resulta que sí trabaja y contribuye al sostenimiento de la sociedad de la que formas parte, más te vale encontrar otras razones para justificar su exclusión del acceso a los recursos.
Conclusión: el consenso fabricado
Pero no basta con promulgar un reparto desigual: se debe convencer de la justicia del mismo, estimulando el voto de quienes se creen con derecho a tener ese trozo más grande porque sienten que hasta ahora han sido discriminados y maltratados, recibiendo apenas migajas a su esfuerzo.
Y, como siempre ocurre con el fetichismo, en este punto debe haber siempre algo de razón. Solo que las migajas recibidas probablemente obedecen a otras razones que no se acaban señalando.

