Vivimos en un mundo donde los conflictos armados forman parte del paisaje cotidiano: existen actualmente cerca de cincuenta conflictos activos, con distintos grados de intensidad. Algunos ocupan a diario las portadas de los medios occidentales; otros —los que afectan a África o ciertas regiones de Asia— apenas reciben atención, pese a provocar centenares de miles de muertos, desplazamientos masivos y crisis humanitarias de enorme magnitud.
Aquí la versió en catalá
En La Revelación de Spielberg, el reconocimiento de la llegada de extraterrestres a la Tierra pone fin al riesgo de una Tercera Guerra Mundial. Viene a cuento porque en las últimas semanas ha reaparecido una expresión que se repite cíclicamente desde hace décadas: estamos al borde de una Tercera Guerra Mundial. La guerra de Ucrania, las tensiones entre Israel e Irán, la intervención estadounidense, el conflicto en el Líbano y la creciente rivalidad entre China y Estados Unidos (con Taiwan mediante) alimentan esa sensación.
Quizás, sin embargo, el problema no sea tanto el riesgo de una gran guerra global como la normalización de la guerra permanente. Vivimos en un mundo donde los conflictos armados forman parte del paisaje cotidiano: existen actualmente cerca de cincuenta conflictos activos, con distintos grados de intensidad. Algunos ocupan a diario las portadas de los medios occidentales; otros —los que afectan a África o ciertas regiones de Asia— apenas reciben atención, pese a provocar centenares de miles de muertos, desplazamientos masivos y crisis humanitarias de enorme magnitud.
Quizás, sin embargo, el problema no sea tanto el riesgo de una gran guerra global como la normalización de la guerra permanente
La guerra de Sudán es probablemente el ejemplo más evidente: millones de personas han abandonado sus hogares y el número de víctimas no deja de crecer, y sin embargo solo aparece ocasionalmente en la agenda informativa internacional. Algo parecido ocurre en amplias zonas del Sahel, en la República Democrática del Congo o en otras regiones donde la violencia es una realidad estructural.
Pero no solo cambia la cantidad de conflictos. Durante décadas la superioridad militar dependió de grandes plataformas tecnológicas —aviones de combate, portaaviones, sistemas antimisiles, blindados de última generación—. Hoy asistimos a una transformación radical. Un misil moderno puede costar centenares de miles o incluso millones de euros; un dron militar capaz de destruir un objetivo estratégico puede fabricarse por unos pocos miles. La relación coste-eficacia se está alterando profundamente.
Ucrania ha demostrado que pequeños equipos operando enjambres de drones pueden destruir equipamientos cuyo valor multiplica por cien o por mil el coste de los sistemas empleados. La guerra se ha democratizado tecnológicamente: nunca había sido tan barato infligir daños tan importantes, con la consecuencia de que más actores acceden a capacidades militares hasta hace poco reservadas a grandes Estados.
Detrás de esta proliferación de conflictos hay razones económicas, geopolíticas y energéticas bien conocidas: el control de recursos estratégicos, materias primas, corredores comerciales o infraestructuras críticas sigue siendo fundamental, al que le sumamos el retorno de los nacionalismos.
Rusia apela a la reconstrucción de una identidad imperial. Israel vive la radicalización de sectores políticos religiosos y derechizados. Irán usa la confrontación como mecanismo de cohesión interna. En Estados Unidos Trump construye su discurso político alrededor de la idea de recuperar una supuesta grandeza nacional perdida. En Europa observamos procesos similares.
Karl Polanyi ya advirtió hace décadas que cuando las sociedades pierden seguridad económica o capacidad de controlar su destino, tienden a refugiarse en respuestas identitarias y autoritarias. Las crisis económicas y las grandes transformaciones suelen ir acompañadas de repliegues nacionalistas, buscando culpables externos.
A ello se suma la debilidad de las instituciones multilaterales. Naciones Unidas atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia, y los mecanismos de gobernanza diseñados tras la Segunda Guerra Mundial exhiben dificultades para gestionar conflictos cada vez más complejos. La Unión Europea conserva una enorme capacidad económica, pero su influencia política y estratégica sigue siendo limitada. Los BRICS intentan construir un espacio alternativo de poder, aunque las diferencias entre China, India, Brasil o Sudáfrica siguen siendo considerables.
La reciente crisis entre Israel, Irán y Estados Unidos ilustra perfectamente esta situación. Ninguno de los actores ha obtenido una victoria clara. Todos intentan presentar los acontecimientos como un éxito ante sus respectivas opiniones públicas mientras la región continúa sumida en una enorme fragilidad. Donald Trump, atrapado entre sus aspiraciones de aparecer como un gran líder global y las necesidades de la política doméstica estadounidense, oscila permanentemente entre la negociación y la confrontación. Como otros dirigentes contemporáneos, gobierna condicionado por una polarización creciente que dificulta estrategias a largo plazo.
Hannah Arendt observó que una de las características más peligrosas de ciertas formas de poder es la incapacidad de distinguir entre realidad y relato. Hoy asistimos a una competición de narrativas donde cada actor proclama victorias que no existen y soluciones que nunca llegan.
Hannah Arendt observó que una de las características más peligrosas de ciertas formas de poder es la incapacidad de distinguir entre realidad y relato
Quizás el mayor riesgo no sea una guerra mundial inmediata, sino acostumbrarnos a vivir en un estado de conflicto permanente, donde la violencia se normaliza y las instituciones internacionales pierden capacidad de mediación. La paradoja es que nunca habíamos tenido tantas herramientas tecnológicas ni tantos recursos para cooperar a escala global, y sin embargo cada vez resulta más difícil construir acuerdos estables. Las tecnologías avanzan mucho más rápido que nuestras instituciones: los drones evolucionan más deprisa que la diplomacia, la inteligencia artificial progresa más rápido que la gobernanza internacional. Y mientras discutimos sobre misiles hipersónico, seguimos sin resolver las causas profundas de muchos conflictos: desigualdad, acceso desigual a los recursos, debilidad institucional, crisis climática y ausencia de perspectivas para millones de personas.
Los juegos de la guerra continúan. Pero no son un juego: detrás de cada mapa militar y cada demostración tecnológica siguen estando las mismas víctimas de siempre, la gente.
Viendo el estado del mundo, uno casi desea que aparezcan los extraterrestres de Spielberg. No para invadirnos, sino para mediar: probablemente tendrían más éxito que Naciones Unidas y más capacidad para sentar en una misma mesa a rusos, ucranianos, iraníes, israelíes, chinos y estadounidenses. La paradoja sería magnífica: tras siglos de civilización y cumbres diplomáticas, la paz acabaría dependiendo de unos visitantes de otra galaxia. Vista la situación actual, tampoco parece la hipótesis más inverosímil.
