Eyal Weizman lleva veinte años convirtiendo edificios en pruebas forenses. Su trabajo ha contribuido a fundamentar la acusación de genocidio contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia. En el Congreso Mundial de Arquitectura de Barcelona, entre arquitectos, defiende la acción política.

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Eyal Weizman habla de pie, al margen de un pasillo del Fòrum, con el ruido de fondo del Congreso Mundial de Arquitectura filtrándose por las puertas. No hay mesa ni guion: la conversación tiene lugar en medio del tránsito del Congreso, entre una sesión y la siguiente. Weizman no habla como un diplomático ni como un académico. Habla con la libertad de quien no necesita nada de su interlocutor: ni voto, ni titular amable, ni la próxima invitación.

«Me importaba una mierda el campo de la arquitectura», dice cuando le pregunto por el nacimiento de Forensic Architecture, en 2010, en la Goldsmiths, University of London. «Estoy metido en política: utilizo la arquitectura y la óptica para analizar el poder. Esto es un medio de intervención.» No es un gabinete de arquitectos concienciados que hacen informes a los estados. Es un laboratorio forense que ha aprendido a leer el espacio construido como un archivo del crimen.

Forensic Architecture no es un gabinete de arquitectos concienciados que hacen informes a los estados. Es un laboratorio forense que ha aprendido a leer el espacio construido como un archivo del crimen

Lo repite más tarde, casi como tesis de todo lo que hace. Que la arquitectura no es inocente. Que cuando Forensic Architecture analiza las ruinas de un hospital en Gaza, reconstruye una cadena de decisiones: quién ordenó el ataque, desde dónde, con qué munición, en qué momento. El modelo tridimensional del espacio se convierte en testigo.

Pero FA trabaja mucho más allá de Palestina. En Guatemala, Weizman trabajó personalmente entre 2011 y 2013 documentando el genocidio del pueblo ixil bajo la dictadura de Ríos Montt: imágenes de satélite desclasificadas, trabajo de campo y cartografía de pueblos destruidos sirvieron para probar cómo la deforestación y el desplazamiento forzado formaban parte de una misma estrategia de exterminio. Testificó como perito en el juicio que condenó a Ríos Montt por genocidio en 2013, y volvió a hacerlo en 2024 como testigo experto contra el general Benedicto Lucas García. «El genocidio de Gaza no se puede pensar sin observar el medio ambiente y el suelo», ha dicho Weizman en otras entrevistas, recordando que mientras trabajaba sobre Gaza lo hacía también sobre Guatemala: dos genocidios coloniales, unidos por el mismo método de destruir el bosque para destruir un pueblo.

En México, colaboró con el Equipo Argentino de Antropología Forense y el Centro Prodh en la investigación sobre la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014: cruzaron centenares de miles de páginas de expedientes, vídeos y llamadas en una plataforma cartográfica interactiva que dejó al descubierto las costuras de la «verdad histórica» con la que el gobierno de Peña Nieto había cerrado el caso.

¿Cuántos otros casos hay que nunca llegarán a un tribunal? ¿Cuántos estados cuentan precisamente con eso, con la imposibilidad material de reconstruir las pruebas? La metodología de FA responde a esta pregunta con tecnología: modelado 3D, análisis de imagen, simulación balística, reconstrucción acústica, inteligencia artificial. Todo lo que la arquitectura permite, puesto al servicio de una investigación que los estados quieren enterrar.

«Hay una brecha creciente entre la arquitectura como cuerpo de conocimiento y la arquitectura tal como se practica realmente», dice Weizman. «Forensic Architecture trabaja en ese espacio vacío. Y lo convierte en arma contra los genocidios.» La palabra sale sin rodeos, como salen todas sus palabras. El equipo jurídico de Sudáfrica en el caso contra Israel incluye arquitectos. «Eso te dice algo sobre la profesión, ¿no?», pregunta, a medio camino entre la broma y la acusación.

En 2018, Forensic Architecture fue nominada al Turner Prize. Han expuesto en la Tate Modern, el MoMA, la Documenta de Kassel. Una organización que investiga crímenes de guerra, en los mismos muros que durante décadas han alojado la denuncia simbólica. Weizman no ve ninguna contradicción: «No hacemos política simbólica. Queremos cambiar las cosas. Si los tribunales internacionales me aceptan, fantástico. Si los arquitectos quieren escucharme, hablaré.» La legitimación institucional no le incomoda. Lo que le incomoda es la legitimación sin consecuencias.

«No hacemos política simbólica. Queremos cambiar las cosas. Si los tribunales internacionales me aceptan, fantástico. Si los arquitectos quieren escucharme, hablaré.»

La estética de FA se ha convertido también en su herramienta. Sus maquetas, sus reconstrucciones acústicas, sus mapas de trayectorias de misiles tienen la misma factura visual que cualquier instalación contemporánea: pantallas, proyecciones, líneas de tiempo suspendidas en el espacio de una sala blanca. La diferencia es que detrás de cada línea hay un testigo, un cadáver, un expediente judicial abierto. El arte, aquí, no decora la prueba. La hace legible para quien nunca pisará un tribunal.

Y aquí la conversación se vuelve más seria. España, dice, sigue teniendo una embajada en Tel Aviv. «¿Por qué no la cierran? Que retiren al embajador y corten todas las conexiones económicas, no solo las militares. Que lleven casos a los tribunales internacionales con pruebas y detengan a los soldados israelíes cuando aterricen aquí.»

De política simbólica a política real hay un ejemplo reciente: la Flotilla. Weizman no habla de ella como observador lejano. «Pero el pueblo de España es increíble», dice. FA ha colaborado directamente, coordinando rutas y mapeando trayectos para las embarcaciones que han intentado romper el cerco marítimo de Gaza.

Esa misma tarde, después del Congreso, tenía previsto verse con Jaume Collboni. Quería hablarle de lo que Barcelona puede hacer por los palestinos. «Lo que se han comprometido no es suficiente.» El gesto lo define: no ha venido a recoger reconocimientos. Ha venido a hacer demandas concretas a quien tiene poder para hacer algo al respecto.

Veinte años construyendo pruebas contra quienes matan destruyendo el espacio en el que se vive. Cuántos de los que le escuchan en el Congreso volverán a sus despachos y harán algo distinto.

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Guillem Pujol

Llicenciat en Ciències Polítiques (UPF), MSc en European Politics and Policies a la University of London, Birkbeck College i Doctor en Filosofia amb menció Cum Laude (UAB). Co-autor del llibre "Cartha on Making Heimat" (Ed. Park Books). Director del mitjà Catalunya Plural.

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