Las medidas adoptadas hasta ahora no han compensado la fuerza del mercado ni la presión turística. Barcelona a menudo se gobierna como un producto competitivo más que como un bien común, y esa mirada determina quién puede —y quién no puede— vivir en ella.

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Barcelona sigue siendo una ciudad admirada en todo el mundo: marca global, destino turístico irresistible y espacio creativo que inspira. Pero bajo esta superficie brillante, la ciudad vive un proceso silencioso que la está transformando en profundidad. Barcelona expulsa a vecinos, proyectos de vida y comunidades que habían sostenido su identidad. En 2026, la ciudad que se muestra en el mundo y la ciudad que viven sus residentes son dos realidades cada vez más separadas, casi incompatibles.

Vivir en Barcelona se ha convertido en un privilegio cada vez más restringido. Los precios de alquiler y de compra continúan escalando hasta niveles que superan la capacidad de la mayoría de los hogares, y la distancia entre salarios y costes de vida se ensancha sin freno. Barrios como el Raval, Sant Antoni, Poblenou o Gràcia han experimentado una gentrificación acelerada, donde los vecinos de toda la vida son sustituidos por residentes con más poder adquisitivo o por alojamientos turísticos. Cada mes, más familias se ven obligadas a marchar hacia el área metropolitana, alterando la composición social de la ciudad y erosionando su tejido comunitario. El mapa de Barcelona ya no refleja tanto una diversidad de barrios como una sucesión de espacios cada vez más homogéneos y orientados al consumo.

El turismo, motor económico indiscutible, es también motor de expulsión. La proliferación de alojamientos turísticos y el impacto de plataformas como Airbnb han convertido muchos barrios en escenarios más que en comunidades. El comercio de proximidad retrocede ante una oferta orientada al visitante y la ciudad se desplaza hacia un monocultivo económico que limita la diversidad de proyectos de vida. Además, la presión turística no sólo afecta a la vivienda: altera los usos del espacio público, incrementa la saturación de servicios y transforma la movilidad cotidiana. La Barcelona que atrae a millones de turistas es, a menudo, una Barcelona que dificulta la vida de sus residentes.

La proliferación de alojamientos turísticos y el impacto de plataformas como Airbnb han convertido muchos barrios en escenarios más que en comunidades

La pérdida de vecindario no es sólo una cuestión demográfica: es una fractura comunitaria. Las redes de apoyo, las relaciones de barrio y las entidades que sostienen la vida colectiva se debilitan. La ciudad se vuelve más anónima, más individualista y frágil. Sin comunidad, la democracia local pierde musculatura: baja la participación, disminuye la implicación y se reduce la capacidad de transformación colectiva. Una ciudad sin vecindario es una ciudad sin arraigo, y sin arraigo no hay proyecto compartido.

Las políticas públicas, a pesar de los planes de vivienda y los discursos sobre un turismo sostenible, no han revertido la tendencia. Las medidas adoptadas hasta ahora no han compensado la fuerza del mercado ni la presión turística. Barcelona a menudo se gobierna como un producto competitivo más que como un bien común, y esa mirada determina quién puede —y quién no puede— vivir en ella. Las políticas que no afrontan las causas estructurales acaban convirtiéndose en gestos simbólicos, mientras la ciudad sigue perdiendo población residente y diversidad social.

Además, la gobernanza urbana ha quedado atrapada en una tensión permanente entre la necesidad de regular y el miedo a perder competitividad. Las decisiones que podrían proteger al vecindario —como limitar de manera efectiva los usos turísticos, ampliar el parque público de vivienda o reforzar el comercio local— a menudo topan con resistencias económicas y políticas. El resultado es una ciudad que avanza con medidas parciales, insuficientes y demasiado lentas para frenar una dinámica que es rápida y profunda.

Varias voces expertas apuntan líneas de acción que podrían revertir esta lógica de expulsión: una vivienda asequible a gran escala, una limitación real de los alojamientos turísticos, la protección del comercio de proximidad, un urbanismo centrado en la vida cotidiana y una gobernanza participada que incorpore al vecindario como actor central. No son sólo medidas técnicas: son una apuesta por un modelo de ciudad que priorice la vida por encima de la rentabilidad inmediata. También habría que reforzar las políticas de cohesión social, impulsar proyectos comunitarios y garantizar que los barrios dispongan de espacios de encuentro, cultura y convivencia que no dependan del mercado.

Barcelona se encuentra ante una pregunta decisiva: ¿quién tendrá derecho a vivir en la ciudad en 2030? La respuesta dependerá de si somos capaces de revertir la lógica de la expulsión y reconstruir una ciudad que sea, de verdad, para su gente. La ciudad que expulsa es una ciudad que pierde su alma. La ciudad que cuida es la que puede imaginar un futuro compartido, donde el vecindario no sea un residuo del pasado sino la base de un proyecto urbano que aspira a ser justo, vivo y democrático.

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Joan Segarra

Pedagog. Consultor social expert en economia social, tercer sector i educació. Col·labora com a docent a diferents escoles i universitats. Articulista i analista. Coordinador i coautor del llibre Una mirada al Tercer Sector Social.

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