Hace no tantos años, y durante muchos años, creímos que internet haría a las sociedades más abiertas, más libres y más democráticas. Que la información circularía sin intermediarios, que el conocimiento crítico sería más accesible y que las redes sociales conectarían a ciudadanos más informados y mucho más abiertos y críticos.
¿Esa promesa ingenua? Sin embargo, convive hoy con otra realidad muy distinta. Cierto, nunca habíamos tenido tanta información al alcance y, a la vez, tanta dificultad para distinguir qué es cierto y qué no; qué vale la pena y qué no. Nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, el debate público había estado tan condicionado por intereses económicos, algoritmos invisibles y plataformas privadas capaces de orientar conversaciones, emociones, comportamientos, decisiones y votos.
Es en este escenario —y con el aterrizaje violento y el acelerón de la IA— que Jordi Gracia publica La izquierda ante el tecnofascismo (Anagrama), un ensayo-panfleto que evita titulares fáciles para plantear una reflexión mucho más profunda: qué ocurre cuando el poder político deja de concentrarse sólo en unas maneras de informarnos hacia las instituciones para desplazarse hacia la empresa. ¿Relacionamos y acabamos interpretando y viviendo el mundo?
Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Barcelona (UB) y una de las principales voces del ensayo contemporáneo, Gràcia nos propone una mirada que desborda la política institucional hecha por los políticos y tampoco habla únicamente de tecnología. Habla, sobre todo, de democracia y de poder.
Porque mientras la inteligencia artificial acelera todos los procesos productivos, las plataformas digitales acumulan más datos y poder que muchos Estados y la desinformación se convierte en un arma política cotidiana, las democracias liberales parecen llegar siempre unos pasos tarde. Y, paralelamente, la izquierda —según sostiene Gràcia— ha ido perdiendo algo más grave que unas cuantas elecciones: ha dejado de disputar el relato del futuro. Éste es uno de los ejes centrales de la conversación.
¿Cuándo dejó la izquierda de pensar el mañana para limitarse a administrar el presente? ¿Cómo es posible que la idea de futuro haya quedado casi monopolizada por los discursos tecnológicos de Silicon Valley o por los imaginarios reaccionarios que alimentan a las nuevas extremas derechas en crecimiento?
También hablamos del fracaso parcial de la promesa digital. Durante décadas se aseguró que internet democratizaría el conocimiento y ampliaría las libertades. Sin embargo, hoy convive con una economía de la atención basada en la polarización, la viralidad, los gritos, los insultos y la captura permanente de nuestro escaso tiempo de atención.

En este contexto recuperamos una intuición formulada hace más de medio siglo por el filósofo Herbert Marcuse: la tecnología no sólo distribuye información; también modela formas de vida, hábitos y modos de pensar. Cuando abrimos una red social por la mañana, ¿seguimos decidiendo libremente qué queremos ver o alguien ya ha decidido antes qué emociones nos conviene experimentar?
Otra de las cuestiones que abordamos es el mismo concepto que da título al libro. Jordi Gràcia habla de «tecnofascismo», mientras que economistas como el griego Yanis Varoufakis prefieren describir este nuevo orden como un «tecnofeudalismo». ¿Es sólo una diferencia terminológica o estamos ante diagnósticos políticos distintos? ¿Cuál es exactamente el riesgo democrático que identifica Gràcia?
La conversación también entra en una paradoja especialmente relevante: cualquier intento de regular las grandes plataformas es presentado a menudo como una amenaza contra la libertad de expresión, mientras que la concentración de un enorme poder privado en muy pocas empresas parece aceptarse como una consecuencia inevitable del progreso. ¿Cómo hemos llegado a identificar regulación democrática con censura y poder corporativo con libertad de expresión?
Porque Google, Meta, Amazon, TikTok o X ya no son sólo empresas tecnológicas. Gestionan infraestructuras esenciales de comunicación, información, publicidad e influencia política. La pregunta es inevitable: ¿quién tiene hoy más capacidad de modelar la opinión pública, un gobierno elegido democráticamente o los algoritmos de cinco corporaciones globales?
Naturalmente, también hablamos de inteligencia artificial. Más allá de la fascinación o de los discursos apocalípticos, investigadoras como Kate Crawford o Ruha Benjamin recuerdan que toda tecnología incorpora decisiones políticas, intereses económicos, trabajo humano e impactos ambientales. ¿El problema es la IA en sí misma o el modelo de poder que se está construyendo a su alrededor?
Pero ésta no es sólo una conversación de diagnósticos. También preguntamos a Jordi Gràcia qué políticas considera imprescindibles si realmente queremos recuperar soberanía democrática: ¿auditorías independientes de los algoritmos? ¿Fiscalidad sobre las grandes plataformas? ¿Infraestructuras digitales públicas? ¿Nuevos medios europeos? ¿Soberanía tecnológica?
En este debate, Europa ocupa un sitio central. Mientras Estados Unidos parece cada vez más condicionado por los intereses de las grandes empresas tecnológicas, la Unión Europea sigue siendo uno de los pocos espacios políticos dispuestos —con matices— a regular los mercados digitales. ¿Es una oportunidad real o es el espejo de una batalla a la que llegamos demasiado tarde?
Y terminamos volviendo a una pregunta que atraviesa todo el libro y, probablemente, también este momento histórico que vivimos. Durante décadas identificamos la idea de revolución con la innovación permanente, la velocidad del progreso y la capacidad de crear nuevas tecnologías. Pero quizás hoy el gesto más revolucionario ya no consiste en inventar más herramientas. Consiste en decidir, colectivamente, quién las gobierna.
Porque, al fin y al cabo, la cuestión no es si la tecnología va a transformar el mundo. Esto ya está ocurriendo. La cuestión es si seremos nosotros quienes decidiremos cómo queremos vivir o si dejaremos esta decisión en manos de algoritmos, accionistas corporativos y plataformas que nadie ha escogido democráticamente.
De esto, en definitiva, hablamos en esta conversación con Jordi Gràcia. De una tecnología que es política, de una democracia que busca nuevos instrumentos para defenderse y de una izquierda que, si quiere seguir siendo útil a la sociedad, tendrá que imaginar de nuevo el futuro antes de que alguien lo imagine por ella.

