La Encuesta de Valores Sociales de Barcelona (2025) retrata una ciudad mucho más individualista, más desconfiada y menos cohesionada. El estudio destaca que parece imponerse el «sálvese quién pueda» entre unos barceloneses que no solo giran hacia la derecha, sino que pierden confianza en el «nosotros» y abandonan un progresismo que no ofrece respuestas a los graves problemas cotidianos en una sociedad urbana donde los valores democráticos dejan de parecer una promesa.

Aquí tens la versió en catalá


Las encuestas nos ayudan habitualmente a entender quién ganaría unas elecciones, pero la última Encuesta de Valores Sociales (2025) que el Ayuntamiento de Barcelona hace cada cuatro años nos explica de forma clara el tipo de sociedad urbana en la que se está convirtiendo Barcelona.

Los titulares de la prensa de la ciudad han destacado un posible giro conservador. Es comprensible en la lectura informativa superficial que suelen hacer los grandes medios cuando leen las noticias de forma «rápida y furiosa». Es un titular, pero también es muy insuficiente, porque leer los datos solo en clave de política electoral es quedarse en la superficie de un fenómeno mucho más profundo.

El dato más preocupante de la encuesta no es el posible giro conservador. Es que Barcelona deja de creer que sus problemas se puedan resolver colectivamente

Lo que retrata esta encuesta no es tanto una Barcelona más conservadora y de derechas como una ciudad mucho más cansada de sí misma, con unos ciudadanos que siguen defendiendo la libertad pero que, paradójicamente, cada vez creen menos en la igualdad. Una ciudad más desconfiada, más individualista y menos convencida de que los grandes problemas colectivos se puedan resolver colectivamente, por el bien común.

Los datos

El análisis de los datos de la encuesta se hace a partir de 2.063 entrevistas a ciudadanos de entre 15 y 74 años residentes en Barcelona, en un trabajo de campo hecho entre el 18 de noviembre de 2025 y el 26 de enero de 2026, mediante entrevistas presenciales, complementadas con cuestionarios en línea para garantizar la representatividad de la muestra. Con un margen de error del ±2,3% y un nivel de confianza del 95,5%, la encuesta es, posiblemente, uno de los principales instrumentos demoscópicos para analizar la evolución de los valores, las ideas, las actitudes y las percepciones de la ciudadanía barcelonesa.

La libertad sigue siendo el valor más apreciado por los barceloneses (97,1%), pero la igualdad registra su nivel más bajo desde que se hace la encuesta. Al mismo tiempo, el apoyo a la democracia baja hasta el 77,7%, muy lejos del 90,3% del 2006. Paralelamente, un 6,6% considera aceptable un régimen autoritario en determinadas circunstancias —el máximo histórico— y un 12,7% afirma que le es indiferente vivir en una democracia o en una dictadura.

El estudio también constata un claro desplazamiento hacia valores más individualistas y pragmáticos. La vivienda se consolida como la primera preocupación ciudadana, mientras aumenta la demanda de más seguridad y más privacidad. A la vez, retroceden el apoyo al multiculturalismo, el pacifismo, el ecologismo y la participación en movimientos sociales, que se sitúa en los niveles más bajos desde 1998. También cambia la manera de entender la educación: solo el 36,2% de los encuestados cree que estudiar sirve principalmente para formarse como persona, cuando el 2018 este porcentaje era del 49,3%, una caída de trece puntos en solo siete años.

Una lectura

Una lectura de los datos y los gráficos de la encuesta nos muestra cómo las democracias no se debilitan solo cuando crecen los extremismos, sino también cuando se erosionan los vínculos que mantienen unida una sociedad.

La democracia, en la ciudad o más allá, pierde cuando el «yo» derrota al «nosotros». El dato más significativo de la encuesta no es que aumente la sensibilidad conservadora, sino que la igualdad cae hasta su mínimo histórico.

Durante décadas, Barcelona había construido una identidad política colectiva basada en la idea de que la libertad individual solo es posible cuando existen derechos compartidos: una escuela pública fuerte, barrios cohesionados, vivienda asequible, centros de salud con atención universal, transporte público y cultura accesible en los barrios menos centrales, o espacios públicos de calidad. Ahora esta relación parece debilitarse, según los datos de la encuesta.

El individualismo no es una causa. Es el síntoma de una ciudad donde la vivienda, la precariedad y la incertidumbre están erosionando la confianza en el bien común.

Cada vez más personas continúan reclamando libertad, pero cada vez menos creen que esta libertad dependa de un proyecto colectivo. Es una transformación silenciosa y profundamente política.

La precariedad también fabrica valores

Sería un error leer estos datos como un fracaso moral de los ciudadanos de Barcelona. El individualismo no aparece porque la gente se despierte una mañana decidiendo ser más egoísta. El individualismo también es una consecuencia de cuando tener un lugar donde vivir se convierte en la principal preocupación de la ciudad; cuando los salarios dejan de permitir proyectos de vida; cuando una generación entera de jóvenes no sabe si podrá emanciparse antes de los cuarenta años; cuando trabajar solo sirve para seguir pagando facturas; cuando el futuro deja de ser una ilusión compartida y se convierte en una carrera individual.

Y cuando la supervivencia ocupa todo el espacio, la comunidad retrocede. No es ninguna casualidad que también disminuya la confianza en el multiculturalismo, que aumente la percepción que la inmigración es un problema que genera tensiones o que se debilite la participación en movimientos sociales. No son fenómenos independientes. Son las diferentes caras de un poliedro definido por la sumatoria de incertidumbre e inseguridad.

La encuesta deja una pregunta muy difícil para las ideas políticas que tendría que plantearse la izquierda de la ciudad, porque esta encuesta del Ayuntamiento no solo interpela a la derecha. Interpela, sobre todo, a la izquierda que ha gobernado la ciudad los últimos años.

Durante demasiados años, una parte del progresismo ha actuado como sí determinados valores fueran irreversibles. Cómo si la igualdad, el feminismo, el ecologismo o la convivencia ya hubieran ganado definitivamente la batalla cultural. Era bonito, pero no era cierto. Los valores también compiten, se tienen que explicar bien y, sobre todo, hacen falta resultados reales allá donde vive la gente, y no solo en los discursos, informes, estudios, universidades y libros.

Cuando la izquierda sustituye las soluciones por los símbolos y el turista se convierte en el culpable de todo, el populismo siempre acaba ofreciendo relatos más fáciles y simples

Cuando una familia del Raval o de Torre Baró no puede pagar el alquiler y es desahuciada; cuando una joven de Sant Andreu ve imposible comprar un piso para irse de casa de sus padres; cuando una trabajadora de Sants encadena contratos precarios o cuando los ciudadanos de un barrio cualquiera se sienten abandonados y perciben que este pierde calidad de vida, las apelaciones morales a los derechos o a la democracia son muy insuficientes.

Se sabe. No basta con tener razón. Hay que demostrar que tus ideas mejoran la vida real de las personas. Y aquí la izquierda ha ido acumulando algunas derrotas que todavía cuesta reconocer.

La trampa de la turismofobia

La encuesta demuestra que Barcelona necesita discutir seriamente su modelo turístico. Pero durante demasiado tiempo una parte del debate público ha preferido señalar al turista antes de que cuestionar el sistema económico. Es más fácil culpar a una pareja de nórdicos que pasea por el Gótico que no a un modelo económico que ha convertido la vivienda en un activo financiero.

Es más sencillo indignarse contra los cruceros que contaminan que afrontar décadas de carencia de regulación, especulación inmobiliaria y dependencia de un único motor económico. La turismofobia ha funcionado demasiado a menudo como un relato que ha actuado como placebo emocional.

Y los relatos emocionales tienen un gran problema: necesitan enemigos. Cuando la política simplifica problemas extraordinarios, acaba compitiendo en el mismo terreno que el populismo. Y el populismo siempre es mejor fabricando culpables.

La extrema derecha —su maquinaría de gritos e insultos en las redes (supuestamente) sociales en auge— no inventa los miedos, las aprovecha. La extrema derecha —la «nuestra», que baja del Pirineo y siempre ha convivido con Junts, y la otra que siempre ha estado aquí— no crece porque sea más inteligente. Crece porque detecta antes los vacíos materiales de ahora y amplifica todos los miedos. Cuando una parte de la ciudadanía tiene miedo por la vivienda, por la seguridad, por la calidad de los servicios públicos o de quienes tiene la piel de otro color o se visten diferente, no necesita ser adoctrinada; lo que necesita son respuestas.

Si las fuerzas democráticas solo ofrecen consignas sentimentales y poco refuerzo material real, otro ofrecerá «culpables»: la inmigración, el turista, Europa, los jóvenes, los jubilados, los pobres, etc. El mecanismo es bien conocido y siempre es el mismo. Cualquier cosa sirve para enfrentar al penúltimo contra el último.

El gran problema de Barcelona, según mi lectura de la encuesta, no es que aumenten las opciones conservadoras. Es que disminuye la confianza en que la ciudad y sus ciudadanos seamos capaces de construir un futuro compartido.

Barcelona todavía puede decidir qué relato quiere explicarse

La encuesta, como la ciudadanía, también ofrece algún espacio para la esperanza. Barcelona continúa siendo una ciudad profundamente diversa y plural. Continúa defendiendo los derechos civiles. Continúa siendo mucho más abierta que la inmensa mayoría de ciudades europeas.

No estamos ante una revolución conservadora. Estamos ante una crisis de confianza. Y las crisis de confianza se pueden revertir. Pero solo si abandonamos la comodidad de los eslóganes.

La izquierda tendrá que volver a hablar menos a los convencidos y más a los preocupados. Tendrá que dejar de confundir superioridad moral con hegemonía cultural. Y tendrá que recuperar una idea que Barcelona había representado mejor que casi nadie: que la libertad solo es real cuando también es compartida y se basa en el bien común.

Esta es la lección clave que deja la lectura de esta Encuesta de Valores Sociales 2025 del Ayuntamiento de Barcelona. No nos dice que Barcelona esté perdiendo su identidad. Nos habla de cómo la ciudad —y los ciudadanos— están dejando de creer que exista un destino común.

Y cuando una sociedad deja de pensar en plural, el problema de quién ganará las próximas elecciones es casi irrelevante. El problema de fondo es que el «nosotros» deja de ser un proyecto político para convertirse en un recuerdo.

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Pere Ortín

Pere Ortín #PeriodismeDaDá Director de Catalunya Plural, es un periodista que hackea el periodismo. Hace escritura visual y ensayo collage «orgullosamente hecho a mano» buscando la belleza escondida detrás de todo signo de ?. Ha sido guionista, presentador y reportero de TV; ha escrito en diarios y dirigido revistas; ha publicado cómics y libros de ensayo; ha creado documentales y producido proyectos transmedia.

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