Las victorias de los movimientos sociales pueden contarse por cientos, por miles. A lo largo de la historia se han producido enormes transformaciones debido a su capacidad de elaboración de discurso y acción. Sin embargo, su propio carácter, muchas veces inestable, así como el sinfín de batallas a las que se enfrentan puede hacer parecer que lo que cosechan son, más bien, derrotas. Nada más lejos de la realidad.
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Hacer unos días, el que fuera Presidente del F.C. Barcelona, empresario hotelero y conocida voz y representante del Consorci Turisme de Barcelona, Joan Gaspart, tuvo a bien personificar una de estas victorias, la del reconocimiento de la enorme problemática que supone un turismo sin control en la capital catalana. «Fa 10 anys jo no entenia perquè els veïns no estaven d’acord amb el turisme. Després de 10 anys sí que no entenc» afirmó a pocos días de dejar su puesto, después de 33 años, al frente del Consorci. A lo que añadió, en lo que podría entenderse como una clara referencia a las afectaciones de clase que supone la turistificación en Barcelona, «Jo també soc veí, el que passa és que no soc veí de Ciutat Vella, soc veí de La Bonanova, llavors jo soc dels que reconec que a La Bonanova no tenim cap problema amb els turistes». Que alguien de la experiencia empresarial, trayectoria vital, voz y capital simbólico de Joan Gapart afirme una cosa así no puede más que considerarse como una victoria sobre la hegemonía del pensamiento sobre el turismo.
Cabe recordar que el concepto de «hegemonía», en el sentido que se está usando en este artículo, fue desarrollado por el pensador italiano marxista Antonio Gramsci. Para Gramsci, la hegemonía era la capacidad de una clase social, normalmente la dominante, para dirigir y mantener su poder no solo mediante la fuerza o la coerción y la violencia, sino también logrando que su visión del mundo fuera aceptada como natural, lógica y de sentido común por amplios sectores de la sociedad, esto es, las clases dominadas. La lucha por la hegemonía, para el también dirigente político, era pues esencial para una transformación social profunda y duradera. Sin hegemonía los cambios aparecerían como inestables, efímeros. Y es desde este punto desde donde hay que evaluar las palabras de Joan Gaspart.
Si después de la Crisis del Ladrillo de 2008, el turismo se apareció para amplios sectores económicos y políticos como la herramienta ideal para poner en marcha de nuevo el motor de una economía gripada, no fue menos significativa la introducción de formas, discursos y narrativas, hasta entonces desconocidas, de empujar en esa dirección a la sociedad. Me refiero a cuestiones como los apartamentos turísticos, la aparición de plataformas como Airbnb, Homeway, etc., la multiplicación y naturalización de la existencia de compañías de vuelos baratos con base casi en cada ciudad, la privatización del suelo urbano que supusieron las modificaciones de la normativa relacionada con las terrazas y otros ejemplos similares. Este cambio en el cocktail económico de las ciudades vino acompañado de recursos narrativos e ideológicos potentes como la economía circular, la sostenibilidad, la exotización de la vida cotidiana, etc. Elementos que no supusieron más que un nuevo ejemplo de esa lucha por la hegemonía a la que antes hacía referencia. Pasar de la economía circular al capitalismo de plataforma ha costado años de esfuerzo, de politización constante de la vida urbana, de organización y articulación de movimientos, personas, medios de comunicación y de la movilización de una enorme cantidad de energía en forma de horas de trabajo. Ha costado mucho, pero esto es una gran victoria.
Decía el sociólogo Alain Touraine que los movimientos sociales son actores colectivos que luchan por controlar la orientación y los valores fundamentales de una sociedad. Personalmente pienso que Touraine se queda corto, pues circunscribir la acción de estos movimientos al ámbito de los valores supone caer en una suerte de idealismo no correctamente enfocado. Las ideas no surgen de la nada, sino que son manifestaciones de las relaciones sociales, como son las relaciones sociales profundamente desiguales vinculadas a las dinámicas de turistificación las que organizaron los movimientos sociales articulados contra ella y generaron una hegemonía suficientemente fuerte como para hacer cambiar de parecer a una persona de las características de Joan Gapart.
Estamos de celebración, sí, pero en estos momentos cabe tener memoria. La lucha por la hegemonía es constante, no desfallece, no se toma vacaciones y no se detiene, por cuanto no se detienen los intereses materiales que se benefician de los procesos de turistificación. Las victorias han de celebrarse cuando se producen —y más en momentos como los actuales—, pero también han de servir para tener en cuenta que una victoria es siempre segmento temporal que hay que fortalecer.
