El nuevo reglamento europeo de envases empieza a aplicarse desde este agosto y desplegará progresivamente sus medidas durante los próximos años para retirar de nuestras vidas cotidianas las frutas sobreenvasadas, las bandejas inútiles, los sobres individuales de kétchup o mayonesa, los vasos desechables que viven diez minutos o los champús diminutos que dejaremos de ver en los hoteles. Detrás de toda esa basura aparentemente insignificante hay una pregunta muy política: ¿cuántos residuos plásticos necesitamos fabricar para vivir bien?
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Barcelona, ya lo saben, está llena de turistas y hace un calor húmedo muy molesto. Entro en el supermercado para hacer la compra y con un objetivo secreto: buscar una imagen extraordinariamente precisa de cuál fue durante decenios nuestra idea de progreso. Casi sin buscar, encuentro una sandía encerrada dentro de un recipiente de plástico. Un mango cortado en trocitos y dentro de plástico. La piña, a rodajas, también. Moras y arándanos, también dentro de plástico.
Salgo del supermercado para probar un segundo espacio de análisis y me animo a practicar un deporte extremo de riesgo: pasear por el Mercat de la Boqueria, donde se vive una pequeña arquitectura cotidiana del absurdo contemporáneo. Entre cientos de turistas que hacen selfis, huevos de avestruz, paradas de frutas y zumos de colores imposibles, aparecen sandías, mangos, piñas, melones y cocos perfectamente troceados y encerrados en recipientes transparentes.

Frutas que durante millones de años de evolución desarrollaron sus propios sistemas de protección necesitan ahora una segunda piel industrial para recorrer unos cientos de metros por las Ramblas, entre escombros, vallas y obras. El ciclo parece un resumen perfecto del capitalismo contemporáneo: comprar, fotografiar, comer y tirar. Veinte minutos de utilidad y toneladas de residuos que permanecerán en Barcelona mucho más tiempo que el turista en la ciudad.
Durante decenios y debido al inmenso poder de la industria del petróleo, los plásticos y sus derivados, hemos sobreenvasado la naturaleza y llamado comodidad al resultado. Ahora llega una nueva legislación europea para recordar algo que millones de años de evolución habían dejado bastante claro.
Durante decenios, hemos sobreenvasado la naturaleza y llamado comodidad al resultado
El nuevo Reglamento europeo sobre envases y residuos de envases ha empezado a aplicarse este mes de agosto de 2026 y se desplegará progresivamente. Al final del proceso, en 2030, restringirá totalmente —con excepciones relacionadas con la higiene o la protección de los alimentos— todos los envases de plástico de un solo uso para alimentos, frutas y verduras de menos de 1,5 kilos. No desaparecerá todo el plástico, pero empieza a cambiar esa idea de relacionar el plástico con la normalidad de nuestra vida.
El supermercado como museo
Haga la prueba en un supermercado cualquiera. No necesitará buscar demasiado. Encontrará, seguro, pepinos plastificados individualmente. Cuatro manzanas dentro de una bandeja. Seis tomates en una caja transparente. Pimientos agrupados en bolsas. Zanahorias embolsadas. Ensaladas cortadas y encerradas en plástico. Embutidos en bandejas. Quesos separados por láminas de plástico. Dos galletas dentro de una bolsa, dentro de una bandeja, dentro de una caja de plástico.
Camino por los pasillos y empiezo a mirar el supermercado de otra manera. El plástico no es un objeto, es el paisaje. Está en todas partes y por eso hemos dejado de verlo. No todos estos envases desaparecerán con el reglamento europeo. Tampoco todo plástico es inútil: existen razones de seguridad, conservación, higiene y transporte que justifican algunos de sus muchos usos. Pero resulta muy difícil defender buena parte del sobreenvasado desde otra lógica que no sea la comercial y el beneficio económico.
Agrupar. Individualizar. Diferenciar. Seducir. Convertir un alimento corriente en un producto aparentemente prémium. El envase ya no sirve únicamente para proteger aquello que compramos. Sirve para venderlo. Y ahí me surge una pregunta más interesante que la habitual y tópica discusión sobre el reciclaje: ¿para qué necesitábamos fabricar todo esto? Porque el problema empieza mucho antes de llevar el plástico al contenedor amarillo.
Bye bye, bolsita de kétchup
Continúo buscando. Camino por la ciudad y, cuando siento la llamada de mi estómago, entro en una hamburguesería de barrio. Nada especial, muy normalita. En mi mesa hay tres sobres de kétchup, dos de mayonesa y uno de mostaza. Cada uno contiene unos pocos gramos de salsa, pero para llegar hasta allí ha necesitado materias primas, fabricación, impresión, transporte y distribución. Después, alguien lo abre durante cuatro segundos y ya está. Basura.

Europa restringirá determinados envases individuales de plástico para condimentos, salsas, azúcar, aliños o crema para el café en establecimientos de hostelería. Habrá excepciones para algunos usos, entre ellos determinadas comidas para llevar y necesidades higiénicas, médicas o asistenciales.
No se prohíbe el kétchup. Conviene aclararlo antes de que alguien convoque una manifestación en defensa de la libertad de la mayonesa. La cuestión es mucho más sencilla: ¿por qué hay que fabricar un recipiente nuevo cada vez que alguien quiere poner mostaza sobre una salchicha de Frankfurt? Parece una batalla pequeña. Pero multiplicada por millones de personas deja de serlo.
El vaso que vive cinco minutos
Entro en un café normal (nada de «especialidad» o con matcha para expats). Pido un café con leche para llevar. Me lo sirven con otro objeto de biografía muy breve. Fabricación. Transporte. Almacenamiento. Café. Diez minutos conmigo y destino a la papelera de la esquina.
Hay algo fascinante en nuestra capacidad industrial para fabricar objetos cada vez más sofisticados destinados a convertirse cada vez más rápidamente en basura.
También eso empieza a cambiar, ya que desde principios de 2027 los establecimientos de comida y bebida para llevar deberán permitir que los consumidores utilicen sus propios recipientes sin pagar más por ello. Además, en 2028 deberán ofrecer también alternativas reutilizables para determinados servicios de take away.
Parece claro que el táper contraataca. Después de décadas de supuesta innovación plástica, quizá redescubramos que nuestras abuelas manejaban una tecnología extraordinariamente avanzada. Reutilizable. Lavable. Transportable. Barata. A veces innovar consiste en recordar.
177,8 kilos por persona
No sucede siempre, pero en este caso las cifras consiguen explicar de forma clara por qué todo esto importa. Solo en 2023 y según los datos oficiales, la Unión Europea (UE) generó 79,7 millones de toneladas de residuos de envases: 177,8 kilos por habitante. Solo los residuos de envases plásticos alcanzaron una media de 35,3 kilos por persona. Y alrededor del 40 % del plástico utilizado en la Unión Europea se destina a envases.
Cuando repaso las fotos que he hecho en el supermercado y que ilustran esta crónica, vuelvo mentalmente a sus pasillos y ahí los números dejan de ser abstracciones. Allí estaban. Pasillo tras pasillo. Bandeja tras bandeja. Bolsa tras bolsa. Envase tras envase.

Durante décadas hemos confiado en una especie de indulgencia ecológica contra el problema llamada reciclaje. Se trataba de comprar, usar, tirar en el lugar adecuado para reciclar y volver a comprar más plástico. Pero una economía verdaderamente circular obliga a reformular preguntas. ¿Necesitábamos fabricar todos esos objetos? El mejor residuo reciclable continúa siendo el residuo que nunca existió.
La cultura de la monodosis
Paso junto a un hotel y pienso en todos aquellos en los que me he alojado. Pienso en ese otro pequeño monumento cotidiano de nuestra civilización del desperdicio: el champú diminuto. Champú individual. Gel individual. Loción individual. Aftershave individual. Una ducha, un recipiente. Todos esos envases cosméticos y de aseo personal de un solo uso destinados a una única estancia hotelera también quedarán prohibidos en 2030.
Todas las escenas del paseo de este día de agosto por Barcelona empiezan a conectarse. Fruta plastificada. Bandejas del supermercado. Sobres de kétchup. Vasos para llevar. Champús diminutos. No se trata solo de plástico. Se trata de la cultura de la monodosis.
Durante décadas confundimos comodidad con desechabilidad y modernidad con individualización. Cuanto más empaquetado, pequeño, rápido y prescindible era algo, más contemporáneo parecía. Cada gesto cotidiano debía producir su pequeño cadáver material. Política personal de «usar y tirar». Ese fue el gran lema no escrito de una época que se acaba —al menos en la Unión Europea—.
No existe ningún lugar llamado «fuera»
El reglamento incorpora además límites para determinadas concentraciones de PFAS en envases destinados a entrar en contacto con alimentos. Las PFAS (sustancias per- y polifluoroalquiladas) son miles de compuestos químicos sintéticos conocidos como «contaminantes eternos» porque no se degradan de forma natural, se acumulan en el medio ambiente y en los tejidos de los seres vivos y plantean serios retos de seguridad ecológica y alimentaria.
Nuestra basura no desaparece cuando dejamos de verla. Decimos «tirar» con una tranquilidad semántica extraordinaria. ¿Tirar dónde? No existe ningún lugar llamado «fuera». Los residuos permanecen en nuestros cuerpos, en nuestros vertederos, incineradoras, ríos, mares y océanos. Se transforman, se fragmentan, circulan. Nuestra basura tiene bastante más memoria que nosotros.
¿Libertad para plastificar mandarinas?
Como podemos imaginar, estas nuevas medidas europeas alimentarán también la conocida guerra cultural contra Bruselas. Europa regula demasiado. Primero las tapas pegadas a las botellas. Ahora los sobres de mayonesa. Cualquier límite ambiental puede convertirse hoy en una supuesta agresión contra la «sagrada» libertad individual.
Deberíamos invertir las preguntas. ¿Por qué envolver cuatro mandarinas en plástico era libertad? ¿Por qué recibir tres sobres de mostaza que nadie había pedido suponía un «progreso»? ¿Por qué fabricar millones de objetos destinados a existir diez minutos era sinónimo de comodidad?
Deberíamos invertir las preguntas. ¿Por qué fabricar millones de objetos destinados a existir diez minutos era sinónimo de comodidad?
La cuestión no es solamente ambiental o ecológica. Es cultural, económica y profundamente política. Durante buena parte del siglo XX construimos una idea de supuesto bienestar basada en una premisa imposible: producir, consumir y desechar como si los materiales pudieran desaparecer del planeta cuando dejamos de necesitarlos.
La política cabe en un sobre de mostaza
Regreso a casa y paso de vuelta por la Boqueria. Las bandejas de fruta continúan allí. Perfectas. Transparentes. Fotogénicas. Preparadas para el consumo inmediato.
Y pienso que la transición ecológica no ocurre solamente en las grandes cumbres climáticas, las centrales eléctricas o las fábricas. También sucede en un supermercado. En la barra de un bar o en la mesa de una hamburguesería. En el baño de un hotel. En el recipiente de un café. En un inofensivo sobre de mostaza.
La política real también cabe dentro de objetos ridículamente pequeños.
Las grandes transformaciones culturales comienzan cuando aquello que durante décadas se consideró normal empieza a parecernos muy absurdo. No hace tanto tiempo, fumar en un hospital, en el cine, en una discoteca o en la parte trasera de un avión, delante de los bebés, llegó a parecernos normal.
Quizá llegue un momento en que alguien mire fotografías de nuestros supermercados y pregunte: ¿De verdad envolvían las rodajas de piña en plástico? Pues sí.
Y los plátanos. Y los tomates. Y medio melón. Y la carne del coco. Y una cucharada de kétchup. Y el jabón de cada ducha de un hotel.
Sí, hubo un tiempo en que éramos extraordinariamente sofisticados para fabricar basura antes incluso de empezar a comer o asearnos. Y durante decenios lo llamamos comodidad o, incluso peor, progreso.

