¡Madre mía si leen esto los comerciantes y vecinos de la Vila de Gràcia! Quizá si lo hiciste ayer la primera parte de este reportaje, donde prometí averiguar si los expats, ese colectivo barcelonés sin tacha alguna, se integraba de verdad en la vida de este lugar tan orgulloso de existir, eso sí, sin meditar mucho alrededor de la coherencia entre lo que se vende de cara a la galería y la realidad cotidiana, amenazada no tanto por la gentrificación, consumada hace tiempo, sino por su consolidación, que con toda probabilidad convierta más si cabe al barrio en un decorado sin habitantes locales.

Aquí tens la versió en catalá


Quizá por eso llamarla Vila es un poco ridículo, porque no basta con usar un vocablo para mantener unas señas de identidad más que sepultadas durante este siglo. Sin embargo, la misión del periodismo ciudadano, su buena praxis, consiste en ir a los sitios y hablar con la ciudadanía. 

Eso hice el pasado durante varios días de la primera quincena de agosto. Empecé mis investigaciones en una carnicería del carrer Ramón i Cajal, mi arteria para llegar al meollo. El propietario del negocio fue muy amable, diciéndome que mantenía clientes de toda la vida, cada vez más escasos, tanto por previsibles defunciones como por la mengua de población catalana, eso sí, fiel a las viejas costumbres, lo que, afirmaba, no podía decirse de los extranjeros instalados en Gràcia. 

La Verema i Collita de plaça Joanic. Foto: Jordi Coromina i Julián

Según este vecino, con experiencia al estar desde hace décadas detrás del mostrador, los expats no compran los productos básicos en los establecimientos tradicionales, lo que confirmaba mis intuiciones, pero claro, uno no analiza lo cotidiano para sonreír al tener la razón, sino para acercarse a la verdad, si es que existe. 

Al cabo de pocas jornadas reincidí en mi camino para entrar en la bodega Verema i Collita de plaça Joanic, donde me atendieron los dueños, que inauguraron una constante en mis pesquisas. Según ellos la presencia de extranjeros aportaba el beneficio de ganar nueva clientela, pues sí, compraban vinos con frecuencia, asimilándose así a los gracienses. Este dos por uno, el sacar tajada ante la llegada de nueva población, fue una respuesta habitual en este itinerario, como demostraría nuestra siguiente parada.

Pintadas en contra los expats. Foto: Jordi Coromina i Julián

Hace años escribí en un libro que un barrio, para merecer ese nombre debe tener una mercería. La de Gràcia es la de Ruchi, sita en Ramón y Cajal. Su propietaria tiene el domicilio al fondo del local y mientras hablamos parece que quiera ocultarlo cuando resulta evidente la doble función del espacio, así como su antigüedad, decorada con lo pintoresco de la memoria reciente de la ciudad, es decir, pegatinas de Barcelona 92 en cajones de madera muy vintage

A simple vista, no acuden muchas personas pese a la simpatía de esta anciana vivaracha y adaptada a la época, porque cuando le pregunto sobre si vienen extranjeros me responde que en Google dicen que es muy amable y que si quiere puedo comprobarlo. Esa, en verdad, tampoco es una respuesta, sino más bien un salirse por la tangente, un no soltar prenda inútil y delator de una impotencia. 

Decorado de las fiestas de Gràcia. Foto: Jordi Corominas i Julián

Mientras Ruchi viva existirá su mercería. Eso sí, los extranjeros muy majos y claro que vienen a la tienda, faltaría más. También, según nos cuenta Silvia, muy motivada al participar en la decoración de las fiestas de agosto, los expatriados se implican en los preparativos, como por otra parte es normal. 

Más que gracienses parecen bilbaínos. Mi desconsuelo crece, no porque quiera mal a los expats, no home no, no es eso, sino porque veo pintadas contra ellos en todos lados y bien, ya decía Antonio Gramsci lo de la hegemonía. Quizá estamos en una situación esquizofrénica. Una es la realidad a proyectar y otra la parcela monetaria, capaz de desnudar toda la hipocresía de los nuevos gracienses, que sí, lo son, pero, como es comprensible, no se han reencarnado en los antiguos, desapareciendo la identidad de antaño.

Interior de la Mercería Ruchi. Foto: Jordi Corominas i Julián

El jaleo es que, hasta ahora, he conversado con gentes veteranas, de aquellas, al menos sobre el papel, con virtudes propias de los guardianes de las esencias, un poco como la Librería Taifa, decana del barrio y superviviente a la burbuja de hará quince años, cuando, de repente, brotaron como setas. Hubo treinta en todo este perímetro y ellos sí, resisten, incluso ante la pequeñísima Finestres de su calle, la de Verdi, librería un poco porque sí, pues apenas cuento cien libros, si es que llegan. 

Pero Verdi es un poco la rambla Catalunya del lugar, o si se quiere ésta sumada a Passeig de Gràcia, eso sí, moderna, viva y diferente, sobre todo en su parte baja, que en la de arriba cunde el silencio y los alquileres imposibles.

La Bodega Mallorquina del carrer Verdi. Foto: Jordi Corominas i Julián

En fin, hablamos con los libreros de Taifa. Uno, con mucha experiencia, no entiende cómo otros de barrios distantes pueden afirmar que se pierden lectores locales a causa de los expatriados, es decir, a través de la expulsión de aquellos que no pueden competir ante la nueva situación del mercado de la vivienda.

A ellos eso no les pasa, entre otras cosas porque mantienen una modesta sección de inglés desde hace años, sin darle más trascendencia. De hecho, lo que valora de estos nuevos vecinos es como algunos sí quieren aprender mediante la lectura de clásicos asequibles, como Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza.

Los vecinos preparando la decoración de una calle. Foto: Jordi Corominas i Julián

Taifa no ve ningún mal ni perjuicio en este colectivo tan cuestionado en las paredes. En cambio, la panadera de al lado sí ve a las claras cómo no compran su producto estrella ni por asomo. Los que sí vienen, observa, son los guiris, pero porque alquilan apartamentos por pocos días y se preparan su comida, bocadillos y esas cosas.

Se estima que en Gràcia se anuncian entre 700 y 1000 apartamentos turísticos, lo que es un buen indicio de su sobredosis. También, de otro modo no escribiría esta pieza, viven muchos extranjeros, integradísimos a tenor de lo cosechado en mis averiguaciones, hasta que piso la Bodega El Mallorquí del carrer Verdi. Me atiende Gina, que, a diferencia de los demás interrogados, no es del barrio, pero al trabajar en el mismo durante horas y horas se ha hecho tanto con las calles como con la clientela.

La Librería Taifa. Foto: Jordi Corominas i Julián

Según ella, los expats no van a bodegas salvo en raras excepciones, lo que numéricamente sería un 10%, no más, de tan encantadoras personas. No van a estos establecimientos porque prefieren bares más homologados sin personalidad alguna, lo que es el equivalente a comprar en el súper sin familiarizarse con los pequeños comercios, pues no pretenden fundirse con los demás habitantes. 

«De hecho», aprecia, «conozco a uno de ellos. Vive en la plaça del Diamant, algo imposible para cualquiera de nosotros. Me saluda cada mañana desde hace meses, quizá años. Pero jamás lo hizo en castellano, menos aún en catalán». Él es uno más entre la multitud y no podemos ser tajantes en nuestras conclusiones. Es más, al mencionar el Diamant pensé en la Colometa y en cómo me faltaría cruzar Gran de Gràcia para calibrar si en ese sector hay algo distinto por aquello de tener muchos barrios dentro del mismo, pero con lo analizado entre sudores y helados no es difícil deducir cómo la mayoría prefiere recaudar sin pensar en el mañana y menos en hipotéticas verdades que, tarde o temprano, dañarán más un tejido destripado pese a la belleza aséptica del escenario.

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Jordi Corominas i Julián

Ciudadano europeo y escritor. Mi último libro es «La ciudad violenta».

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