La gorra del inminente difunto, que expiró en el Hospital de Sant Pau hacia las seis de la madrugada, permaneció horas en el suelo, acompañada de un juego de llaves en un enorme charco de sangre que se desperdigaba por escalones y paredes.
Aquí tens la versió en catalá
Los tópicos suelen tener siempre algo de verdad. Quizás por esto mismo nada en esta vida es casual. Desde hace años tenía una cuenta pendiente con un bloque de pisos ubicado en la esquina del carrer d’Independència con Còrsega, un sector límbico donde confluyen muchos inicios y finales, entre ellos el de l’Eixample.
Esta condición de múltiple frontera tiene incidencias jamás bastante ponderadas por sus habitantes, quienes no saben muy bien en qué barrio viven, si en Sant Pau o en Camp de l’Arpa, si en el Eixample, algo que sólo usan en este ángulo los más esnobs, o en la indeterminación más bestia del mundo, entre otras cosas porque nadie en su sano juicio identifica el carrer de Còrsega con estas latitudes y, por si fuera poco, una gran mayoría ignora que el carrer d’Independència remite a la guerra de liberación contra los ejércitos napoleónicos.
No me alargaré más en este vicio de callejero y geografías. No, al menos, por ahora. Hoy quiero contaros, retomando una antigua tradición de estas Barcelonas, una crónica de antaño, como siempre útil para nuestro presente condal, en los últimos meses surcado de mucha violencia mediante tiroteos entre mafias y un uso intensivo de armas de fuego que, a diferencia del pasado, no tiene vinculaciones ideológicas.
Digo esto porque la historia que contaré a continuación se sitúa en septiembre de 1933, durante la Segunda República, encuadrada en aquellos años 30 que surgen a la mínima cuando alguien tiene pereza mental y tira de comparaciones fáciles, en parte porque, en un mundo presentista, el pasado se difumina cual espejismo borroso, que ya es decir.

Vayamos al grano. La casualidad no casual nace de caminar mucho por ese ángulo de la capital catalana y observar con fascinación el inmueble de Còrsega 671/ Independència 357 bis. Es posible que, a la vuelta de la supuesta pausa estival, pueda investigar su autoría, algo imposible durante agosto por la no digitalización de tantas y tantas fichas en el Archivo Municipal.
Bien, la casa podría ser de un maestro de obras hiperactivo, Masdéu Puigdemasa, data según el catastro de 1921 y es muy fácil identificarla con una estética novecentista que preparaba el terreno para mayores verticalidades constructivas y densidades poblacionales en lo que había sido el viejo pueblo de Sant Martí de Provençals, periferia, y por lo tanto ideal para zonificar las clases sociales, con los obreros hacinados en pisos desde luego mucho más espaciosos que los nuestros y, sin duda, más baratos.

En uno de ellos, concretamente, en el primero segundo de la casa protagonista de este artículo, vivía Joaquín Segura Casanovas, quien con toda probabilidad llegó a Barcelona durante la década de los años veinte en busca de fortuna, al igual que más de trescientos mil migrantes de toda España, por vez primera con hegemonía almeriense y murciana, si bien este empleado de la compañía de tranvías provenía de Alcañiz. Tenía treinta y ocho años, estaba casado y era padre de dos hijos, una niña de trece años y un chaval de diez.
Segura Casanovas era muy apreciado por sus compañeros de trabajo y sus jefes. Destacaba por ser muy cumplidor en sus funciones, las de un vigilante de circulación del tranvía 55, que a nivel histórico cubría el trayecto de la Barceloneta a Sants. La noche de su muerte, entre el 3 y el 4 de septiembre de 1933, regresó a su hogar en la línea 60 que terminaba en Rogent. Eran, más o menos, las dos y media de la madrugada, subió las escaleras hacia su piso y en la puerta del mismo debió encontrarse con sus asesinos, quienes le propiciaron varios golpes decisivos con un punzón talabartero, si bien la víctima, con gran arrojo, logró bajar y llamar a los timbres de varios domicilios.

La gorra del inminente difunto, que expiró en el Hospital de Sant Pau hacia las seis de la madrugada, permaneció horas en el suelo, acompañada de un juego de llaves en un enorme charco de sangre que se desperdigaba por escalones y paredes. Antes de su traslado, en un taxi, fue auxiliado por el portero de su domicilio, Federico Fuertes, quien junto a su mujer llamó para recibir ayuda al propietario del bar en una esquina de la finca, entonces Arnaldo Arau, el inventor de un negocio que aún, con cambios y traslados, sigue en pie, como si fuera indestructible en ese rincón ciudadano, esa madrugada de 1933 repleto de curiosos, vecinos desesperados y un vigilante de zona, encargado de controlar las proximidades, desconsolado porque picó en el cebo de los asesinos, inteligentes al llamarlo para allanar su camino hacia quedarse tranquilos con Segura Casanovas.
Este, como se supo más tarde, tenía desde hacía meses sus días contados al no haber secundado la huelga de tranvías del 25 de abril de ese año, convocada por la CNT y que se saldó con detenciones y despidos. La ocultación que los ayuntamientos democráticos han sometido a la memoria anarquista ha hecho caer en el olvido más absoluto la inestabilidad laboral del quinquenio republicano, así como la agitación ácrata, clave para comprender cómo, sin ir más lejos, se evitó el golpe de Estado militar del 19 de julio de 1936.

Como bien es sabido, o así debería ser, las huelgas de tranvías fueron un activo a lo largo de distintas generaciones, desde principios del siglo pasado hasta los años cincuenta, cuando fueron una de las primeras demostraciones mundiales de resistencia pacífica, capaz en esa ocasión de desencadenar una protesta genuina, que recuperaba fuerzas enterradas desde el final de la Guerra Civil.
A Segura Casanovas le avisaron pisándole un huerto que tenía cerca de la Sagrera, no sin escribirle lemas amenazantes. Su única culpa fue la de ser un hombre prudente, con miedo a perder su pequeñísima parcela de paraíso entre familia y hortalizas, caseta i hortet según el léxico de la época. El hecho de vivir en un bloque bonito desde lo estético enclavado en un margen decente define sus aspiraciones y cómo podían verlo sus superiores. Desde luego no iban a demonizarlo como a los residentes en el polígono de Can Peguera, con techo sí, pero también con aire de estar encerrados en un campo de concentración sin entrada en el diccionario.

El eco del crimen puede medirse en que Pérez de Rozas fotografío el ascensor de la finca. Visto con nuestros ojos suena a Chicago, pero era una Barcelona donde la violencia cotidiana con agresividad desde la fuerza no extrañaba a nadie. Ese mismo día El Noticiero Universal dejaba constancia de un suicidio en Casanova 167 y altercados entre trabajadores del tranvía en Sant Andreu. En cambio, hoy los empleados municipales de proximidad y los bibliotecarios están en huelga sin llegar a las manos y nadie en la prensa escribe sobre la cuestión, así como también planea el silencio sobre el socavón de Sant Gervasi o el fuego en el metro de Glòries. Cada era tiene su periodismo y sus formas de violencia.

