El tiempo y mi forma de pasear me han brindado una especie de grato súper poder, consistente en caminar sobre una superficie del hoy que, en mi cabeza, puede nutrirse de planisferios pasados.
Intento aunar este don, que también puede ser una losa, conjugándolo con reflexiones útiles a largo plazo, sin duda más sólidos si se plasman por escrito. Estos días me llamó la atención pensar sobre cómo en 2025 se reparó poco o nada sobre el centenario del Barrio Chino, bautizado por el periodista Paco Madrid, quien acuñó el término en un artículo para El Escándalo, contento de comparar los bajos fondos de la Ciudad Condal con las de otras capitales del ancho mundo.

Su aporte era novedoso y marcó época, sin que por ello inaugurara determinadas dinámicas, pues en lo literario el lugar gozaba de fortuna desde Narcís Oller y en lo canallesco apuntaba maneras desde tiempo atrás con templos del vicio como el Edén Concert, a los que en la década de los veinte se añadieron otras perlas como La Criolla, tan bien glosada por Paco Villar, o Cal Sagristà, ambos indiscutibles puntos de encuentro de una harto curiosa comunidad festiva, con lo homosexual travestido y sin armario.
La veda de Madrid no fue una apertura, sino un abanico. En este sentido conviene recordar el famoso capítulo de Vida Privada, de Josep Maria de Sagarra, donde los burgueses bajan a ese baluarte de perdición para asombrarse ante la miseria imperante, no sin darse cuenta de ser ellos los depravados por querer relamerse ante la supuesta desgracia ajena.

No seré yo, quien resuma toda la cantinela de odio del poderoso ante ese pedazo marginado de Barcelona, el mismo que Companys hubiera bombardeado y no se pisa en Aloma, de Mercè Rodoreda, entre otras cosas porque aparece en la novela mediante la visión en un quiosco de Una mena d’ amor, libro de César August Jordana, con protagonismo del futuro Distrito Quinto.
Ahora que el cine aborda el atentado de las Ramblas es un buen momento para plantearse cómo las instituciones y la creación ignoran ciertos hitos de nuestra Historia, bien por comodidad o pura desidia interesada. Pasa con el Procés, si bien este otoño, algunos, entre ellos servidor, lo plasmarán en ficciones no tan ficticias y ocurre desde hace décadas con el Chino, no en vano quiso sepultarse su tejido de recuerdos tras las Olimpiadas, cuando se optó por resucitar su nombre de toda la vida, ese Raval de Arrabal, el del espacio vacío por la peste negra y la frustrada muralla de Pere El Cerimoniós, el de los fuegos de las prostitutas o la rumba extinta que inmortalizó Casavella en El triunfo, por no hablar de las prostitutas de Robador, sedadas en novelas más o menos recientes de Mathias Enard.

Al final, a base de amnesia, seamos sinceros, a nadie le importa lo que fue y, con toda probabilidad, tampoco su actualidad. Lo de cambiar el nombre fue un lavado de cara muy acorde con la fachada, ampliándose la operación con la destrucción de las callecitas que ocupaban la rambla del Raval, tan bien descritas por André Pieyre de Mandiargues en la novela La marge, cuya última edición en nuestro país data de 1995, como si no se quisiera recuperar su plasmación de un mundo perdido e invisible, con o sin vender ejemplares.
Mandiargues como compensación tiene una plaza que no le asegura ningún reconocimiento, tampoco a los franceses de hará una centuria, de Paul Morand a Francis Carco, de Pierre Mac Orlan a Jean Genet, que contribuyeron a difundir el mito de una Barcelona canalla a través de sus relatos y novelas. No deja de ser significativo cómo fueron extranjeros, con la excepción de Sagarra y el malogrado Josep Maria Planes, los que dinamizaran la imagen de la capital de Catalunya desde unos parámetros de sucia vivacidad que no encajaban mucho con lo pacato tan típico por estas latitudes, habituadas a venderse progresistas cuando, en realidad, beben miedo y conservadurismo por los cuatro costados.

De ahí la refundación ravalera, como si no se quisiera aceptar el hermoso grano en el culo que fue el Chino, tan bien narrado por Vázquez Montalbán, del que poco o nada queda. Casa Leopoldo ha vuelto a cerrar y la calle de San Rafael, asimismo aquella donde asesinaron a Salvador Seguí, ha cambiado nombre, sin ponderar su trascendencia histórica en favor de una activista vecinal, Maria Casas Mira, a quien, no está de más decirlo, podrían haber homenajeado en cualquier otro rinconcito.
Si se fijan, se prefiere la fachada, reconocible en la serie Ravalejar, muy comprometida desde el cuento de hadas con una barbaridad de dinero que promueve fantasías con buenas intenciones y mucho rollo moderno. No la criticamos, ojalá se cumplieran sus deseos, aunque sí lo hacemos con la pereza municipal y su nula voluntad de activar recursos muy asequibles.

Desde estas páginas he argumentado en más de una ocasión cómo la pedagogía urbana es una herramienta económica para fortalecer identidades comunitarias, enorgullecerlas por lo que fueron los sitios donde viven y, de paso, alterar el paradigma de una ciudad prostituida a un turismo de ínfima calidad. Por lo demás, la impronta de este mecanismo sirve incluso para elevar la autoestima barcelonesa, bastante débil si atendemos la aceptación de una publicidad según la cual somos una urbe en la que una hamburguesa se llama Kevin Bacon, lema con olor a basura moderna y más bien poco provechosa, no como lo que desde aquí propugnamos.
¿Imaginan un Chino/Raval con conciencia de todo su bagaje al tenerlo registrado en sus muros para que fueran fuente de conocimiento? Vázquez Montalbán lo aprobaría sin pestañear, si bien eso es sólo una anécdota, bonita sin duda, pero justamente nuestros anhelos consisten en metamorfosearlas para hilvanar algo duradero capaz de desprenderse de tanto marchamo efímero, existente por el amor incondicional de BCN al presentismo y su esperanza de enterrar, tarde o temprano, las pluralidades de Barcelona, reconocibles en la acumulación de sedimentos que es cualquier extensión urbanizada a lo largo de los siglos.
