Este 11 de septiembre se conmemora el 50º cumpleaños de la celebración de los actos de la Diada Nacional de 1976 en Sant Boi de Llobregat. No hacía ni un año que había muerto el general Franco y las fuerzas democráticas se esforzaban en actuar lo más públicamente posible a pesar de que el aparato de la dictadura continuase intacto.
La Asamblea de Cataluña y el Consejo de Fuerzas Políticas, los órganos unitarios que aglutinaban la mayor parte de partidos y organizaciones que luchaban contra el franquismo, quisieron impulsar una conmemoración del Once de Septiembre que superara la clandestinidad en que se había tenido que mover hasta entonces y que pudiera aglutinar el máximo número posible de personas. Pero el gobernador civil de Barcelona, Salvador Sánchez-Terán, se negó a autorizar una concentración en Barcelona y menos aún en el Parque de la Ciutadella por su elevada carga simbólica: Felipe V, después de la derrota de 1714, había hecho construir una fortaleza para controlar la ciudad derrotada y conquistada y el Parlament de Cataluña había tenido su sede allí durante la etapa republicana; dentro del edificio, la entrada al hemiciclo todavía estaba tapiada. Fue el abogado e historiador Josep Benet quien planteó una alternativa posibilista: sacarlo de Barcelona, a Sant Boi de Llobregat. La idea, como no podía ser de otra manera viniendo de Benet, tenía un claro contenido de reivindicación histórica, porque en la iglesia de Sant Baldiri de aquella ciudad está la tumba de quien fue uno de los defensores de Barcelona en 1714, el consejero en jefe Rafael Casanova. Pero también jugaba con el valor añadido de convocar el acto en el Baix Llobregat, donde las fuerzas democráticas, muy especialmente el PSUC, podían movilizar más gente.
Los actos tolerados tuvieron lugar en la Plaza Cataluña de Sant Boi: se reunieron decenas de miles de personas. El PSUC y Comisiones Obreras aportaron buena parte de los asistentes, pero aplicando su inteligencia unitaria no se opusieron a que las intervenciones fueran de Miquel Roca Junyent, próximo a Jordi Pujol, Octavi Saltor, proveniente de la antigua Lliga, la derecha catalana histórica, y el nacionalista de izquierdas Jordi Carbonell, que años después militaría en ERC. A pesar de su marginación en el momento de los parlamentos, impuesta o aceptada, el PSUC aseguró el éxito de la convocatoria, en la que participaron multitud de personas que habían llegado las últimas décadas de diferentes puntos del Estado español.
A pesar de su marginación en el momento de los parlamentos, impuesta o aceptada, el PSUC aseguró el éxito de la convocatoria
Eran los tiempos en que la Asamblea de Cataluña defendía los cuatro puntos que se concretaron en el eslogan «Libertad, Amnistía y Estatut de Autonomía». Cuando ahora se habla de aquellos cuatro puntos los sectores españolistas acostumbran a olvidar el tercero ( «El restablecimiento provisional de las instituciones y de los principios configurados en el Estatut de 1932, como expresión concreta de estas libertades en Cataluña y como vía para llegar al pleno ejercicio del derecho a la autodeterminación») y en ambientes independentistas no gusta demasiado recordar el cuarto punto («La coordinación de todos los pueblos peninsulares en la lucha democrática»). La memoria suele ser selectiva.
Seis años decisivos
El año siguiente, en junio de 1977, tuvieron lugar las elecciones generales que en Cataluña dieron la victoria en votos a PSC y PSUC; en el Senado, Entesa dels Catalans, candidatura unitaria de las izquierdas, barrió en las cuatro circunscripciones, con Josep Benet como senador más votado de todo el Estado español. Después vino la gran manifestación de la Diada Nacional en Barcelona con el grito de «Volem l’Estatut». Y el retorno del presidente Tarradellas, con la paradoja de ser a la vez el único acto de ruptura que entroncaba con la legalidad republicana, un hecho que las fuerzas catalanistas no sabrían aprovechar en el futuro para justificar un tratamiento diferenciado de Cataluña, y también parte de una operación diseñada por el empresario Manuel Ortínez, «ante la amenaza que representaba el triunfo de la izquierda y de los nacionalistas», en palabras de Josep Fontana (La formació d’una identitat, Eumo, 2014). En diciembre de 1978 se aprobaba la Constitución. En marzo de 1979 se celebraban elecciones generales con una nueva victoria de las izquierdas, pero con los socialistas (Nova Entesa) habiendo abandonado la coalición progresista en el Senado; Josep Benet, fiel a la idea originaria (Per l’Entesa), fue elegido senador en solitario, tan solo con el apoyo del PSUC. En las elecciones locales de abril, el PSC y PSUC conseguían las principales alcaldías del país y en diciembre se aprobaba el Estatut. En 1980 se convocaban, por fin, las primeras elecciones al Parlament posteriores a la época republicana.
29 de septiembre de 1982: la moción de censura a Jordi Pujol
El resultado de las elecciones del mes de marzo de 1980 situó en primer lugar la candidatura de Convergència i Unió encabezada por Jordi Pujol (43 diputados), que llegó a la presidencia con el apoyo de la UCD de Adolfo Suárez (18 diputados) y de ERC (14 diputados). Existía una clara mayoría de izquierdas de 72 diputados, pero la ERC de Heribert Barrera optó para dar sus votos a Pujol a cambio de la presidencia del Parlamento y otras concesiones nunca suficientemente explicadas. El PSC de Joan Raventós (33 diputados) y el PSUC encabezado por Josep Benet (25 diputados) se quedaron, pues, en la oposición. El posible gobierno progresista dejó paso al de Jordi Pujol, que se consolidaría y se alargaría durante veintitrés años que marcarían la evolución política y social de Cataluña. No sería hasta 2003 cuando otra mayoría, en este caso de 74 diputados, propiciaría un gobierno de izquierdas, después de que la ERC de Carod Rovira rompiera temporalmente con Convergència.
Un año y medio después de las elecciones de marzo de 1980 ya se veía cuáles eran las prioridades del gobierno de Pujol. Por eso el PSUC presentó una moción de censura que proponía a Josep Benet como presidente. La operación, ideada por el inteligente secretario general del PSUC, Antoni Gutiérrez Díaz, pretendía revitalizar a un PSUC malherido por la reciente escisión prosoviética pero también reforzar la imagen de una posible mayoría alternativa de izquierdas poniendo al PSC, que no osó a presentar su moción de censura, y a ERC, que apoyaba a Pujol junto a los centristas de la UCD, ante sus responsabilidades. Era evidente que la moción no disponía de los votos necesarios para triunfar pero quería ser un toque de atención a Pujol y un recordatorio a PSC y ERC.
Un año y medio después de las elecciones de marzo de 1980 ya se veía cuáles eran las prioridades del gobierno de Pujol. Por eso el PSUC presentó una moción de censura que proponía a Josep Benet como presidente
El 29 de septiembre de 1982, seis años después de que Josep Benet hubiera propuesto celebrar el Once de Septiembre de 1976 en Sant Boi, el político, que había encabezado la lista del PSUC como independiente, provocaba un terremoto dentro del mundo del nacionalismo, exponiendo en el Parlamento su programa de gobierno destinado a sustituir a Pujol.
«Josep, ¿qué haces con esta gente?»
Benet era un referente muy respetado por muchas personas catalanistas, incluyendo el mismo presidente. Esto puede ayudar a entender la anécdota explicada por el historiador Andreu Mayayo en su introducción a Josep Benet: La moció de censura a Jordi Pujol (1982) (Fundació Nous Horitzons, 2008), que tuvo lugar el 22 de abril de 1980 durante el debate de investidura de Pujol: «En un descanso de la sesión solemne se cruzaron en la escalera principal Jordi Pujol y Josep Benet. El primero subía rodeado por diputados de CiU y el segundo bajaba acompañado de Antoni Gutiérrez Díaz y otros diputados del PSUC. Se miraron a los ojos sin saludarse. Cuando Pujol estaba dos escalones por encima de Benet, se paró, giró la cabeza y exclamó: «Josep, ¿qué haces con esta gente?»». El libro de Jordi Amat Com una Pàtria. Vida de Josep Benet (Edicions 62, 2017), que también recoge este episodio, ayuda a situar las complejas relaciones entre Pujol y Benet. Joaquim Nadal (L’Avenç, 2017) considera que «aquel día Josep Benet culminaba su tarea de refundación del catalanismo político y cerraba el círculo que lo llevaba de sus años de monaguillo en Montserrat a liderar una opción transversal e interclasista, de izquierdas».
Benet, por trayectoria e ideología, podía parecer más próximo a Pujol o al líder socialista Joan Raventós que a los comunistas, por muy eurocomunistas que fueran. Amat explica que Raventós no entendía por qué Benet se presentaba con el PSUC y no con el PSC; el dirigente comunista Gregorio López Raimundo le aclaró: «Benet está ideológicamente mucho más cerca vuestro. Eso sí, es más amigo nuestro». Que en 1982 Benet, después de encabezar la candidatura del PSUC, se atreviera a censurar a Pujol y a ofrecer un programa y un gobierno alternativos todavía sacudió más la estrecha y complicada relación entre Pujol y Benet, a pesar de que esta no se acabó de romper nunca, tal como se demostraría años después.
Otra política nacional y social era posible: lecciones para el presente
Aquella moción de censura sin posibilidad de éxito dejó, sin embargo, un contenido programático que hubiera podido llevar a una Cataluña diferente y que, todavía hoy, cuarenta y cuatro años después, nos muestra líneas de actuación interesantes.
Benet, consciente de que la moción nacía carente de apoyos, recordó a los socialistas uno de los objetivos de la acción: «Los que dicen no a este Govern minoritario y monocolor, este Govern conservador, ¿por qué no han presentado otra alternativa de Govern, como la ley les autoriza a hacer?».
A continuación, Benet desglosaría su programa de gobierno con frases contundentes, que todavía hoy tendrían que resonar en el hemiciclo del Parlament: «Se vuelve a caer en un error grave, ya cometido en el pasado: idealizar Cataluña y su historia, servir a una Cataluña mítica, idealizada, mientras se olvida la Cataluña real, la Cataluña de la realidad de su historia». Y lo decía recordando conversaciones mantenidas entre Pujol, Jaume Vicens Vives y él mismo.
Benet desglosaría su programa de gobierno con frases contundentes, que todavía hoy tendrían que resonar en el hemiciclo del Parlament
«Uno de los puntos fundamentales y más esenciales del programa de gobierno que tengo el honor de presentar en la Cámara es este: hacer de la población de Cataluña un solo pueblo, con la colaboración de todas las personas que viven en esta tierra, sea cual sea su lugar de nacimiento, respetando los derechos de todas ellas.» Una afirmación que conviene recordar en la actualidad, cuando sectores independentistas conservadores próximos a Aliança Catalana, agrupados en el entorno de la histórica Revista de Catalunya, cuestionan que Cataluña sea un solo pueblo y, todavía peor, no quieren que lo sea: prefieren ser una minoría pura que una mayoría plural; todo lo contrario que Benet.
Benet reclama «la priorización y reorientación de la acción de la Generalitat en la lucha contra el paro», en línea con la defensa que hace el PSUC de los derechos de la clase trabajadora. Y propone «una política laboral radicalmente distinta a la de la CEOE y del Fomento del Trabajo Nacional». Mencionarlo hoy es más que oportuno cuando la diputada de Junts, Míriam Nogueras, se ha convertido en la voz de las patronales catalana y española en el Congreso. También apuesta, con visión de futuro, por las energías renovables. Y exige a Pujol que reclame y ejerza las competencias en materia de seguridad y policía establecidas en el Estatut, planteando «la creación de un Instituto de Seguridad de Cataluña, del cual dependería la Escuela de Policía, en la cual recibirían formación, en secciones distintas, la policía autónoma y las policías municipales», una institución que no nacería hasta veinticinco años después, cuando el gobierno catalanista y de izquierdas la creó en 2007, siendo consejero de Interior Joan Saura, heredero político de Benet.
La cultura era esencial en el modelo de país de Josep Benet. Por eso, inspirándose «en el ejemplo de Prat de la Riba, recordando los proyectos y las realizaciones de la Generalitat republicana, y teniendo siempre en cuenta las opiniones expresadas por las instituciones y las personas que trabajan en el campo de la cultura» se comprometía a presentar un proyecto global de Política Cultural, multiplicando por tres el presupuesto que se dedicaba a este tema, preocupándose a la vez por la alta cultura y por la promoción de una mayor participación popular en las actividades culturales.
Uno de los temas fundamentales del discurso de Benet es «la recatalanización de nuestro país, con la recuperación plena de su identidad nacional». Y por eso propugna «la obra continua de normalización lingüística» que, «para que sea eficaz», tiene que ser «paralela al fomento de la convivencia» entre todos los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña. Una apuesta por la normalización lingüística que los gobiernos de Junts y ERC del periodo 2010-2024 olvidaron, dejando cada año sin plaza a miles de solicitantes de clases de catalán en el Consorci de Normalització Lingüística .
Otro de los grandes instrumentos del reordenamiento de Cataluña es para Benet «la enseñanza», que «tiene que merecer la más extraordinaria atención de cualquier gobierno catalán»: un toque de atención desde el pasado al actual gobierno del PSC.
Y Benet advierte de que «el fácil recurso habitual al Tribunal Constitucional se convierte en una manipulación muchas veces de la Constitución, para conseguir una paralización directa de la acción legislativa de los representantes del pueblo de Cataluña». Las predicciones de Benet se harían realidad desgraciadamente en la * sentencia del 2010 sobre el Estatut de 2006 y en la habitual discusión competencial con los diversos gobiernos centrales.
Siempre he pensado que la nostalgia es mala consejera; no se trata de añorar otros tiempos. Pero mirar al pasado nos puede ayudar a actuar hoy con más inteligencia. Sobre todo si lo hacemos de la mano de Josep Benet.
