La CUP entró en el Parlament en noviembre de 2012 con tres diputados -David Fernández, Georgina Rieradevall y Quim Arrufat- y un perfil de independiente que hacía bandera de la disciplina asamblearia. En 2015 llegó a su techo con diez escaños. Desde entonces, montaña rusa descendente: cuatro diputados en 2017, nueve en 2021, y de nueve cuatro el 12 de mayo de 2024. Los anticapitalistas perdieron más de la mitad de los escaños que habían ganado en los comicios anteriores, y no lograron representación en las demarcaciones de Lleida y Tarragona.
Tampoco se posicionaron como primera fuerza en ningún municipio, lo que contrasta con 2021, cuando lo habían sido en cinco municipios. El año anterior ya habían perdido la representación en el Congreso y la fuerza municipalista que les caracterizaba desde sus inicios. Las razones del bajón se pueden interpretar en cinco capas:
La primera es de ciclo político. La CUP creció como vector de la radicalidad del procés, nutrida de la movilización 2012-2019 y del Primero de Octubre. Cuando el independentismo institucional vira hacia la amnistía y el diálogo, y el PSC de Illa ocupa el espacio de la gestión, la oferta “todo o nada” de la CUP pierde su nicho natural.
La segunda es la poca fidelidad del voto. El análisis de transferencia electoral elaborado en naciodigital a partir del Barómetro y de los resultados del 12-M muestra que la fidelidad del electorado de la CUP se situó en torno al 56%, la más baja de todas las formaciones del Parlament —muy por debajo del 90% de PSC, Junts y PP, y del 65% de ERC, Vox. Según el análisis, los votos de la CUP irían principalmente a Junts (unos 22.000 votos) y hacia los Comuns (unos 18.000), y en menor proporción hacia ERC y el PSC. Este doble escape —hacia un independentismo “útil” y hacia una izquierda instalada en la gestión— dibuja una CUP exprimiendo entre dos lógicas de pragmatismo ajenas a su relato fundacional.
La tercera es organizativa. Justo cuando era necesario responder a la crisis electoral, la CUP se encontraba en medio del proceso de Garbí, una refundación interna interrumpida por la convocatoria anticipada de elecciones y no resuelta hasta octubre de 2024, con Ramon Casadevall como nuevo secretario general y Susana Moreno como portavoz, más un cambio de logotipo en 2025. Estrada —cabeza de lista el 12-M— dimitió alegando discrepancias internas, relevada por Pilar Castillejo.
La cuarta es la pérdida del arraigo municipal, el verdadero músculo histórico de la CUP desde sus orígenes en pequeños ayuntamientos. Ésta era, de hecho, una parte importante de la identidad de la CUP. La sangría del 2023 en las municipales la deja sin la red local que le daba sentido identitario más allá del Parlament.
La quinta razón es, tal vez, la más incómoda: la CUP ya no es la única oferta revolucionaria para la juventud de izquierdas catalana. Desde 2022 ha emergido la Organización Juvenil Socialista (OJS), nacida de una escisión de Arran -organización juvenil históricamente vinculada a la CUP-, cuando varias asambleas denunciaron carencia de democracia interna y límites estratégicos en el proyecto de la izquierda independentista. Vinculada al Movimiento Socialista, la OJS se constituyó en el 2023 con un rasgo diferencial claro: se desmarca del independentismo como eje central y sitúa la lucha de clases por delante de la cuestión nacional. Es el espejo invertido de lo que la CUP se ha convertido.
El resultado es que la OJS se ha convertido en un quebradero de cabeza para la CUP porque desafía a la izquierda tradicional catalana, hasta el punto de que la propia CUP ha tenido que repensarse internamente con cambio de imagen y de estructuras para afrontar la lucha de las izquierdas después del Proceso.
¿Dónde queda, entonces, la CUP hoy? Atrapada entre la nostalgia de un ciclo movilizador que no volverá, una refundación orgánica sin relato ni liderazgo consolidado, y una nueva competencia por su propio vivero generacional que ya no necesita el soberanismo para ofrecerse como alternativa revolucionaria. Con un grupo parlamentario escaso y dependiente de la buena voluntad de ERC por existir formalmente, la pregunta de fondo es cómo darle forma institucional a una radicalidad política que ha perdido gran parte de la fuerza de la calle que la alimentaba.
