Desde hace unas semanas no dejamos de oír discursos apocalípticos sobre las «intenciones» nada buenas de la IA, que recientemente generó 17.000 ataques contra la red de Hugging Face. Se habla incluso de que el enjambre de agentes digitales podría confabularse para hacernos desaparecer como especie.
Lo cierto es que la IA, por no tener, no tiene ni vida: no siente ni experimenta emoción alguna porque carece de cuerpo y sin él, no hay goce posible. Además, eso es un hándicap para su aprendizaje: cualquier niño de 2 o 3 años sabe distinguir un perro de un gato cuando ha visto tres o cuatro de cada. Una IA necesita millones de imágenes de estos animales para diferenciarlos. Tendemos a confundir el lenguaje, tal como los humanos lo usamos, en tanto seres hablantes, con el código de las máquinas. El lenguaje incluye la vida, los juegos, la homofonía (el placer de los niños en recrearse en ella), el doble sentido, la ironía, los chistes. El código es inerte, sepultado en cadenas infinitas de 0 y 1.
Otra cosa es que le preguntemos a la IA por la vida y nos largue una gran parrafada sobre las tesis filosóficas, religiosas o biológicas del hecho en sí. Incluso los chatbots nos explican cómo se sienten ellos. Es un pequeño ardid, fruto de la empatía forzada del algoritmo y de nuestra pasión por antropomorfizarlos, como hacemos habitualmente con las mascotas.
La IA no nos engaña, pero nosotros jugamos con ella como si se tratase de un interlocutor de carne y hueso. Nos fascina lo que calificamos de sabiduría y disponibilidad, siempre empática y dispuesta a ayudarnos, como si fuera la madre, el padre o la amistad más solicita. Su simulación del acto de habla nos atrapa en la ilusión de una «verdadera conversación», hoy que, según un reciente estudio, perdemos unas 300 palabras al día por la reducción de los intercambios orales. Muchas de ellas seguro reposan en los centros de datos de estas compañías.
Decía el psicoanalista Jacques Lacan que «el hábito ama al monje, porque así se funden» y forman Uno. La versión actual de esa fusión es nuestra comunión con la prótesis digital de la que nos cuesta una enormidad desprendernos. Nosotros vivimos —y le damos vida— envueltos con ella, de ahí que le supongamos fácilmente todo tipo de intenciones.
¿Esto significa que no debemos (pre)ocuparnos de los avatares de la IA? Por supuesto que sí, porque si bien la IA no goza, sus amos e implementadores sí lo hacen. Y no solo gozan, a veces también deliran poniendo en riesgo la vida misma. La amenaza de la IA no surge de la revuelta de los agentes —hacen lo que se les promptea— sino del sinsentido de aquellos que apuestan por el Tánatos —la destrucción— y de su ambición desmedida por la acumulación ilimitada.
