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Música

Festival B, un baile sobre las ruinas de las etiquetas
El Festival B celebra una nueva edición marcada por la convivencia entre nostalgia sin nostalgia, nuevos sonidos que vienen del pasado, géneros difusos y artistas que han hecho del margen un escenario principal.

Laura Casamitjana2 de octubre de 2026 - 07:32
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Guitarricadelafuente en el Festival B. Foto de Clara Orozco.

Hay festivales que funcionan como escaparate, pero el Festival B lo hace como oasis. El cartel, íntegramente basado en el panorama musical español, es un respiro para el público local ahogado entre brunches y rooftops con música house.

En una escena donde las etiquetas duran bastante menos que las canciones, encontramos una programación donde algunos artistas saltan del dormitorio de invitados a la suite, mientras otros recuperan sonidos que parecían caducados y vuelven convertidos en referencia. Propuestas íntimas conviven con pogos capitaneados por una generación que puede pasar del reguetón clásico al pop experimental sin percibir ni un atisbo de contradicción.

Quizá ahí esté una de las lecturas que nos deja esta edición: el tema no está en la desaparición de los géneros, está en la pérdida de su capacidad para ordenar identidades. Hace unos años, si eras un adolescente rockero, probablemente tu imagen también se construía en torno a la pertenencia a esa comunidad, y difícilmente te pondrías canciones de reguetón. Ahora no sería tan raro encontrar a alguien con una camiseta de los Rolling Stones en un concierto de Bad Bunny: escuchar una cosa ya no implica necesariamente dejar de escuchar la contraria. 

Ambiente del festival durante el concierto de Guitarricadelafuente. Foto de Clara Orozco

El Festival B es una muestra de ello. Un cartel para una generación que circula entre escenas y códigos con una naturalidad que habría resultado mucho menos evidente hace no tanto tiempo.

Tres momentos de una genealogía

Una de las imágenes más interesantes de esta edición no estuvo en un concierto concreto, sino en lo que ocurría al poner varios seguidos.

8belial, ladiferencia2006 y, finalmente, Yung Beef funcionaron como tres piezas de un mismo engranaje. Tres momentos de una genealogía reciente que habla de algo latente: de cómo el pasado inmediato empieza ya a convertirse en archivo, de la revalorización de códigos durante años despreciados y del proceso por el que aquello que nació en los márgenes acaba ocupando el escenario principal.

8belial apareció con un directo recién sacado de Jersey Shore. Palmeras sobre el escenario, veneración por la alta moda y una reivindicación de lo kani lejos de los estigmas. El público termina de construir el relato: chavales con gorras flotando entre las primeras filas, polos con logos imposibles y pantalones bastante por debajo de la cintura que caen más aún cuando suena YSL —Yves Saint Laurent, firma cuyo logo el artista lleva tatuado en el cuello—.

Concierto de 8belial. Foto de Álvaro Escudero.

El éxito de 8belial muestra una intuición en la que 2010 ya está lo suficientemente lejos como para considerarse vintage. En la década en la que estaba de moda, muchos de esos mismos códigos funcionaban como marcadores clasistas de «mal gusto»: el brillo, el exceso, la ostentación, determinada imagen sobre las masculinidades «de barrio» o aquel imaginario de discoteca y extrarradio. Ahora reaparecen resignificados y convertidos en material aspiracional.

Lo clásico siempre puede volver a sonar fresco

La velocidad con la que internet ha triturado las décadas tiene mucho que ver con que una estética marginal hace apenas quince años pueda regresar convertida en referencia antes incluso de haberla digerido. Los tiempos envejecen a un ritmo extraño, no tenemos casi tiempo de vivir algo antes de que empiece a circular como nostalgia remasterizada.

El pasado reciente envejece a la velocidad del scroll infinito y vuelve transformado antes incluso de que quienes lo vivieron hayan tenido tiempo de considerarlo antiguo.

Las redes comprimen esa distancia y eso que antes necesitaba décadas para convertirse en revival ahora puede completar el recorrido en unos pocos años: presente, decadencia, vergüenza y recuperación conviven casi en el mismo feed. 

El imaginario de principios de los 2000 reaparecen filtrados por una generación que, en muchos casos, apenas llegó a vivirlos en su primera encarnación.

Parte de esa misma ecuación es ladiferencia2006. El joven artista de L’Hospitalet lo dejó bastante claro en los visuales de su concierto: #2026 es el nuevo 2006. Razón no le falta. Su sonido regresa a unas raíces que durante un tiempo parecieron demodé: las del reguetón antiguo.

Resulta significativo que un artista que todavía no había nacido cuando Don Omar triunfaba y que era apenas un niño mientras Ñengo Flow asentaba buena parte de su sonido recupere ahora aquella latencia para manifestarla en unos códigos profundamente contemporáneos.

La palabra nostalgia además de ser poco precisa en este caso, se queda corta. Ladiferencia2006 no trabaja desde la añoranza de un tiempo pasado que fuera mejor. Parte de un repertorio reconocible —del reguetón de otra época, del barrio como imaginario, de una manera muy concreta de entender la actitud—, pero lo cruza con una visión artística muy aterrizada en el hoy —y seguramente el mañana—. No pretende regresar a 2006, lo usa como archivo vivo que interviene y con el que juega: lo clásico siempre puede volver a sonar fresco cuando deja de tratarse como reliquia.

Su propuesta se construye así entre una sólida base de referentes del pasado y una intuición bastante clara de hacia dónde puede ir el futuro.

Una parte de ese porvenir del panorama español pasará por el #sonidodelbarrio, y parte de esos referentes son ya el sonido del presente.

Cuando un joven Fernando Gálvez grabó hacia 2015 por los alrededores del MACBA el famoso videoclip de Beef Boy, era difícil imaginar hasta qué punto se estaba produciendo un golpe en el tablero. Una década después, Yung Beef —también Fernandito KitKat, el Seco y cualquiera de las múltiples identidades que ha ido acumulando— aparece como cabeza de cartel del Festival B, el festival de la ciudad que vio nacer y crecer su carrera artística.

Yung Beef. Foto de Álvaro Escudero.

Con su estética y presencia características, el granadino se hizo enorme sobre el escenario principal y volvió a demostrar hasta qué punto la frontera entre underground y mainstream hace tiempo que dejó de ser demasiado útil para explicar ciertas cosas. Trapero, crooner, cyberpunk, reguetonero. Un perro robot, una escenografía sacada de Akira, barrio y ciencia ficción, códigos callejeros y futurismo, comunión emocional con Ready pa Morir. Con Yung Beef las categorías siempre llegan un poco tarde.

Hay algo revelador más allá de que un artista surgido del margen pueda encabezar un festival, ese es un movimiento que lleva años estableciendose. Lo interesante es observar cómo ese margen, una vez instalado en el centro, empieza a generar su propia tradición.

En el escenario, Yung Beef —artista consagrado y padre de La Vendición, su propia discográfica— invita a subir al talento emergente y fichaje de su equipo, ladiferencia2006. La escena materializa casi literalmente una transmisión generacional en la que lo que hace una década era ruptura, empieza ahora a funcionar también como referencia.

Así convertían la propia cronología de la jornada en un relato. 8belial recupera una estética y un concepto artístico que parecía condenado al estigma hace apenas unos años, ladiferencia2006 transforma en lenguaje de futuro un sonido anterior incluso a su propia memoria, y Yung Beef encarna al artista que surgió desde el margen y que ya puede convertirse en modelo para quienes llegan detrás.

Planetas íntimos en universos dispersos

Otro relato muy distinto es el de artistas como pablopablo o Maria Arnal. Recuerdan uno de los debates eternos de cualquier festival: ¿funcionan igual estos conciertos en espacios atravesados por la dispersión?

Maria Arnal llegó con una propuesta y una imagen renovadas alrededor de Ama. Su concierto se construye con material poroso y un mundo muy personal. Tiene la capacidad de transmitir y generar un vínculo muy próximo con sus espectadores. Algo así como si entablara una conversación con todos y cada uno de ellos, no con una masa indistinta.

María Arnal. Foto de Mariam Jiménez.

Pero esa relación tiene interferencias, y puede que vengan dadas del mismo espacio. Ama propone casi un abrazo, algo envolvente, íntimo, una experiencia que necesita cierta disponibilidad por parte de quien la escucha. Pero un escenario de festival son más unos brazos extendidos que unos que te rodean para que apoyes la cabeza.

Desde las primeras filas ese universo resulta accesible. Poco más atrás, la propia dispersión del formato compite con él: conversaciones, desplazamientos, gente que llega, gente que se marcha hacia otro escenario, la música solapada por ruido y estímulos.

Surge una fricción entre dos formas de entender la atención. Una propuesta pide detenerse cuando el festival está diseñado para que siempre haya otra cosa ocurriendo a pocos metros. En una época acostumbrada a alternar pestañas y contenidos, también la escucha se vuelve fragmentaria.

Alguien que corría el mismo riesgo era guitarricadelafuente. Aunque el valenciano también parte de una propuesta alejada de los grandes beats que convierten un concierto en fiesta, el escenario principal lleno le acabó beneficiando. Con el impulso de La bola negra, el artista consiguió hacer pleno y sostener una energía colectiva sin alterar la naturaleza de su música.

El Festival B sirvió, en ese sentido, para confirmar la escala que ha alcanzado.

Guitarricadelafuente se ha convertido en uno de los referentes del momento sin necesidad de abandonar aquello que lo hizo reconocible, y el concierto dejó también la sensación de que todavía tiene margen para seguir expandiendo los límites de su carrera.

Conciertos solapados, los nuevos padres divorciados

La noche culminaba con otro tipo de conflicto: rusowsky o La Élite. Un derbi desigual entre dos conciertos que apenas comparten lenguaje y que, sin embargo, pueden compartir público.

En el escenario principal, rusowsky presentaba DAISY por última vez, cerrando una etapa después del enorme recorrido de los últimos meses y tras el éxito de Bby Wow junto a Karol G y Judeline. En otro espacio, La Élite proponía casi la imagen contraria: actitud punk, pogo y un suelo que temblaba bajo los saltos del público.

El festival durante el concierto de rusowsky. Foto de Álvaro Escudero.

«Qui s’hagi dutxat avui, que vagi a rusowsky», gritaban entre risas los de Tàrrega, conscientes de los formatos tan diferentes que se estaban dando a la vez.

La coincidencia convirtió la recta final del festival en una negociación parecida a la custodia de unos padres divorciados. Estaban quienes habían tomado partido desde el principio y estaban los salomónicos: medio concierto de cada uno y carrera entre escenarios.

Esa circulación es la que mejor explica el Festival B. Un público capaz de pasar del universo de Maria Arnal al pogo de La Élite, del reguetón arqueológico de ladiferencia2006 al pop mutante de rusowsky o al trap roto de Yung Beef sin sentir que está cruzando mundos incompatibles.

Las diferencias siguen ahí y los géneros no han desaparecido como tal. Lo interesante del recorrido es que se ha debilitado es la obligación de construir una identidad alrededor de uno solo.

Hubo un tiempo en que pertenecer a una escena musical implicaba también marcar distancia respecto a las demás. Tribus con fronteras en las que para formar parte, tenías que renunciar al resto.

El público del Festival B parece relacionarse con ellas de otra manera. Puede entrar y salir, apropiarse de códigos distintos, reconocer genealogías aparentemente contradictorias y hacerlas convivir en una misma noche.

Festival B
Laura Casamitjana
Laura Casamitjana

Periodista

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