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Barcelonas

Arte, ruina y amnesia con vistas a Vallcarca (y II)
En este amplio rincón de Vallcarca se simboliza lo que es la ciudad en disputa entre una clase política empecinada en actuar sin consultar y sectores poblacionales dispuestos a defender la pluralidad identitaria de los barrios.

Jordi Corominas i Julián14 de octubre de 2026 - 07:31
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El núcleo antiguo de Vallcarca. Foto de Jordi Coromina

El otro día escribía en estas páginas sobre la desmemoria para con el pasado en otro artículo más de una serie que podría ser eterna dada la tendencia barcelonesa a cultivar lo amnésico como don supremo, en especial si concierne a lo pretérito. Ello, pese a todo, no es sólo monopolio de las autoridades, que aplican el olvido de manera más cínica para poder culminar sus planes, como ocurre en Vallcarca, llena de Historia y sin conciencia pública de la misma para facilitar su barrido y reconstrucción desde la postal, por supuesto sostenible para concretar renders que no desea el vecindario.

Este parece haber despertado en los últimos tiempos sobre la casa del carrer Bolívar 36, conocida como la de los perros y presente en mis artículos de Catalunya Plural como mínimo desde 2017, cuando un misterioso pleno municipal aprobó tender una rambla verde que se cargaría esa vía secundaria, toda salvo la casa Comas d’Argemir, de Vilaseca Casanovas y uno de los ejemplos más curiosos de modernismo en cuesta, con una coronación carnavalesca más que notable, vistosa y hasta imitada en un terreno similar, cuando empieza el carrer de Tenerife en Can Baró, tras la plaça de la Font Castellana. 

Vista del carrer Bolívar. Foto de Jordi Coromina

Estas semanas los socialistas se han ganado más si cabe la animadversión de determinadas asociaciones de Vallcarca, indignadas por cómo venden la moto de lo verde mientras especulan con el barrio, una tradición difícil de salvar a causa de todas las hectáreas adquiridas en el pasado por Núñez y Navarro. Pese a ello, el consistorio de Jaume Collboni ha optado por una táctica muy agresiva que en absoluto es novedosa, pues los anteriores ayuntamientos ya pretendieron arrasar tanto el carrer de Bolívar como el núcleo junto al metro, protegido con uñas y dientes por algunos que no despiertan unanimidad en sus simpatías pese a su labor protectora de inmuebles que podrían restaurarse, manteniéndose como viviendas o transformándose en equipamientos.

Murales en el núcleo antiguo de Vallcarca. Foto de Jordi Coromina

En ese sector hubo un campamento barraquista que tardó mucho en ser desahuciado, ocupándose más tarde con New Jerseys para impedir una repoblación. Al lado las calles de Cambrils, Argentera, Farigola y Calendau han desarrollado un hábitat propio, amenazado con desalojos y derribos para propiciar el parque central de Vallcarca, que no tiene intención alguna de conservar esos elementos pretéritos, en la actualidad aderezados con huertos fuera de la ley y por lo tanto pocos gratos a las autoridades, que incluso en la época de Colau preferían deshacerse de estas iniciativas privadas para llevar a cabo las suyas propias, con un ejemplo arquetípico en el torrent de Lligalbé del Baix Guinardó, en principio renaturalizado de cara a las elecciones de 2027, eso sí, sin respetar nada que recordara a sus orígenes.

Lo mismo ocurrirá con este núcleo antiguo de Vallcarca, el cual, visto desde el aire, es con toda claridad un barrio en su estructura, una unidad urbanística a liquidar mediante una táctica bien conocida por los que nos dedicamos a esto. Consiste en lo siguiente: dejar que un edificio o entorno vaya pudriéndose para luego intervenir en el mismo y así enterrarlo para siempre.

En este amplio rincón de Vallcarca se simboliza lo que es la ciudad en disputa entre una clase política empecinada en actuar sin consultar ni aceptar matices y sectores poblacionales aún no lobotomizados y dispuestos a defender la pluralidad identitaria de los barrios.

Volvamos al carrer Bolívar. Mientras escribo estas líneas todo está dispuesto para, al fin, desplegar la piqueta en su tramo entre Ballester y Agramunt. Así, pese a las quejas decenales, se esfumarán de nuestra vista fincas de 1790 y otros modelos residenciales no tan significativos que darán paso a un depósito pluvial dentro de la futura rambla con seis mil metros de verde.

La casa de los perros del carrer Bolívar. Foto de Jordi Coromina

¿Y la casa de los perros? Antes de retomar la cuestión permítanme un inciso que sonará raro, pero es imperativo dada la tónica de tantos años. Antes he comentado el tratamiento que servidor ha dado a esta villa desde hace casi una década. En general, asociaciones y periodistas no lo tienen en cuenta haciéndose los suecos mientras hablan del tema o roban información. A diferencia de ellos, me gusta citar a quien aporta, como Antón Rosa, quien en un artículo aparecido a finales de septiembre contribuyó a la investigación sobre la edificación con datos muy notables, entre ellos la posibilidad que perteneciera a un cerrajero de Sants, Joan Martí Nogués, quien es posible que trasladara el negocio y la vivienda a este enclave, tal como puede apreciarse por un anexo posterior a la fachada.

Rosa también habló con el viejo propietario, a quien en 2002 dijeron que no tenía sentido realizar ninguna remodelación, pues el destino de esas cuatro paredes era la nada, morir. Cuando, antes de la pandemia, tuvo la gentileza de abrirme la puerta y conversar conmigo y un grupo de alumnos de paseos pronunció palabras más o menos idénticas. Al cabo de pocos días fui al catastro y vi que carecía de datos sobre Bolívar 36 porque estaba sentenciada y tampoco se salvó, esto si es bestial, con el plan de protección patrimonial del Distrito de Gràcia emprendido tras el canto del cisne que fueron las protestas por las villitas de Encarnació y la encina bicentenaria.

¿Se debió a un descuido? Podrían ser varios los motivos. Uno el no considerar a Vallcarca y toda su riqueza, privilegiándose el grueso de Gràcia. La segunda opción estribaría en la más pura ignorancia, que se activa con el tercer punto, la aparición de influencers de redes sociales que sí tienen impacto para comunicar desgracias pese a carecer, en general, de conocimientos profundos. Los que sí hemos trabajado para tenerlos entre caminar quilómetros y estudiar fuentes somos voces que clamamos en un desierto y, por eso, en muchas ocasiones se llega tarde para evitar el mal de toparte con un solar donde antes había belleza.

Por hablar, hasta lo hice sobre la casa de los perros con Janet Sanz cuando ella era teniente de alcalde de Barcelona en Comú. Ella, muy inteligente, se sacó de la manga una propuesta que aún podría plantearse, pues por ahora la prioridad es arrasar con lo comprendido entre Ballester y Agramunt.

Su solución consistía en dejar la finca y seguir con la rambla verde, con el inmueble en medio, algo de una poesía sutil y un gesto de atención democrática bien distinto a lo que encontramos en este presente de políticos que ni leen ni escuchan. De hecho, que sean las asociaciones ciudadanas las encargadas de advertir muestra un grave déficit democrático, confirmado por cómo la oposición no ha movido un dedo en un asunto que podría darle réditos y confianzas en un barrio muy quemado. Tampoco nos extraña. El patrimonio no es atractivo para los concejales, muy adaptados a ser representantes de BCN sin pisar Barcelona, un problema a revertir si por casualidad algún elegido en las urnas apuesta por la política y erradicar tantas sobredosis de cinismo.

modernismo Vallcarca
Jordi Corominas i Julián
Jordi Corominas i Julián

Ciutadà europeu i escriptor. El meu últim llibre és La ciutat violenta.

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