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Barcelonas

Arte, ruina y amnesia con vistas a Vallcarca (I)
Huellas borradas y presentes del paso de las vanguardias por Barcelona.

Jordi Corominas i Julián12 de octubre de 2026 - 07:30
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Retrat de Ocaña en Vallcarca. Foto de Jordi Corominas

«Total, por dos polvos que pegó.» Eso declaró Oriol Bohigas a principios de los años ochenta, cuando se reformó la plaça de la Mercè, en cierto sentido punta de lanza de los cambios urbanísticos barceloneses con la llegada de los Ayuntamientos democráticos.

La frase se refería a Pablo Ruiz Picasso y al número 3 del carrer de la Mercè, inexistente desde esos derribos. Esa vivienda fue la principal del pintor malagueño en Barcelona, ciudad a la que regresó por última vez en 1917 para presentar el Ballet Parade en el Liceu, vivir su incipiente amor con Olga Khokhlova y quizá observar con relativa atención toda la conflictividad social del momento.

1917 fue el año de las tres grandes crisis españolas tras el fin de la bonanza debida a la neutralidad durante la Primera Guerra Mundial. Esta posición supuso grandes beneficios para los empresarios, enriquecidos entre el textil y los alimentos, no así los trabajadores, más que nunca esclavos a sueldo. Sin embargo, los primeros en rebelarse durante esos doce meses fueron los militares y tras ellos la clase política convocó la asamblea de Parlamentarios en la Ciutadella, penúltimo paso hacia una improbable revolución, fracasada por completo una vez se reprimió la huelga general de agosto.

Para Picasso las energías aún estaban en otro lugar. Desde 1914 muchos artistas habían abandonado París para instalarse en la capital catalana. Pese a ciertas exposiciones sobre su presencia, la memoria de su paso es más bien escasa, hasta el punto que se ignora donde se alojaron durante ese periodo Robert y Sonia Delaunay, así como Marie Laurencin, notable pintora conocida, para un grueso de la historiografía sobre las vanguardias, por ser una de las parejas de Guillaume Apollinaire.

En cambio, si conocemos donde resideron Olga Sacharoff, su esposo Otho Lloyd y Francis Picabia, indudable artífice de modernidad que durante ese extraño intervalo se alió con el galerista Josep Dalmau para publicar la revista 391, continuadora de la 291 creada en Nueva York por Alfred Stieglitz.

Las galerías Dalmau aún esperan una placa que las recuerde en el número 18 de Portaferrissa, donde permanecieron entre 1910 y 1923 tras superar su estallido fundacional en el 10 del carrer del Pi. Nada las recuerda, como ocurre con otros centros decisivos de la cultura barcelonesa, olvidados por una desidia municipal, mezcla, como siempre, de vagancia política e ignorancia profunda con el pasado, sea este remoto o reciente, pues quien atiende homenajes más allá de la postal es Ocaña, quien expuso en la galería Mec Mec, sita en los setenta en el 31 del carrer Assaonadors y capital para comprender ese período.

Al fondo República Argentina, en la casa de la derecha vivió Francis Picabia. Foto de Jordi Corominas

Pero la desmemoria es un clásico de la protagonista de estas páginas. Al menos, desde 2022, Francis Picabia tiene una placa en el 28 de República Argentina, esa arteria de una Vallcarca que grita para ser escuchada mientras sólo recibe silencio por parte del Ayuntamiento de Jaume Collboni.

Este barrio, que sólo pertenece a Gràcia por la arbitraria división en distritos formulada en 1984, tiene una larga Historia ninguneada para facilitar mejor su demolición. Lo podemos observar en fotos antiguas y también mediante nuestros amados paseos. Uno de mis núcleos de predilección es el del passatge Isabel al juntar en sus aledaños una serie de construcciones de gran relevancia. Mi favorita es Villa Esperanza de Andreu Audet, pues aúna excepcionalidades al ser un claro ejemplo de protomodernismo y sintetizar ese instante en que este valle angosto devino un ideal para respirar buenos aires lejos del centro condal.

Detalle de Villa Esperanza en el passatge Isabel. Foto de Jordi Corominas

Quién podría afirmarlo desde su condición de pionero sería Rubén Darío, dichoso por ir más allá de Vallcarca hasta acariciar el cielo hacia mayo de 1914, cuando se instaló junto a su amada Francisca en el carrer de Ticià, metros inexistentes para la mayoría, que suele asociar al nicaragüense más bien con Madrid, pero es normal, porque aquí la preocupación por las casas de escritores es escasa, a diferencia de otros lugares del Viejo Mundo, donde se miman y se cuidan.

El carrer Ticià, donde vivió Rubén Darío. Foto: Jordi Corominas

Sin ir más lejos, para volver a Vallcarca, empeñada en querer llamar la atención, nada indica el paso de Olga Sacharoff y Otho Lloyd por el carrer dels Albigesos, una de esas cuestas endemoniadas del barrio. Es fantástico imaginar a la pareja en esa ubicación allá por 1916 y más allá junto a otros exiliados ilustres como el cubista Albert Gleizes y, sobre todo Arthur Cravan, hermano menor de Otho Lloyd e ídolo del postureo cultureta a principios de nuestro siglo, cuando La Central, que ahora cumple treinta años y desde aquí la felicitamos, lucía en su sede del carrer de Mallorca el cartel del combate del 23 de abril de 1916 en la poco antes inaugurada plaza de toros Monumental, otra víctima de una amnesia deliberada.

Ese duelo de púgiles fue una farsa y uno de los primeros eventos dadaístas fuera del Cabaret Voltaire de Zúrich. La prensa picó, los boxeadores se embolsaron buenos dineros y en 2002 Isaki Lacuesta empezó a ganarse su fama de alternativo, siempre desde el amparo institucional, con un documental sobre el personaje, desaparecido en las aguas del Golfo de México tras su periplo barcelonés.

Picasso se fue y no regresó. Bohigas se cargó su domicilio sin respeto alguno por la trascendencia del mismo para la Historia del Arte. Tampoco era nada extraño en el arquitecto Dios, gran conocedor del patrimonio, pero más entusiasta en tejer su propia cuadrícula sin piedad alguna entre el ego y la necesidad de refundación. Otros, sin llegarle a la suela de los zapatos, siguen su camino tanto con los hitos que fomentaron una Cultura internacional, quizá por eso Picabia dijo aquello de Il n’est pas donné a totut le monde d’aller a Barcelona, como con antiguos recintos de la lidia con valor arquitectónico y sin uso presente. 

Un oso de peluche en el carrer Farigola de Vallcarca. Foto: Jordi Corominas

La guinda a todo este pastel sería el Palau de les Belles Arts, exterminado por razones ideológicas y de aprovechamiento de sus hierros en 1940 por el Franquismo del alcalde Mateu, anda, curiosa redundancia, els dels ferros. En 1917 acogió la Exposición de Arte Francés con más de mil cuatrocientas piezas. Su inauguración se debió a la Exposición de 1888, acogió el nacimiento de la CNT en 1910 y contempló muchas controversias de cariz político antes de convertirse en los juzgados franquistas. El solar de hoy en día es la metáfora de nuestra ruina del pasado, ampliada en Vallcarca vendiéndola verde mientras la piqueta procederá en breve a arrasar sus cimientos.

Oriol Bohigas Picasso Vallcarca
Jordi Corominas i Julián
Jordi Corominas i Julián

Ciutadà europeu i escriptor. El meu últim llibre és La ciutat violenta.

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