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Barcelonas

Acampadas ibéricas y el futuro de la izquierda: el caso de Lisboa
Un viaje a las protestas por la vivienda en el corazón de la capital portuguesa.

Jordi Corominas i Julián5 de noviembre de 2026 - 07:35
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Murales del Rossio y carteles de las protestas per la vivienda.

Esta historia empieza a gestarse el lunes 26 de octubre en el Rossio lisboeta, la plaza más emblemática de la capital portuguesa, y aún no sé si terminará en algún instante de este siglo.

El lector sabrá que, desde hace algunas semanas, se producen a lo largo y ancho de Europa protestas de todo tipo. Algunas son por la vivienda, caso de las ibéricas y pocas, sin tanto eco, en Italia, y otras se centran en el aumento del coste de la vida, por no mencionar las acciones bárbaras que sólo benefician a la extrema derecha y asustan a cualquiera con dos dedos de frente tanto por su violencia como por surgir sin, a priori, ninguna ideología entre sus perpetradores.

Ese lunes a mediodía llego al meollo de las concentraciones lusas y llevo conmigo un bagaje curioso que me devolverá a Barcelona al cabo de pocas horas. Cuando salí de mi ciudad pude observar el crecimiento de las tiendas en plaça Catalunya, vallada para impedir el acceso de curiosos a la protesta. Decía Josep Pla que este centro urbano sobresale entre los del Viejo Mundo por carecer de cualquier edificio emblemático que sirva de referencia. El moralista catalán aún no conocía El Corte Inglés y tampoco podía sospechar la hegemonía de palomas y turistas, fenómenos que ratificaron la verdad de su argumentación.

Quizá por esa ausencia de carisma entre la ciudadanía nadie se escandaliza ante la vandalización de su patrimonio, el mismo que Jaume Collboni quiere homenajear con motivo del centenario de la Exposición de 1929; pero perdón, el alcalde reivindica la conquista de Montjuic y quizá, como la mayoría de los habitantes que gobierna, desconoce el museo al aire libre de plaça de Catalunya, conexión entre lo viejo y lo nuevo, entre la Barcelona de las murallas y la del Eixample.

Pancartas en la columna de Pedro IV, Lisboa. Foto de Jordi Corominas.
Pancartas en la columna de Pedro IV, Lisboa. Foto de Jordi Corominas.

En Lisboa los manifestantes habían pintarrajeado lemas en la columna de Pedro IV, término medio del Rossio, base de sus operaciones y pasquín de pancartas mientras reina la luz solar, pues las concentraciones transcurren de noche.

Asistí a las del fin de semana para ver si había algo distinto en nuestro país vecino, tan menospreciado desde España, cuando en muchos aspectos nos pasa la mano por la cara sin que nos demos cuenta. Las proclamas eran banales y buscaban el «me gusta» oral. Esto alcanzó su paroxismo cuando el sábado tomó el megáfono un joven argentino entusiasmado por mencionar la protección de Dios ante los aplausos del respetable, ataviado con pañuelos palestinos, con algunos excitados por ondear banderas comunistas mientras grupos de universitarios se sacaban selfis para inmortalizar el momento en sus redes sociales.


Protestas en el Rossio el domingo 25 de octubre. Foto de Jordi Corominas.

Protestas en el Rossio el domingo 25 de octubre. Foto de Jordi Corominas.

No eran más de trescientas personas. Poco después, hacia las diez de la noche, la policía cargó. Al día siguiente desperté con la noticia mientras tomaba un café y un croissant en un bar de trabajadores, de los pocos supervivientes en el barrio Alto, donde, como en Alfama, choca el discurso de reivindicar más barrio y menos turismo cuando casi todo el pescado está vendido a los visitantes entre el alquiler vacacional y el automatismo de renunciar a usar la propia lengua incluso cuando te esfuerzas por usarla.

En fin. Los locutores de la caja tonta glosaban lo ocurrido mientras se repetían imágenes de jóvenes aporreados por las fuerzas del orden, acusadas de excederse en sus funciones, lo que era cierto, pues los implicados en la supuesta Revolución eran cuatro gatos más bien inofensivos.

Las cargas sucedieron también en Oporto. El domingo fue tranquilo y en la plaza, donde duermen muchos indigentes, la concurrencia pareció venirse arriba. Jugar a la revolución es algo precioso cuando no llegas a los treinta años y has nacido en la era que ha desterrado lo colectivo para transformar a los ciudadanos en consumidores.

Una persona sin hogar duerme junto a las pancartas en el Rossio, Lisboa. Foto de Jordi Corominas.
Una persona sin hogar duerme junto a las pancartas en el Rossio, Lisboa. Foto de Jordi Corominas.

La prueba de fuego, mi oportunidad de calibrar el nivel de este entramado, acaeció donde comienza este artículo. La base de la columna era pura paz de mármol y sol. Las pancartas la metamorfoseaban en un muro de las lamentaciones y un espacio de lectura para los paseantes.

Si dejas en lugares públicas carteles contrarios a lo establecido significa que estás bien seguro de lo afirmado en ellos. Todos los lemas, al menos desde 2011, suenan a 1968, que es un mito cultural de Occidente, cuando, como dijo Pier Paolo Pasolini, fue una guerra civil entre burgueses.

El Rossio y plaça de Catalunya coinciden en lo naif de los letreros, en ningunear lo patrimonial y en servir como dormitorio de los sin techo en el eje fundamental de sus ciudades. Los escritos portugueses tenían dos caras. La primera encaja dentro de la previsibilidad de cifras veraces sobre el horror de unos sueldos inútiles para poder vivir con dignidad entre cuatro paredes, siempre in crescendo en sus disparatados precios. La segunda tiene un doble valor. El más obvio es performativo, pues la redacción de determinados términos tiene un olor que quiere ser transgresor, sin serlo a causa de la influencia de las redes sociales, donde un gran número de usuarios siente un ardor guerrero muy intenso desde su sofá. 

En cambio, lo más interesante fue una decepción. Hablo de tener esperanza en el futuro porque son los más jóvenes los que quieren cambiar el mundo y erigirse como un cogollo desde donde partir hacia el mañana. El uso de la palabra Pueblo, decimonónica y, valga la redundancia, populista, es pesadillesca, entre otras cosas por estar vacía de significado real. Ocurre lo mismo con una frase tan manida como la que apunta a que el reloj se ha retrasado de nuevo hacia 1974, comparándose la Democracia lusa con la Dictadura nacida con Salazar y culminada con Caetano. Falta mucha pedagogía para que los que crecieron con posibilidad de votar comprendan el privilegio que supone. Una opción sería dialogar con ellos y ejecutar políticas donde el mercado no tuviera la hegemonía, redistribuyéndose de verdad la riqueza.

Con certeza es una tienda portuguesa.
Con certeza es una tienda portuguesa. Foto de Jordi Corominas.

Ahora bien, si le preguntas a los implicados sobre estas cuestiones se harán los suecos, tanto los no acampados, —pues en Lisboa el mecanismo es más bien francés a lo Nuit Debout— como los políticos.

En una esquina lucía aquello de «Estamos en el lado correcto de la Historia». Lo maniqueo se ha impuesto y el progresismo de los últimos treinta años ha caído en la trampa. Los procesos que se cocinan a lo largo de los siglos no son correctos o incorrectos. Es comprensible querer justicia social, pero esta no conlleva tener superioridad moral, que es la versión previa a lo del lado correcto, ni ninguna sandez por el estilo. Una vivienda justa, una sanidad pública y una educación para forjar ciudadanía son elementos de bien común, que debería pertenecer a izquierdas y derechas. No aceptarlo es facilitar la tarea al adversario, que sí, lo es porque maneja con gusto la polarización, pero si deseamos virar el panorama debemos hablar de integrar, no de vanaglorias más bien ingenuas. Todo lo demás es absurdo y, por desgracia, un infantilismo cuyo menor mal son letras plasmadas en un fondo blanco con rotulador.

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Lisboa protestas vivienda
Jordi Corominas i Julián
Jordi Corominas i Julián

Ciutadà europeu i escriptor. El meu últim llibre és La ciutat violenta.

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