Vivimos un tiempo de emergencias en el que faltan respuestas fiables y proliferan las consignas de odio. Una emergencia es el despertar de un real que se nos impone bruscamente. Quizás ya sabíamos o intuíamos algo, pero hay un acontecimiento que nos despierta de golpe y para el cual tenemos pocas explicaciones y mucha incertidumbre. Como una muerte imprevista, una ruptura traumática, un accidente grave o el desahucio de una anciana. Lo Real, para Lacan, es aquello que nos conmociona y no podemos entender, de entrada, con palabras porque desborda el marco y el mapa de nuestro saber consciente.
¿Qué ocurrirá con el trabajo cuando la inteligencia artificial transforme buena parte de las tareas que hoy conocemos? ¿Cómo abordar los movimientos migratorios? ¿Cómo garantizar el acceso a la vivienda? ¿Cómo responder a fenómenos climáticos cada vez más extremos? y ¿Qué hacer con las nuevas formas de odio y polarización que atraviesan nuestras sociedades?
Una emergencia no tiene respuestas simples. Por eso genera angustia y desorientación. Algunos caen en la tentación de delegar su pensamiento y su responsabilidad en líderes, en expertos o incluso en el algoritmo que prometen una salida rápida a cambio de su voto o su dinero. Prefieren volver así a su sueño, ignorando que lo real de esa pesadilla no cesa y retorna siempre de múltiples formas.
Una emergencia no tiene respuestas simples. Por eso genera angustia y desorientación
¿Despertar de esta forma traumática —parece que no hay otra manera de salir del confort del sueño— nos llevará a nuevas maneras de hacer o insistiremos en la repetición y la nostalgia de lo que ya no funciona en este siglo de sacudidas? Las acampadas y las protestas por la vivienda son un síntoma que convoca un malestar generalizado al que los partidos no han sabido responder. El riesgo es que esa indignación no encuentre las buenas propuestas para orientarse y que quienes creían tener las soluciones, y han fallado, no despierten también.
En una emergencia el coraje es necesario, pero también la inteligencia colectiva, lo que podemos denominar como Inteligencia en Red (IR) que, a diferencia de la IA, confía en nuestra propia capacidad de inventar salidas y no las delega en un artificio. La IR, presente en muchas fórmulas cooperativas (movimientos asociativos, plataformas de trabajo en red, grupos de investigación…) tiene algunas condiciones: el saber que produce no viene de un experto ni de un líder carismático, es siempre el resultado de una elaboración colectiva.
En una emergencia el coraje es necesario, pero también la inteligencia colectiva, lo que podemos denominar como Inteligencia en Red
Esa elaboración requiere la presencia, la conversación cara a cara, la regularidad de los encuentros. Pero, sobre todo, requiere aceptar que en el centro de cualquier debate sobre estas crisis anida un interrogante, un no saber que debemos bordear juntos sin apriorismos, pensando y haciendo mientras inventamos otras respuestas.
El mundo en el que vivimos es una disrupción frente al pasado y tenemos derecho a un cierto optimismo, pero nos conviene estar advertidos de ese no saber, como punto de partida, para no volver —como proponen los acríticos entusiastas de la IA— a la lógica del TODO programable. Asumir la incertidumbre, estructural, no nos reduce a la impotencia. Al contrario, saber algo de lo imposible es la condición de lo posible, porque el algoritmo no lo sabe (ni puede) todo y especialmente aquello que nos corresponde decidir a los humanos.
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