El 23 de octubre de 2025 falleció el denominado, en parte por pereza, gran cronista de Barcelona. Lo digo tan a las claras desde un punto de vista que quiero esgrimir antes de analizar su testamento literario en forma de libro acabado de publicar por la Editorial Destino.
Lluís Permanyer fue un cronista del Eixample al que importaba poco o nada el resto de la ciudad. Ello puede verse en sus miles de artículos para La Vanguardia, algunos de ellos con expresiones impublicables en la actualidad sobre los barrios de los márgenes, asimismo detectables en libros tan notables como La Barcelona lletja, donde tuvo el valor de definir ciertas arquitecturas del Guinardó como sudanesas.
Esto, dirán sus partidarios, es propio de su humor. No seré yo quien lo niegue, pues al fin y al cabo es una forma de ver el mundo desde el deje clasista del Eixample. De hecho, mis encuentros con Permanyer se produjeron siempre en ese territorio, el primero de ellos cuando servidor era un crío y él se dejaba dar brillo a los zapatos en un establecimiento quien sabe cuándo desaparecido de una esquina de rambla de Catalunya.

Hay, en esencia, dos modelos de estudio de Barcelona. Uno es el de Permanyer, enfocado en el centro urbano, vinculado con el Poder y con un espíritu crítico embebido del espíritu de su clase social. Su forma de documentarse es solvente, pero camina poco y jamás supera determinadas fronteras, lo que puede contener el riesgo de unos análisis con demasiados prejuicios, si bien alcanza cotas magistrales y muy valiosas para su pasión para con el Eixample. Por eso mismo su Per Barcelona acierta tanto en la loa hacia Ildefons Cerdà y la urgencia de homenajear al ingeniero que refundó la urbe condal tras el derribo de las murallas, bien sea con un monumento, bien con ingentes dosis de mi amada pedagogía urbana.
A veces, aunque no tantas, me sirvo un poco de su receta, pero mi escuela es la de Huertas Clavería y Fabre, ampliada desde el modo de enfocar las investigaciones y la deriva de nuestros tiempos. Es una vergüenza que no se haya reeditado el conjunto de Tots els barris de Barcelona, esos imprescindibles siete volúmenes que desmenuzan todas las deficiencias de la dictadura y las urgencias a realizar ante la inminencia de la Democracia.

La visión general de estos dos periodistas se nutre de paseos y preguntas, lo normal, pues gastar suela conduce a sentir curiosidad que, en general, sólo puede resolverse con cuestiones y respuestas. En mi caso sigo su lección, llevándola algo más lejos porque he sentido la necesidad de escribir la Historia de los barrios para que sus edificios, calles, torrentes y circunstancias tengan mayor identidad al comprender cómo el patrimonio funde tiempos históricos, además de ser una puerta para potenciar la pluralidad federal barcelonesa.
La visión general de estos dos periodistas se nutre de paseos y preguntas, lo normal, pues gastar suela conduce a sentir curiosidad que, en general, sólo puede resolverse con cuestiones y respuestas
Hace poco, durante un paseo con alumnos, les comenté un miedo futuro tras leer el Per Barcelona de Permanyer. En este siglo camino mucho, redacto un sinfín de conclusiones y en ocasiones me escuchan, mientras en otras tesituras prefieren ignorarme o silenciarme. Es muy tentador ponerme medallas, pero la mayor felicidad es ver que algunas de mis piezas de periodismo ciudadano han servido para cambiar detalles y mejorar la vida de la ciudadanía en los barrios. Por lo tanto, y eso es lo fundamental, de nada sirve gritar el yo, pues al fin y al cabo este debe supeditarse al bien común.
Desde el municipalismo, desde las herramientas óptimas para cada uno, debe trabajarse para el colectivo, por eso sus posibilidades son sensacionales para el progresismo del siglo XXI, como bien me contó en una entrevista Josep Fontana.
La egolatría no sirve de nada. Pese a ello, Lluís Permanyer, de quien lamenté tanto silencio tras su deceso, nos ofrece un último brindis transformado en Batman. Antes de leer Per Barcelona esperaba una bomba de relojería al escuchar unas declaraciones sensacionalistas, según las cuales esta obra se publica en octubre de 2026 al contener durísimas declaraciones contra algunas personalidades.
En esencia las críticas se centran en Ada Colau, con alguna bravuconada útil desde lo histórico contra Convergència en Barcelona por sus invenciones denigratorias para con Pasqual Maragall, tildado, entre otras lindezas de borracho.
La alcaldesa, según el autor la peor de la Historia, algo comprensible al ser la única de la misma, lo hacía todo mal, pero tampoco es nada sorprendente. Colau puede caer bien o mal, pero nadie la mira desde el largo plazo. En 2023 perdió porque su partido no trabajó para los barrios y la marca, en cambio, cosechó un espectacular 25% en el Eixample de Permanyer.
Para el cronista, la lideresa era nefasta, pero tampoco nos desgrana en absoluto los motivos de tanta inquina, a mi parecer propia del establishment, que sigue rechazándola por ser mujer, de izquierdas, nacida en un barrio de clase media como el Guinardó y, por lo tanto, sin el pedigrí para figurar en tan insigne club de la burguesía de mandamases.

Ella, a diferencia de Permanyer, no tenía capacidad alguna para entender Barcelona. Él, superlativo, y así nos lo cuenta en este extraño homenaje que él mismo se montó, podía escribir una nota y todos los males se solucionaban en un abrir y cerrar de ojos, tanto que da la sensación que perdimos a un enorme alcalde, de excepcional clarividencia al ver siempre con antelación cualquier defecto, eso sí, sólo en el centro urbano, excepto cuando denunció, por supuesto antes que nadie, la placa dedicada al hermano de Franco en el barrio de Plus Ultra.

Permanyer odiaba el tranvía. Aquí lo recalca en un suelto que desenmascara un problema. Sus crónicas son documentos preciosos para completar el inmenso rompecabezas del Eixample y por eso las leeremos dentro de cincuenta años. Sus últimos reproches son los de un señor de Barcelona de otra época, sin energía para comprender cómo el tranvía no es para nada del siglo XIX, sino un bien preciado para nuestros decenios desde múltiples premisas que, desde la sostenibilidad y otras velocidades, podrían conectar muchos enclaves mediante una Modernidad perentoria que sirva para el bien común, que jamás lleva nombres ni apellidos, sólo la belleza del nosotros.
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