El martes 14 de mayo de 2013, la actriz estadounidense Angelina Jolie, de treinta y siete años en ese momento, publicó un artículo de opinión en el periódico The New York Times titulado My Medical Choice ([Mi elección médica]) en el que reveló haberse sometido a una doble mastectomía preventiva tras descubrir que era portadora de una mutación en el gen BRCA1, la cual elevaba drásticamente sus probabilidades de desarrollar cáncer de mama y ovario. En concreto, su equipo médico estimó que tenía un 87 % de riesgo de padecer cáncer de mama y un 50 % de riesgo de padecer cáncer de ovario, aunque el porcentaje es diferente en el caso de cada mujer.
Esta declaración pública llegó poco más de tres meses después de someterse a la primera intervención, que evitaba un mayor riesgo y requería una cirugía más compleja. Su testimonio marcó un hito en la comunicación sobre la salud femenina, visibilizando una intervención quirúrgica a menudo silenciada y reduciendo el estigma asociado a la extirpación de los senos. Al compartir su experiencia de forma abierta, Jolie no solo fomentó un debate global sobre la medicina preventiva, sino que empoderó a miles de mujeres para que se informaran sobre sus propios antecedentes familiares y buscaran asesoramiento genético de manera proactiva. Este impacto sostenido en la concienciación sobre el riesgo genético y la salud pública fue rápidamente bautizado como «el efecto Angelina» (The Angelina Effect, en inglés), cuando una foto de la actriz aparecía tras dicho lema en la portada del volumen 181, número 20 de la revista TIME, correspondiente a la edición del 27 de mayo de 2013.

El artículo comenzaba con un testimonio sincero y conmovedor de la actriz: «Mi madre luchó contra el cáncer durante casi una década y falleció a los 56 años. Vivió lo suficiente para conocer a su primer nieto y tenerlo en brazos. Pero mis otros hijos jamás tendrán la oportunidad de conocerla y experimentar lo cariñosa y bondadosa que era». El impacto real del testimonio de Jolie ha sido validado empíricamente por la comunidad médica y científica a lo largo de los últimos años. Un estudio publicado en la revista académica Breast Cancer Research and Treatment en 2018, titulado Risk-reducing mastectomy rates in the US: a closer examination of the Angelina Jolie effect [Tasas de mastectomía reductora de riesgo en EE. UU.: un examen más detallado del efecto Angelina Jolie], concluyó que el anuncio de la actriz generó un aumento significativo y sostenido a largo plazo tanto en la demanda de pruebas genéticas como en las tasas de mastectomías preventivas entre mujeres con alto riesgo.
La comunidad científica adoptó y formalizó la expresión a través del primer estudio epidemiológico a gran escala que midió el impacto del anuncio, cuyos resultados se pueden consultar en el artículo The Angelina Jolie effect: how high celebrity profile can have a major impact on provision of cancer related services ([El efecto Angelina Jolie: cómo la gran repercusión mediática de una celebridad puede influir de manera importante en la prestación de servicios relacionados con el cáncer], 2014). Los investigadores demostraron estadísticamente que las referencias de pacientes a servicios de genética y pruebas del gen BRCA en el Reino Unido y otros países se duplicaron (y en algunos casos se triplicaron) en los meses posteriores a la publicación del artículo. Se demostró también que el aumento de consultas no fue simplemente un pánico injustificado, sino que las mujeres que acudían a realizarse las pruebas presentaban en su mayoría antecedentes familiares o criterios adecuados, lo que se tradujo en una detección temprana eficaz en pacientes de alto riesgo. Y lo más importante: sentó las bases para estudiar cómo las figuras públicas pueden actuar como canalizadores eficaces de la medicina preventiva y la salud pública cuando la información transmitida es científicamente precisa.

En 2017, una joven barcelonesa, Jess, acudió al ginecólogo alertada por un bulto en el pecho. El resultado de la punción fue demoledor: tenía un tumor de tipo HER2 negativo, de los más agresivos. A la misma edad en la que Angelina Jolie fue operada, a Jess le diagnosticaron exactamente el mismo gen que a la actriz, por lo que el desenlace acabaría siendo el mismo, también en dos etapas. Como redactora de publicidad con estudios de guion y diseño gráfico, decidió escribir un diario a lo largo del periplo vivido durante su tratamiento oncológico, que supuso dos ciclos completos de quimioterapia, las dos operaciones y las incidencias que aparecían de tanto en tanto, las cuales implicaron transfusiones e ingresos hospitalarios.
Los textos del diario han servido de base para el guion del cómic que publica Norma Editorial en octubre de 2026 con el mismo nombre con el que había bautizado su cuaderno: A los pechos me remito. Diario de supervivencia millennial para el cáncer de mama, con guion de Jess Marozof y dibujo de David Güell, la primera obra extensa de ambos. La obra destaca por ser fruto de un estrecho proceso creativo a cuatro manos, facilitado por una amistad de veinte años entre ambos autores, lo que propició un ambiente de trabajo de profunda confianza. Mediante sesiones conjuntas de lectura y lluvia de ideas, combinaron su sentido del humor y sus referencias a la cultura pop para definir detalladamente desde los recursos gráficos de cada página hasta la elección de la paleta de colores final. La ruta hacia la publicación del proyecto se vio impulsada de manera decisiva tras una aparición fortuita de los autores como público en el programa televisivo La Revuelta en febrero de 2025, lo que detonó la atención y la respuesta favorable por parte del sector editorial. El cómic cuenta con un entrañable prólogo escrito por la actriz y presentadora Lalachus.

Además de su valor artístico, el libro actúa como un vehículo de concienciación sobre la importancia de la prevención y el análisis genético. La experiencia de Jess, portadora de la mutación genética BRCA1, desencadenó un efecto preventivo directo en su entorno, permitiendo que dos familiares se sometieran a cirugías preventivas a tiempo tras conocer el diagnóstico, y que el resto mantenga una actitud preventiva.
El relato también funciona como una plataforma de denuncia frente a las carencias del sistema de salud y del entorno sociolaboral de los pacientes. La guionista expone las graves dificultades derivadas de la reincorporación al trabajo, admitiendo haber solicitado el alta médica prematuramente debido al desconocimiento de las severas secuelas físicas de agotamiento que deja la quimioterapia. Asimismo, la autora critica abiertamente el uso del lenguaje bélico para referirse a la enfermedad, rechazando el apelativo de «guerreras» o «valientes» y el exceso de marketing centrado en el color rosa, a la vez que reivindica la necesidad de invertir en métodos de diagnóstico menos dolorosos que las mamografías tradicionales y en mayor investigación clínica para el cáncer de mama metastásico.

El uso de metáforas bélicas para referirse al cáncer, con términos recurrentes como «batalla», «lucha» o «vencer a la enfermedad», ha sido una constante en el discurso público y mediático durante décadas. Sin embargo, diversas disciplinas académicas han comenzado a cuestionar la idoneidad de este lenguaje. Investigadores en lingüística, psicología y comunicación en salud sostienen que la forma en que nombramos la enfermedad enmarca profundamente la experiencia del paciente. Publicaciones científicas como Emotional Implications of Metaphor: Consequences of Metaphor Framing for Mindset about Cancer ([Implicaciones emocionales de la metáfora: consecuencias del encuadre metafórico en la mentalidad sobre el cáncer], 2018), subrayan la necesidad urgente de replantear esta narrativa para evitar cargar a los enfermos con responsabilidades y expectativas que pueden resultar perjudiciales para su bienestar integral.
El principal argumento académico contra el lenguaje militar radica en su impacto psicológico directo sobre los pacientes. La lingüista Elena Semino, en su artículo The online use of Violence and Journey metaphors by patients with cancer, as compared with health professionals: a mixed methods study ([El uso en línea de metáforas de violencia y de viaje por parte de pacientes con cáncer, en comparación con los profesionales de la salud: un estudio de métodos mixtos], 2017), ha documentado y advertido sobre los efectos negativos que el concepto de «guerra» tiene al dividir automáticamente los resultados clínicos en victoria o derrota. Bajo este prisma, si la enfermedad progresa o el paciente fallece, el lenguaje sugiere implícitamente que la persona «perdió la batalla» por no haber luchado lo suficiente. Esta connotación puede generar un profundo sentimiento de culpa, frustración e insuficiencia, añadiendo una presión emocional innecesaria a quienes sienten que no pueden cumplir con el papel de «guerrero» estoico frente a las fluctuaciones anímicas de su diagnóstico.
Más allá de la salud mental de los pacientes, la literatura científica ha demostrado que estas metáforas alteran negativamente la percepción sobre la prevención y el tratamiento. Un estudio desarrollado por Hauser y Schwarz en la Universidad de Queen’s reveló que el uso de léxico bélico aumenta el fatalismo frente a la enfermedad. Al enmarcar el cáncer como un enemigo que requiere sacar «armas pesadas», las personas tienden a minimizar la importancia de medidas preventivas basadas en el estilo de vida —como la dieta o el descanso—, al sentirlas inútiles para ganar una guerra. Asimismo, las investigaciones apuntan a que los individuos expuestos a esta terminología perciben que los tratamientos oncológicos serán mucho más difíciles de sobrellevar.

Frente al desgaste psicológico que supone el uso reiterado de un lenguaje bélico, el humor y el consumo de ficción se perfilan como mecanismos de afrontamiento fundamentales. Estudios recientes sobre la comunicación en salud, como el análisis The Cancer Card: Metaphor, Intimacy, and Humor in Online Interactions about the Experience of Cancer ([La carta del cáncer: metáfora, intimidad y humor en las interacciones en línea sobre la experiencia del cáncer], 2016), destacan que desplazar la narrativa desde la metáfora de la batalla hacia interacciones más lúdicas e íntimas «permite a los enfermos procesar su diagnóstico desde un marco de empatía y no de exigencia moral». El uso del humor ha demostrado ser un catalizador eficaz para reducir el estrés y fomentar la resiliencia durante los tratamientos médicos. Al integrar el humor, los enfermos dejan de ser percibidos como «guerreros» que deben mantener una actitud siempre estoica, permitiéndoles expresar vulnerabilidad y normalidad a través de la ironía o la comedia compartida.
Por otro lado, el consumo de ficción literaria y narrativa ofrece un refugio cognitivo frente a la hipermedicalización de la vida diaria. En lugar de estar confinados a una constante lucha por la supervivencia, refugiarse en historias ficticias facilita la exploración de otras identidades. Este enfoque en el entretenimiento ayuda a reducir la depresión clínica y brinda un respiro mental de la fatiga hospitalaria, trascendiendo los límites de la enfermedad a través del disfrute cultural. Y así es como lo entendió Jess desde el principio de su enfermedad y, cómo no, de la escritura de su diario, unos recursos que aparecen de forma gráfica en el cómic A los pechos me remito, con imágenes de concursos televisivos, programas de ficción y, sobre todo, con mucho humor, quizás construyendo, de forma involuntaria, un efecto Jess.

A los pechos me remito.
Diario de supervivencia millennial para el cáncer de mama
Jess y David Güell
Norma Editorial, 2026
