El escritor británico Charles Dickens (1812-1870) publicó su última novela Nuestro amigo común (Our Mutual Friend, 1865) en plena madurez artística. Esta obra comienza cuando se rescata un cadáver del río Támesis, identificado como John Harmon, el heredero de una inmensa fortuna amasada mediante la recolección de basura. La cláusula del testamento exigía que John se casara con la joven Bella Wilfer para recibir el dinero. Al darlo por muerto, la herencia pasa a los Boffin, los leales e ingenuos sirvientes de la familia. Sin embargo, Harmon no ha muerto; adopta una identidad falsa e ingresa como secretario de los Boffin para observar a Bella y evaluar si vale la pena amarla sin la presión del dinero. Paralelamente, Lizzie Hexam, la hija del carroñero que halló el cadáver, se ve envuelta en un trágico triángulo amoroso entre un aristócrata disoluto y un maestro obsesivo, mientras una galería de oportunistas intenta extorsionar a los nuevos ricos.
El teórico e historiador de cine David Bordwell (1947-2024) identificó dicha novela como la obra fundacional que sienta las bases históricas de «la narrativa en red» debido a su estructura mosaico y su compleja malla de trayectorias cruzadas en el Londres victoriano. Acuñado por Bordwell en su influyente ensayo Poetics of Cinema (2007), el concepto de narrativa en red describe estructuras corales donde múltiples personajes autónomos se cruzan por azar, contingencia o delimitación geográfica. La estructura del modelo se fundamenta en un elenco compuesto por personajes con motivaciones y objetivos propios. Cada uno representa un nodo independiente, mientras que sus interacciones (conversaciones, roces físicos, conexiones indirectas) funcionan como enlaces que configuran una trama en mosaico.

Bordwell reconocía la importancia del azar en la definición de las tramas: «El motor del relato no depende del destino ni de la causalidad directa, sino de la coincidencia. Las historias se cruzan por azar geográfico, accidentes cotidianos o sincronías temporales en un entorno compartido». Ese motor puede ser un elemento físico circulante (un billete, un vehículo, un paquete) o bien un catalizador ambiental (un atasco de tráfico, una tormenta, un terremoto) que afecta a la vez a individuos aislados. De hecho, una de las contingencias más utilizadas es la coincidencia geográfica, donde el espacio deja de ser un mero fondo para convertirse en el agente narrativo principal que condensa, cohesiona y articula distintas perspectivas e historias humanas.
En la obra de Dickens, el río Támesis funciona como un nodo nuclear que actúa como catalizador; es el lugar por donde fluyen riqueza, desperdicios, secretos y cadáveres. En sus orillas chocan la miseria de los buscadores de despojos y la opulencia de la burguesía. El río es el detonante de la trama (la falsa muerte de Harmon), en su entorno se desarrolla el relato y en sus orillas transcurre el desenlace de la historia. «El Támesis funciona como un flujo continuo de purificación y muerte, disolviendo las fronteras de clase e interconectando a personajes aislados bajo una misma corriente fatalista», según Bordwell.

En el modelo de red, el espacio no es un fondo decorativo, sino el conector orgánico que sostiene la infraestructura del relato. Este recurso ha servido de inspiración para novelas, películas y cómics. La novela gráfica La orilla que nos une (Nos rives partagées, 2024), con guion de Zabus y dibujo de Nicoby, publicada en septiembre de 2026 en castellano por el sello Elephant Books con traducción de María Valdunciel, es un buen ejemplo de narrativa en red: transcurre en Dave, un pequeño pueblo de Bélgica a orillas del río Mosa. En este escenario coral, se cruzan los destinos de seis personas que, en principio, no tienen nada en común salvo compartir la misma orilla del río.
Dave fue un municipio independiente hasta el 1 de enero de 1977, cuando se fusionó con Namur, en Valonia (Bélgica), que es justo donde vive el veterano guionista Vincent Zabus, nacido en 1971, quien reconoce en las entrevistas que la novela gráfica es un reflejo directo de su hogar. El tándem creado con el dibujante francés Nicoby (nombre artístico de Nicolas Bidet, nacido en 1976), ha resultado muy fructífero en el último lustro, con trabajos entre los que destaca la adaptación de la novela homónima de 1991 de Jostein Gaarder, El mundo de Sofía (Le monde de Sophie, 2022), publicada en castellano por Ediciones Siruela y en catalán por Editorial Empúries en dos tomos, o la más reciente La fragilité des hommes (2026), todavía inédita en nuestro país.

En La orilla que nos une, el río es omnipresente, no solo por su influencia geográfica, sino por su ecosistema, que se convierte, de forma simbólica, en observador de lo que les está sucediendo a los humanos. Su fauna silvestre contempla el devenir independiente de los seis protagonistas mientras forman poco a poco tres parejas de tres generaciones diferentes: adolescentes en el instituto, personas maduras y personas ya jubiladas, cada una de ellas con una mochila emocional cargada por diferentes motivos, ya sea asociados a la edad, a la salud, a la familia o al trabajo.
Las tres parejas que acaban formándose e interactuando entre sí corresponden, por un lado, a Jill y Hugo, que van juntos al instituto: Jill es una adolescente que duda entre los chicos y las chicas, y envidia a su amigo Hugo, quien tiene muy claro lo que quiere, aunque sus intentos en el amor siempre fracasen. Por otro lado, están Nicole y Pierre: una jubilada que dedica sus días al activismo político, aunque sobrelleva el dolor de que su hija no quiera hablarle por hechos del pasado, y un anciano con el que había tenido una relación sentimental hacía años, y que ahora Nicole acompaña esporádicamente para evitar que se aburra profundamente en la soledad de su casa, postrado en una silla de ruedas debido a su enfermedad degenerativa.

La tercera pareja está formada por Diane (vecina de Pierre) y Simon (padre de Hugo): una mujer que ha vuelto al pueblo de su infancia y que intenta reconstruirse emocional y físicamente tras una mastectomía total, buscando volver a sentirse mujer sin sentirse observada; y un profesor, con el que había tenido una relación en su juventud, que ahora se siente invadido por las dudas sobre si su trabajo debe limitarse a poner notas en los boletines de sus alumnos. Zabus y Nicoby muestran una extraordinaria habilidad para narrar con ternura la vida de los seis protagonistas, dotando al espacio físico referencial de una textura, forma e iluminación que otorgan al territorio un carácter vivo. Las diversas tramas se van entrelazando, mostrando el drama implícito en la vida cotidiana y, a la vez, proponiendo un destello de esperanza, conseguido, en parte, gracias a las conexiones de los nodos que indicaba Bordwell en su descripción del modelo de narrativa en red.
En algunas de las viñetas vemos a Simon sufriendo ante la montaña de lo que supuestamente son exámenes por corregir. Parece bloqueado, posponiendo la corrección para evitar afrontar el impacto emocional que tendrán sus decisiones. Algunos estudios demuestran cómo el sistema de evaluación cuantitativa transforma la relación pedagógica en un acto burocrático de control, generando rechazo y frustración en los docentes comprometidos, algo que manifiesta elocuentemente el personaje: «¡Están obsesionados con evaluar! ¡Poner notas y más notas y que no falten las notas!», exclama desesperado, mientras critica la burocracia y el inmovilismo del sistema académico, que convierte su tarea, según él, en la de ser un «mero portavoz de información innecesaria».

El profesor de la Universidad de Calgary, Piers Steel, sostiene en su artículo The Nature of Procrastination: A Meta-Analytic and Theoretical Review of Quintessential Self-Regulatory Failure ([La naturaleza de la procrastinación: una revisión metaanalítica y teórica del fallo autorregulatorio por excelencia], 2007) que «la procrastinación no es un fallo de gestión del tiempo, sino un problema de regulación emocional. Aparece cuando una tarea genera aversión por baja autoeficacia, falta de sentido percibido o ansiedad ante las consecuencias». E identifica que la corrección continuada de exámenes y la presión por la evaluación, así como la carga de trabajo administrativo asociada, son los factores psicosociales de mayor estrés y vaciado emocional en el cuerpo docente.
El investigador estadounidense Alfie Kohn, en su libro The Schools Our Children Deserve: Moving Beyond Traditional Classrooms and «Tougher Standards» ([Las escuelas que nuestros hijos merecen: ir más allá de las aulas tradicionales y de los «estándares más estrictos»], 1999), analiza la tensión psicológica y ética que sufren los educadores ante la obligación de calificar. Kohn demuestra cómo el sistema de evaluación cuantitativa transforma la relación pedagógica en un acto burocrático de control, generando rechazo y frustración en los docentes comprometidos, al reducir el aprendizaje a una transacción técnica centrada en el cumplimiento de métricas arbitrarias. Kohn alertaba en su ensayo de que este tipo de evaluación podía «destruir la motivación intrínseca del alumnado y fracturar el vínculo de confianza en el aula, obligando al educador a asumir un rol punitivo de control y sanción que devalúa el propósito humano de la enseñanza». Simon sostiene que lo primero es querer a los alumnos y denuncia el contrasentido que supone que los estudiantes vean a los profesores como «unos vagos redomados», mientras estos, literalmente, se desloman. Quizás la propia red ayude a encontrar la solución a este y al resto de los problemas; al menos es lo que parece que nos quieren decir Zabus y Nicoby.

La orilla que nos une
Zabus i Nicoby
Elephant Books (2026)
