El ensayo Reglas y consejos sobre investigación científica (1898), popularmente conocido como Los tónicos de la voluntad después de su tercera edición ampliada de 1912, se ha consolidado a lo largo de más de un siglo como una lectura ineludible para las nuevas generaciones de investigadores. El texto nace del discurso de ingreso de Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España, leído el 5 de diciembre de 1897, el cual dio origen a una obra que trasciende la mera exposición del método científico para adentrarse en la psicología y la ética del trabajo académico. En sus páginas, el autor ofrece una guía pragmática que orienta a los jóvenes talentos sobre cómo afrontar los desafíos del laboratorio, fomentando la perseverancia, la curiosidad intelectual y el juicio crítico; cualidades que, lejos de caducar, siguen siendo pilares fundamentales en el panorama investigador contemporáneo.
Detrás de este manual de cabecera se encuentra la figura de Santiago Ramón y Cajal, considerado unánimemente uno de los científicos más brillantes de la historia y galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1906. El perfil de Cajal es el de un investigador forjado en un contexto de gran escasez de medios y recursos, que logró situar a la ciencia española en la vanguardia internacional gracias a una tenacidad inquebrantable. Su trayectoria vital y profesional sirve como el mejor ejemplo práctico de las teorías que expone en su libro, demostrando que el éxito en el ámbito científico no depende de forma exclusiva de la genialidad innata, sino de una voluntad férrea, una concentración profunda y una disciplina de trabajo constante.

La contribución de Ramón y Cajal a la ciencia universal fue paradigmática, ya que transformó para siempre la comprensión del cerebro humano y sentó las bases definitivas de la neurociencia moderna. Su mayor hito científico fue la formulación de la «doctrina de la neurona», mediante la cual demostró empíricamente que el sistema nervioso no es una red reticular continua, sino que está compuesto por células individuales y contiguas que se comunican entre sí. Valiéndose de técnicas de tinción microscópica que él mismo perfeccionó, sumadas a su extraordinario talento para el dibujo, Cajal cartografió la arquitectura celular del sistema nervioso con un nivel de detalle morfológico que sigue siendo estudiado y admirado por la comunidad científica de todo el mundo.
El impacto de Ramón y Cajal no se limitó a sus hallazgos individuales, sino que cristalizó en la creación de la denominada Escuela Neurológica Española, también conocida internacionalmente como la «Escuela de Cajal». A través de su magisterio y su ejemplo, el Nobel logró aglutinar a un brillante grupo de jóvenes discípulos que continuaron y expandieron sus investigaciones. Figuras de la talla de Pío del Río Hortega (1882-1945), Nicolás Achúcarro (1880-1918), Fernando de Castro (1896-1967) y Rafael Lorente de Nó (1902-1990) se formaron bajo su tutela, asumiendo su rigurosa metodología y logrando descubrimientos de gran calado, como la identificación de la microglía.

Para dotar a esta escuela de una infraestructura adecuada y garantizar el futuro de sus discípulos, Cajal dedicó gran parte de sus últimos años de vida a impulsar la creación de centros de investigación modernos. Su esfuerzo y prestigio internacional propiciaron la fundación del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, que con el tiempo evolucionaría hasta convertirse en el prestigioso Instituto Cajal. El Gobierno español financió la construcción de unas instalaciones punteras en Madrid, inauguradas en la década de 1930, concebidas para albergar laboratorios bien equipados que permitieran a la neurociencia nacional competir en igualdad de condiciones con las grandes potencias europeas.
El legado de Santiago Ramón y Cajal tras su fallecimiento en 1934 trascendió con creces sus excepcionales aportaciones morfológicas, dejando una huella institucional y ética imborrable. Aunque la Guerra Civil y el posterior exilio truncaron y dispersaron temporalmente a los miembros de su escuela, el modelo de trabajo empírico, la exigencia académica y el espíritu plasmado en Reglas y consejos sobre investigación científica perduraron como cimientos inquebrantables. En la consolidación y proyección de esta etapa final fue fundamental la colaboración de Enriqueta Kety Lewy (1910-2001), quien desempeñó un papel indispensable como traductora, bibliotecaria y estrecha colaboradora de Cajal y su equipo. Su dominio de los idiomas permitió traducir los descubrimientos de la Escuela Neurológica Española a lenguas como el alemán, gestionando además la correspondencia internacional del laboratorio. Gracias a su labor silente pero vital, los hallazgos de los discípulos de Cajal pudieron difundirse y obtener el reconocimiento de la comunidad científica europea, lo que la convirtió más tarde en una pieza clave para la memoria de una época prodigiosa de la neurociencia española.

Kety Lewy es la protagonista de la novela gráfica Relaciones peligrosas (2026), con guion de Koldo Azpitarte y dibujo de Mikel Bao, la cual ofrece un retrato de lo que aconteció a varios de los integrantes de la Escuela de Cajal tras la muerte del científico, la llegada de la Guerra Civil y la posterior etapa franquista. Azpitarte (Bilbao, 1970), divulgador y guionista de cómics, es médico de profesión y, atraído por la figura y la ciencia de Ramón y Cajal, decidió escribir una historia que, a partir de su investigación, evolucionó hasta convertirse en un homenaje a varios de sus discípulos a través del personaje real de Kety Lewy, tomando como punto de partida su vuelta a España en 1971 tras un exilio forzado de más de tres décadas. Lewy es la autora de dos ensayos fundamentales para entender la contribución de los últimos años del científico: Así era Cajal (1977) y Santiago Ramón y Cajal: El hombre, el sabio y el pensador (1987), y la génesis de dichas obras la veremos ahora dibujada con el arte de Mikel Bao (Barakaldo, 1971).
La aparición del primer libro coincidió con un momento histórico crucial: el inicio de la Transición democrática en España, un período marcado por la necesidad de recuperar la memoria histórica, cultural y científica del país. En este contexto, el relato de Lewy aportó una semblanza directa y desmitificadora, en la que relataba vivencias cotidianas, anécdotas del laboratorio y rasgos de la personalidad de Cajal con una calidez y precisión que solo una testigo directa podía brindar. Una década más tarde vio la luz su segundo trabajo de envergadura, el cual ofreció un análisis más estructurado y ambicioso. En él, Lewy desglosó la triple faceta del insigne médico: su carácter humanista y ético, sus revolucionarias aportaciones al campo de la neurobiología y sus reflexiones filosóficas sobre el pensamiento, la educación y el progreso social. Esta aproximación servía además para reivindicar la figura de Ramón y Cajal y rescatar su auténtico perfil liberal y regeneracionista, en claro contraste con los intentos de apropiación por parte del régimen de Franco y sus seguidores, quienes durante décadas habían tratado de vincular de manera interesada el nombre y legado del Nobel a la ideología de la dictadura.

Kety Lewy era hija de un ingeniero de origen germano-polaco y de madre española, lo que le proporcionó una formación políglota y un dominio fluido del alemán, francés e inglés. Cajal, resentido de salud en su etapa final pero con una inmensa correspondencia internacional y la necesidad de traducir y difundir los trabajos de la Escuela Neurológica Española a revistas científicas europeas, la incorporó a su equipo en el Laboratorio de Investigaciones Biológicas. Lewy ejerció como su mecanógrafa, traductora principal y responsable de su archivo, consolidando una relación de profunda confianza, lealtad y admiración mutua hasta el fallecimiento del sabio en 1934. Su incorporación a la escuela se produjo en realidad para sustituir a su hermana mayor, conocida como Irene Falcón (1907-1999) al adoptar el apellido de su marido, cuyo matrimonio provocó el traslado de la pareja a Gran Bretaña y brindó esa oportunidad a su hermana.
En la novela gráfica se narran las vicisitudes de las dos hermanas en su exilio en la Unión Soviética y, posteriormente, en China, huyendo de las represalias de Stalin, para volver de nuevo a Rusia tras cinco años en Pekín. Irene Falcón es autora del ensayo Asalto a los cielos: mi vida junto a Pasionaria (1996), en el que se repasan más de cuatro décadas de trabajo junto a Dolores Ibárruri (1895-1989), La Pasionaria, a quien asistió de forma ininterrumpida como secretaria personal, jefa de gabinete y mujer de máxima confianza mientras Ibárruri desempeñaba primero la Secretaría General y posteriormente la Presidencia del Partido Comunista de España (PCE). La obra recorre el itinerario vital y militante de ambas desde la Segunda República y la Guerra Civil hasta el prolongado exilio en la Unión Soviética y Europa del Este, reservando un lugar destacado para su histórico regreso a España en 1977 en plena Transición democrática tras la legalización del partido, momento en el que Ibárruri volvió a ocupar un escaño como diputada, lo que convierte a este volumen en una crónica privilegiada sobre la trastienda de la izquierda española del siglo XX.

En la novela gráfica, observamos el detalle de que Kety Lewy (que viajó sola, pues aún tardaría unos años en reencontrarse con su hermana) sostiene en sus manos la novela clásica Las amistades peligrosas (Les Liaisons dangereuses, 1782), del escritor francés Pierre Choderlos de Laclos (1741-1803). La obra retrata la depravación moral, la manipulación fría y el cálculo estratégico de la aristocracia francesa en los años previos a la Revolución. A través de la correspondencia entre sus protagonistas —el vizconde de Valmont y la marquesa de Merteuil—, la trama desvela cómo las relaciones interpersonales se transforman en piezas de ajedrez donde el poder, la seducción, la lealtad y el interés político y social se gestionan en las sombras. En cierta manera, Azpitarte y Bao establecen un paralelismo entre el universo de Laclos y las peripecias vitales de las dos hermanas durante la Guerra Civil y el exilio, lo que da lugar a una analogía fascinante sobre el ejercicio del poder y la supervivencia política detrás de la escena pública.
En el caso de Irene Falcón, el exilio en la Unión Soviética y en la Praga comunista supuso navegar por un intrincado entramado de burocracia, vigilancia ideológica y luchas de poder internas dentro de la estructura del PCE. Por su parte, Kety Lewy tuvo que lidiar en la España de la posguerra con una forma distinta de intriga política: la batalla por la memoria y la apropiación ideológica del legado de Ramón y Cajal. En un entorno hostil donde el régimen franquista buscó instrumentalizar la figura del Nobel, Kety actuó con tacto y astucia para preservar la neutralidad y el rigor ético de la Escuela Neurológica Española. Así, tanto Irene en el exilio comunista europeo como Kety en la compleja retaguardia cultural española encarnaron una versión del siglo XX de las «relaciones peligrosas», donde la sagacidad, la lealtad compartida y el manejo sutil de la influencia política fueron las verdaderas herramientas para sobrevivir y proteger sus respectivos legados. Esta contribución recupera ahora su vigencia gracias a la novela gráfica Relaciones peligrosas, resultado de la perseverancia y dedicación que proponía Ramón y Cajal en su filosofía de trabajo.

Relaciones peligrosas
Koldo Azpitarte y Mikel Bao
Norma Editorial, 2026
