La película El huevo de la serpiente (The Serpent’s Egg, 1977), con guion y dirección del cineasta sueco Ingmar Bergman (1918-2007), es considerada una obra singular en su dilatada carrera, al ser la única rodada fuera de su país natal, hablada en alemán e inglés, con un presupuesto de gran estudio y un elenco internacional inédito en su equipo habitual de actores y actrices. La trama retrata la Alemania de Weimar en el otoño de 1923 (marcada por la hiperinflación, el desempleo y el resentimiento social) para mostrar cómo el nazismo no surgió de la noche a la mañana, sino que se gestó a la vista de todos. Los sucesos transcurren en los días previos al Putsch de Múnich, un intento fallido de golpe de Estado liderado por Adolf Hitler (1889-1945), el Partido Nazi (NSDAP) y el general Erich Ludendorff (1865-1937) entre el 8 y el 9 de noviembre de 1923 en la ciudad de Múnich, Alemania.
El título de la película hace referencia a una metáfora que proviene de la obra Julio César (The Tragedy of Julius Caesar, 1599), de William Shakespeare (1564-1616), donde el personaje de Bruto describe el peligro latente de que una figura adopte un poder tiránico antes de que sea demasiado tarde: «Considerémoslo como el huevo de una serpiente que, una vez rompa el cascarón, se volverá peligroso; por tanto, hay que matarlo en el cascarón». Durante los años treinta y, posteriormente, en la Segunda Guerra Mundial, ilustradores, caricaturistas y servicios de propaganda aliados (Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética) recurrieron frecuentemente a la serpiente como representación visual del Tercer Reich, con la esvástica dibujada como una gran víbora o serpiente constrictora que asfixiaba a Europa, la libertad y la democracia. De hecho, las campañas de reclutamiento y concienciación solían mostrar a soldados aliados, al águila estadounidense o a figuras como San Jorge aplastando, decapitando o pisoteando a la serpiente nazi para neutralizar su veneno.

El símil del huevo tiene un valor intrínseco: si el cascarón es transparente, quien quiera mirar detenidamente puede ver al reptil venenoso en su interior, y actuar en consecuencia de forma previsora antes de su eclosión. La realidad es que, a pesar de constituir un fracaso militar y táctico inmediato, el Putsch de Múnich se convirtió en el punto de inflexión decisivo que impulsó el ascenso de Adolf Hitler al poder una década más tarde. La derrota convenció al líder nazi de la imposibilidad de derrocar al Estado mediante la fuerza armada, lo que le llevó a adoptar una estrategia de legalidad formal basada en competir en el sistema parlamentario democrático para desmantelar las instituciones desde el propio gobierno. Asimismo, el juicio por alta traición celebrado en 1924, favorecido por unos tribunales benévolos con la extrema derecha, funcionó como un altavoz de propaganda a escala nacional que transformó a un agitador local bávaro en una figura política conocida en todo el país.
Durante su posterior internamiento en la fortaleza de Landsberg, donde solo cumplió nueve meses de una condena simbólica de cinco años, Hitler redactó su manifiesto ideológico, Mi lucha (Mein Kampf, 1925-1926), en el que detalló su proyecto político, su ideología antisemita y la doctrina del «espacio vital», la política nazi que justificó la invasión de Europa del Este y el sometimiento de sus pueblos para garantizar el territorio, los recursos y la supervivencia de la nación alemana. Paralelamente, el régimen transformó la fallida insurrección en un mito fundacional para el movimiento: los dieciséis militantes muertos en la refriega fueron elevados a la categoría de mártires y la bandera manchada de sangre durante el tiroteo fue erigida en reliquia sagrada utilizada para consagrar la simbología del Tercer Reich.

En su autobiografía Linterna mágica (Laterna Magica, 1987), Bergman reveló que en 1934, a los 16 años, viajó a Alemania en un intercambio escolar con una familia alemana simpatizante de Hitler. Asistió a un mitin nazi y quedó cautivado por el espectáculo y el carisma de Hitler. El propio cineasta reconocía el traumático despertar moral que vivió al finalizar la Segunda Guerra Mundial cuando se descubrió la magnitud del Holocausto. En su libro Imágenes: Diarios de un cineasta (Bilder, 1990), Bergman explicó que la idea de una historia ambientada en la Alemania de entreguerras rondaba en su cabeza desde los años cincuenta.
Su objetivo con El huevo de la serpiente era retratar la vulnerabilidad de una sociedad moral y económicamente destruida ante el fascismo. Como expresa el personaje del doctor Vergérus en la película, «el futuro totalitario no surge por sorpresa, sino que crece a la vista de todos». La película sirvió a Bergman como una catarsis para explorar cómo el miedo, la indiferencia social y el caos financiero crean el terreno fértil para la barbarie. Aunque la película fue recibida con frialdad por la crítica y el público, acusándola de ser un proyecto demasiado ambicioso para el trabajo más intimista y reconocido de su estilo, el paso del tiempo ha permitido revalorizar la visión del director, reconociendo la profunda lucidez sociológica de su trabajo, lo que permite considerar la cinta no como un documental histórico estricto, sino como una anatomía precisa de las condiciones que incuban el autoritarismo.

Casi cincuenta años después de su producción, el autor italiano Zerocalcare recupera el símil del reptil en su última novela gráfica, reconociendo, implícitamente, que ya no está en el cascarón. El resultado es En el nido de las serpientes (Nel nido dei serpenti, 2025), publicada en castellano en septiembre de 2026 por el sello Reservoir Books, con traducción de Irene Oliva Luque. La obra combina la crónica de investigación con el testimonio personal para documentar el controvertido proceso judicial en Hungría contra un grupo de activistas antifascistas —entre ellos la italiana Ilaria Salis— acusados de agredir a simpatizantes de extrema derecha durante las concentraciones neonazis del «Día del Honor» en Budapest. A través del análisis del caso, de las severas condiciones de encarcelamiento y del contexto sociopolítico bajo el gobierno de Viktor Orbán, la obra expone el auge del fascismo y la intolerancia en la Europa contemporánea, cuestionando la respuesta de las instituciones democráticas y la falta de garantías procesales frente al avance de las ideologías de odio.
La primera parte de la obra es una recopilación de relatos cortos publicados en la revista Internazionale entre enero y marzo de 2024, centrada en el caso de la activista italiana Ilaria Salis, para evolucionar hacia un análisis más amplio y cosmopolita que abarca a otros imputados de diversas nacionalidades, entre ellas la alemana, la albanesa y la siria. El propio autor reconoce que al entrevistar al entorno de los encausados en Alemania adoptó un enfoque antropológico y de contexto histórico sobre las últimas dos décadas, en lugar de centrarse en anécdotas íntimas, lo que redujo el protagonismo de su propio personaje (una característica habitual de su estilo, que lo ha hecho tremendamente popular), para ceder el centro de la narración a los hechos acontecidos.

En la presentación de la novela gráfica, Zerocalcare abordó su compleja relación con la violencia a partir de su vivencia personal, recordando que a los 17 años sufrió una agresión por parte de la extrema derecha que le provocó amnesia durante casi un año. Explicó que esta experiencia y la inacción policial ante las agresiones sistemáticas a centros sociales en Roma a principios de la década de 2000 le llevaron a suspender su juicio sobre quienes recurren a la autodefensa en tales contextos. En este sentido, señaló que En el nido de las serpientes no pretende ser un gran gesto épico, sino una aportación práctica de carácter divulgativo, cuyos beneficios económicos servirán para sufragar los gastos judiciales de los activistas procesados en Hungría, al tiempo que busca poner un límite ético frente a la normalización de discursos extremistas, induciendo a la reflexión a partir de la representación gráfica de los hechos.
El autor analizó asimismo la influencia del entorno mediático y digital en la sociedad, criticando el papel de las redes sociales por generar «cámaras de eco» y promover una simulación de activismo que desincentiva la participación en la vida real. Paralelamente, cuestionó la cobertura de los medios y el discurso político sobre la delincuencia, indicando que, a pesar de que las cifras de delitos en Italia han descendido de manera notable respecto a décadas pasadas como los años ochenta, se fomenta un sentido de asedio y alarma social artificial. Frente a esta dinámica, defendió la necesidad de realizar pequeños gestos cotidianos de resistencia para señalar el discurso de odio en el entorno inmediato.

Finalmente, Zerocalcare expresó su preocupación por el veloz avance y la articulación internacional de la extrema derecha, advirtiendo sobre el riesgo de enfrentamientos bélicos derivados del crecimiento de ideologías identitarias en Europa y el mundo. Al evaluar la situación política global y la severidad del sistema judicial húngaro, alertó sobre la represión institucional contra organizaciones antifascistas y progresistas. Como ejemplo de este clima, citó cómo los mecanismos de presión política y financiera de Estados Unidos pueden utilizarse de forma extraterritorial para asfixiar a colectivos sociales y movimientos disidentes en Europa —como las iniciativas para proscribir organizaciones catalogadas de «antifa» o terroristas—, al margen de los tribunales locales.
Esas «sanciones secundarias» son un mecanismo por el cual Estados Unidos no solo penaliza a las organizaciones de su lista, sino a cualquier tercero (como empresas o bancos de otros países) que mantenga relaciones comerciales o financieras con ellas. Debido al dominio estadounidense sobre las redes globales de pago y telecomunicaciones bancarias (como Visa, Mastercard o el sistema SWIFT), las entidades bancarias europeas se ven sometidas a un chantaje operativo, lo que en la práctica permite neutralizar a la sociedad civil sin necesidad de juicios, condenas penales ni garantías procesales en el país de origen de los colectivos. Un ejemplo ilustrativo de este mecanismo es el caso de Francesca Albanese, académica italiana que desde mayo de 2022 ocupa el cargo de relatora especial de las Naciones Unidas para los Territorios Palestinos Ocupados, quien ha denunciado sufrir una «muerte civil» y financiera tras ser incluida en la lista negra de sanciones del Departamento del Tesoro de Estados Unidos. El que pueda leer, que lea.

En el nido de las serpientes
Zerocalcare
Reservoir Books, 2026
