Son muchas las tareas duras y mal pagadas que hay en nuestro país, pero la de las Kellys, camareras de piso que limpian hoteles y que desde 2014 se movilizan para hacer visible la precariedad de su trabajo y las duras condiciones en que lo realizan, se ha alzado como uno de sus símbolos más destacados. Muchas de las camareras de piso se ven obligadas a hacer jornadas maratonianas de ocho horas al día por las que reciben un sueldo de 600 euros. Maratonianas porque en ocho horas deben limpiar hasta 30 habitaciones, número muy superior al establecido hasta hace pocos años, y que las obliga a trabajar bajo una presión extrema.
Hacer camas, pasar la aspiradora, limpiar baños, cargar colchones y mover pesados muebles les provoca una serie de enfermedades laborales que acaban deteriorando su salud de manera crónica. Problemas en las cervicales, en las lumbares, túnel carpiano, artrosis, fibromialgia, enfermedades degenerativas e invalidantes tienen como resultado que el 71% de ellas necesiten medicación para ir a trabajar. Tal como ellas dicen, desayunan un ibuprofeno para poder aguantar el día. Además, con el agravante de que algunas no tienen un contrato, porque son falsas autónomas, y no pueden optar a una baja laboral remunerada.
El problema de las Kellys de Lloret de Mar, Barcelona y otras localidades turísticas es el mismo en toda España y las reivindicaciones similares. Reclaman que se regule la carga de trabajo, que se reconozcan las enfermedades laborales, tener la posibilidad de acceder a una jubilación anticipada cuando no es posible mantener el ritmo y poner fin a la externalización, que es donde se producen los casos más graves de explotación laboral. Una Kelly subcontratada a través de una empresa externa cobra la mitad que una contratada bajo el convenio de hostelería, y en muchos casos sus vacaciones no son remuneradas e implican la baja en la Seguridad Social. Algunas ni siquiera pueden ser despedidas ya que los demandan sus servicios semana a semana. Si se quejan, no las vuelven a llamar.
Esta práctica tiene origen en la reforma laboral aprobada por el PP, donde se abría la puerta a la externalización de los servicios principales de las empresas, como es el caso del servicio de limpieza de habitaciones en los hoteles. Esto ha provocado que el servicio pueda hacer una empresa externa, con unas condiciones laborales muy por debajo de las que establece el convenio que corresponde a la hostelería. Esta es la madre del cordero.
Desde Cataluña hay margen para combatir esta situación. Vigilar la carga de trabajo y las condiciones ergonómicas, impulsar el acuerdo social para conseguir mejoras e intensificar la supervisión de la Inspección del Trabajo están dentro de nuestras competencias. El Grupo Socialista ingresó una propuesta de resolución en el Parlamento que insta al gobierno catalán a tomar medidas en este sentido. De hecho, son medidas que el Gobierno balear ya ha impulsado con éxito, mientras la Generalitat ha quedado al margen. Además, hay que aprovechar las iniciativas que desde el gobierno de Madrid se han anunciado, como futuras modificaciones al estatuto de los trabajadores para proteger las camareras de piso de las empresas subcontratadas o el «Plan para el Empleo Digno».
La industria del turismo es uno de los pilares de la economía catalana. Es generador de riqueza y motor de muchos otros sectores, pero hay que preguntarse qué tipo de modelo queremos impulsar, si repartiendo justamente los enormes beneficios que se han generado en años de recuerdo por el turismo.
También deberíamos preguntarnos por qué uno de los trabajos más precarios que existen en nuestra sociedad se sigue realizando exclusivamente por mujeres. La brecha salarial es uno de los retos pendientes de nuestra economía pero lo es aún más en las rentas más bajas. Si la brecha salarial es sangrante entre hombres y mujeres, lo es mucho más en los empleos más precarios y mal pagados, como la limpieza y los cuidados, que son realizados en su inmensa mayoría por mujeres.
Esto tiene que cambiar. No podemos ser una sociedad del siglo XXI mientras aceptamos prácticas laborales propias de principios del siglo pasado. Es momento de caminar hacia una mejora generalizada de las condiciones de trabajo, y recuperar el poder adquisitivo que los trabajadores/as hemos perdido durante la crisis. Y, sin duda, la lucha de las Kellys supone un paso adelante muy importante en este camino.

