Todo entorno se ve determinado en sus actividades mediante determinadas características. No cuesta imaginar al Sant Andreu del siglo XIX como un magnífico pueblo rural por la abundancia de cursos fluviales con solera: el proverbial Rec Comtal, la riera de Sant Andreu o los torrentes, sólo por mencionar algunos, de Can Dragó o nuestro Parellada.
Lo dejamos cortado por la decisión de otorgar unas manzanas industriales a las hilaturas Fabra i Coats en 1929. Con esta medida se enlazan dos motores del actual barrio, esa huella acuífera con una economía basada en la tierra y la industrial, donde el textil jugó un papel esencial.
Este puede detectarse en el nomenclátor. No en vano el carrer d’Escòcia debe tener un motivo más allá de la poca inventiva en bautizos. Se denomina de este modo por la fábrica Fabra i Coats, instalada en la zona desde 1839. En 1903 los hermanos Fabra i Puig la fusionaron con la casa escocesa J&P Coats, ya con una colonia industrial en Sant Vicenç de Torelló.

Las parcelas del carrer d’Escòcia, antes de la letra I, por eso está cerca la Jota, eran una nada en comparación con el esplendor de este imperio, con distintas factorías distribuidas a lo largo y ancho de la geografía catalana. La de Sant Andreu, además de dar trabajo a muchísimos vecinos, se especializará en tinte y blanqueo.
Para acceder al tramo de Parellada encerrado en los dominios traseros de la Fabra debo avanzar por el apacible carrer de Peronella. La sensación de ruptura o quiebre de una lógica de forma urbana viene acompañándome desde el carrer Gran al saber de caminar hacia una cápsula del torrente, interrumpido por un sinfín de casitas y tiralíneas de finales del siglo XIX y principios del XX, como Peronella, portándome hasta un término medio raro.
En su andar de la mano con la Fabra i Coats el Parellada se puede dividir en cuatro sectores. El superior es bellísimo y con un límite sin salida, generándose una sinuosidad en su senda, reforzada por las naves de las hilaturas a izquierda y derecha, como si el tiempo se congelara en evocaciones poco exactas de otras épocas.
Mi posición al llegar es la del segundo capítulo del curso fluvial en este encajonamiento. Aquí una estructura más contemporánea, aunque no tanto, crea una apariencia de pasaje por su sincronía con los muros de la Fabra. Si desciendo la mezcla ahora es de estos con inmuebles con aspecto años setenta, ensanchándose la vía pese a mantener su linealidad, desbaratada por completo en el último episodio, con influencia de meandros y caminos. En Sant Narcís la parte posterior de una finca se cae a trozos. Esta futura ruina choca con unas decoraciones modernistas, vestigio de ese cénit de la Fabra. Poco más abajo damos con una confluencia de contrastes. El torrent de Parellada colisiona con las calles de Segre y Virgili, la segunda con unas fachadas decimonónicas, planta y piso en una frontera entre dos realidades, con un pie en el estribo.

Este linde tiene muchas lecturas y puede captarse por una continuidad de hierro entre lo urbanizado y una vasta llanura silvestre. Esta barrera, una más en esta singladura, sigue con cierta exactitud la trayectoria del ferrocarril hacia la estación de Sant Andreu, fractura prístina hace décadas, con el norte sembrado de cuadrículas y el sur con las mismas vacías, aún vírgenes y bañadas por el líquido elemento del torrent de Estadella, heredero de Parellada hacia el baldío horizonte de las propiedades de la marquesa de Castellvell, en 1929 poblados con las casas del polígono de Casas Baratas de Milans del Bosch, dedicado a Bonaventura Carles Aribau durante la República y trasvasado de Santa Coloma a Barcelona, instante donde el Bon Pastor perfila su identidad.

Asomo la cabeza por encima de esas rejas temporales y me impresionan las centenas de metros con hierbajos donde veo un hipotético parque. La razón de su ocultación y desaprovechamiento puede deberse a los machacones intereses materiales, pero si servidor fuera el ayuntamiento no vacilaría en emprender un proyecto ambicioso desde la naturaleza y cierta didáctica, es un limbo separador de dimensiones, para ganar un lugar magnético, incluso en su abandono, entroncado con toda esa trama en tierra de nada, pese a ser técnicamente Bon Pastor.
Una vez terminado este artículo localicé otro en consonancia con el anterior párrafo y el añadido de un estudio para transformar este jardín en uno verdadero, a través de The new urban fabrik, recuperándose el entorno de Estadella con ramblas verdes en las rieras de antaño y una conservación de lo industrial para resucitarlo desde nuevas formulaciones económicas. De cumplirse la idea de Honorata Grzesikowska y Eduard Balcells hasta podríamos creer en los milagros.
Al intentar encauzarme para dar con Estadella circulo por la calle de San Adrián, paralela al torrente. En una de mis visitas iniciales llovía y esa avenida desdeñada era más fea si cabe, sin luz ni brillo y carteles conminando al consistorio a poner una placa para una calle, anónima por desidia. En estas me crucé con un señor muy gracioso, pidiéndome una foto mientras increpaba a la alcaldesa, algo preocupante en estos barrios de rentas bajas y demasiado aislamiento, redundante al recordarme experiencias similares en la torre del Fang del Clot, otro confín o en la conclusión de Pere IV, en esos casos con barracas de por medio.

Para pisar Estadella no se requiere dar tanta vuelta. En un ángulo hay un atajo a rebosar de almacenes industriales, las cerámicas de lavabos a la antigua usanza y toboganes en la calzada. Este laberinto es consecuente. Exhibe una inexistencia desde su silencio verbal y físico, casi invisible en el planisferio e imposible para los peatones. Nadie quiere ir a Estadella, a no ser para fines clandestinos, como sexo entre los matojos o menudeo, y laborales en declive, cuando el sol apuntala la mañana.


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