Xavier Badia i Cardús nació en Barcelona en 1953. Es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona, especialidad de Geografía (1975). Ha vivido en Igualada desde el año 1977. Ha sido profesor de secundaria y ahora está jubilado.
Más allá de todo este recorrido, ha sido y es voluntario de prisiones de la entidad Justícia i Pau, y acompaña personas privadas de libertad en la cárcel y en su paso a la libertad. Con cuatro voluntarios de la entidad ahora han escrito el libro «Sortir de la presó: una aventura incerta» («Salir de la cárcel: una aventura incierta»).
¿Cuál es el principal factor que le motiva a publicar un libro sobre historias de los presos?
Este libro es una obra colectiva. Es el fruto de las reflexiones, de las vivencias y de la maduración de un grupo de una veintena de voluntarios de Justícia i Pau que nos hemos dedicado durante varios años a acompañar a personas que salen de la cárcel, que recuperan la libertad y que se encuentran ante el reto de reincorporarse a la sociedad. Este paso, para algunos, viene más o menos rodado. Para otros, sin apoyo familiar ni social, y quizás con unas condiciones específicas derivadas de su situación personal, como pueden ser la presencia de adicciones, o problemáticas de salud mental, o bien situaciones de una gran fragilidad personal y social, el paso de la prisión a la libertad puede convertirse en un reto muy difícil. En algunos casos puede ser incluso insuperable. Entonces nos encontramos con personas que reinciden en el delito, y que a veces multireinciden.
Pensamos que era importante compartir estas reflexiones nuestras con la publicación de un libro sobre historias personales de personas encarceladas para dar a conocer un mundo muy desconocido (ignorado, diría incluso) y para sensibilizar a la sociedad, a todos nosotros, en el sentido de que todos tenemos un papel y una responsabilidad muy grande en el proceso de reinserción de las personas que salen de la cárcel en libertad.
¿Se trata de aportar luz, pues, en un tema que a menudo no recibe demasiada atención mediática?
La verdad es que en general, la sociedad no quiere saber gran cosa de todo esto, y tendemos a pensar que la gente que ha cometido un delito esté el mayor tiempo posible apartada de la sociedad. Para que una persona que sale en libertad pueda reintegrarse en condiciones óptimas a la comunidad debe haber un proceso personal de cambio, de voluntad de no querer volver a delinquir (para lograr esto tiene que hacer un tratamiento que le propicia el propio sistema penitenciario, debe tener un apoyo familiar y social durante el período de cumplimiento de la condena de prisión, y debe tener un paso gradual de la prisión a la comunidad a través de visitas programadas, la cadena de permisos, el tercer grado, libertad condicional, etc.), pero también es muy importante como la sociedad recibe estas personas en el momento de integrarse a la comunidad.
El libro está basado en las experiencias de cuatro voluntarios de la Comisión de Prisiones de Justícia i Pau. ¿Cuáles son las funciones principales de la Comisión?
El grupo de voluntarios de prisiones de Justícia i Pau está integrado en la actualidad por unas sesenta personas. Se creó en el año 1987. En todo este tiempo, evidentemente ha habido un relevo de personas y como ocurre en todas las entidades ha tenido altos y bajos, pero siempre se ha mantenido fiel a la voluntad de estar presentes en los centros penitenciarios para apoyar a los internos. Lo hacemos a través de diferentes actividades, pero siempre, llevamos a cabo la acción que sea, el objetivo es apoyar a personas que se encuentran en una situación personal muy difícil, y darles una mano en la medida que podamos.
¿Qué rol juegan los voluntarios en el acompañamiento de los presos en la cárcel? Y, después, una vez ya están en libertad?
Hay voluntarios que realizan actividades de refuerzo escolar en los centros de formación de adultos que hay en los centros penitenciarios, o bien que participan u organizan actividades lúdicas y culturales, o bien que hacen acompañamiento personal dentro de la prisión. En este caso nos centramos especialmente en personas que no tienen apoyo familiar ni social, que no reciben visitas, que carecen de cualquier tipo de vínculo con el mundo exterior, situación realmente muy grave en caso de largas condenas.
En un momento dado reflexionamos sobre el hecho de que es muy importante la presencia de voluntarios en los centros penitenciarios, pero que la salida en libertad definitiva es un momento clave, muy especialmente para personas sin vínculos a la comunidad. Fue entonces que propusimos al Departament de Justícia poner en marcha el programa Suport (apoyo) de acompañamiento a la salida en libertad, que es como una especie de mentoría en que el voluntario acompaña una persona interna a partir de unos meses antes de la salida y durante un periodo posterior, cuando el ex interno ya vive en libertad.
La prisión se sitúa a menudo como un lugar de tránsito para la reintegración: desde su experiencia, ¿esto se ajusta a la realidad?
No nos gusta mucho generalizar, y cada situación personal es diferente. Pero sí por lo que yo he visto, hay muchas personas que se adaptan bien al sistema de vida del centro penitenciario, siguen su propio proceso personal, hacen actividades, algunos incluso llenan vacíos que su vida personal no les había permitido atender, como ir a la escuela, por ejemplo, siguen el tratamiento que el centro les marca, ya partir de un determinado tiempo de cumplimiento de la condena empiezan a salir de permisos, y pueden alcanzar el tercer grado.
Pero también hay muchas personas que no siguen esta evolución, internos que, por las razones que sean y que pueden ser muy variadas, no se adaptan nada a este esquema. Son internos que no siguen el proceso de tratamiento, que muestran una falta de capacidad de adaptación a un entorno forzosamente represor y autoritario, que manifiestan actitudes asociales, algunas incluso violentas, y en todo caso de clara inadaptación al sistema, y por tanto, a este proceso de tratamiento.
¿Cómo se procede, entonces?
En muchos casos son personas que no entran en la dinámica de obtención de permisos, o que si entran, por alguna razón y en algún momento concreto, sufren algún tipo de rotura de las normas que los lleva a regresiones en su situación penitenciaria. Muchas de estas personas no encuentran la manera ni la ayuda suficiente para volver a coger el ritmo que el tratamiento les pide, y tienen el riesgo de hundirse en una dinámica autodestructiva de la que les es muy difícil, por no decir imposible, salir. En algunos casos, el sistema penitenciario, en lugar de valorar sus esfuerzos, los margina, los da por imposibles y acentúa su vertiente represor. Hemos visto mucho sufrimiento, mucha angustia, también de las familias; para muchas de ellas es un auténtico vía crucis. No podemos olvidar que en la cárcel hay un porcentaje muy elevado de personas que provienen de entornos sociales de marginación y de exclusión social, también de entornos marcados por la violencia y la falta de afecto. Hay una elevada incidencia de enfermedades mentales, y el efecto de la droga es demoledor.
¿Ha hecho alguna relación de amistad con algún preso que haya mantenido una vez han dejado la cárcel?
Yo no. Y creo que en cuanto al resto de voluntarios, tampoco. Para hacer acompañamiento en el programa Suport hay que ser capaz de establecer un vínculo con la persona acompañada. Si el voluntario no es capaz de establecer este vínculo, creo sinceramente que es mejor que se dedique a otra actividad. Es una relación hecha de saber escuchar, de no juzgar, de ponerse en la piel del otro, aceptar que se trata de una persona adulta que es libre a partir del momento en que sale de la cárcel; de no querer pasar por delante de él, respetar su capacidad de tomar decisiones, aunque a veces veas que el camino tomado es una equivocación, de abrir juego cuando ves que hay una situación de bloqueo, de compartir con él situaciones vividas similares, siempre dentro de los márgenes de la discreción; de reflexionar sobre los errores y encontrar salidas. Pero amistad, no. Hay que buscar un equilibrio, un difícil equilibrio, entre vínculo y distancia. El voluntario debe preservar su intimidad y su ámbito personal. Y el objetivo de la relación es que el ex interno gane confianza en sí mismo, seguridad y un alto nivel de autonomía personal. Por eso la relación debe tener un final, debe tener una fecha de finalización, flexible, si quieres, pero un final.
El filósofo francés Michel Foucault explica, en el libro Vigilar y Castigar, como las cárceles han evolucionado de un sistema de castigo a un sistema de vigilancia y control. ¿En qué etapa nos situaríamos hoy en día?
Me es difícil de abordar esta cuestión. El sistema penitenciario en nuestro país tiene un enfoque claramente progresivo, en algunos casos más sobre el papel que en la realidad. Pero creo que aquí hay un factor muy importante, decisivo diría yo, el rol que la sociedad asigna a las cárceles y como el conjunto social aborda el tema de la delincuencia y qué hacer con los que se saltan el código penal. Es desde esta perspectiva que creo que la sociedad en su conjunto pone por encima de todo la función de apartar aquellos que han delinquido. El factor castigo sigue estando muy presente, pero quizás más en la sociedad que en el mismo sistema penitenciario.
¿Qué alternativa habría?
Deberíamos evolucionar hacia un mayor grado de cumplimiento de penas alternativas, sin encarcelamiento, para muchos delitos que hoy implican prisión. Esto tendría como consecuencia que hubiera mucha menos gente en la cárcel, pero a la vez requeriría una mayor implicación de la sociedad en la tarea de reinserción, y evidentemente, un cambio de mentalidad de los jueces, y también del conjunto de la sociedad. Tenemos países en los que reflejarnos. Y tenemos mucho por recorrer. Se trataría de salir del paradigma de vigilancia y control e ir hacia el de una reinserción más efectiva, al menos de cara a determinadas personas condenadas y a determinados delitos.
A menudo en las cárceles se les suma un perjuicio racial, ya que una parte importante de la gente encarcelada son personas migradas: ¿cómo solidifica ello una serie de prejuicios sobre la raza?
Mira, actualmente, de las 8.500 personas encarceladas que hay en estos momentos en Catalunya, el 55% son españoles y el 45% son extranjeros. Es muy posible que haya rasgos racistas en la institución penitenciaria y muy especialmente entre la misma población penitenciaria. Pero si de algo estoy seguro, es que la cárcel está pensada fundamentalmente para los pobres, como te decía antes. Es cierto que en los últimos años han aumentado los internos de delitos que normalmente llamamos de cuello blanco, o bien de tráfico, y algunos otros. Pero esta realidad no invalida lo que acabo de afirmar: en su conjunto, en prisión ingresan y se están largas temporadas personas que provienen de entornos de exclusión social.
Que las personas pobres lo tengan más difícil en la vida no es algo nuevo.
Las cárceles son uno de los reflejos de la pobreza en nuestro mundo, de la marginación, y de lo que podríamos llamar la desigualdad estructural y creciente de nuestra sociedad. Hoy la pobreza se ha diversificado mucho, se ha feminizado, se ha extendido entre grupos sociales que antes de la crisis de 2008 y de la actual situación de pandemia podían tener aspiraciones de ascenso social, pero lo que es seguro es que forman parte muchas personas extranjeras que fueron tentadas por el reflejo de una Europa que no existe, y que se ha convertido en un muro infranqueable, el mejor exponente es una ley de extranjería completamente inhumana. Y esta situación queda reflejada evidentemente también a las cárceles.
¿Qué pesa más, entre la vida de los presos: la esperanza o la desesperanza?
Nosotros, en el programa Suport, acompañamos personas internas que se encuentran en una situación muy difícil, en los términos que ya he expresado. Quiero decir que las personas que tienen acogimiento familiar y un mínimo de red social, y ciertas expectativas de salir adelante, ya no llegan a nuestro programa. Como he dicho antes, hemos visto mucho sufrimiento, y sobre todo mucha incertidumbre; también mucha desconfianza en las posibilidades de un mismo ser capaz de rehacer su vida una vez salen en libertad. Muchas personas se refugian en un mundo de fantasía que en realidad no resiste ninguno de los embates que los representa la confrontación con la vida real. Pero nosotros, como voluntarios, no nos gusta situarnos en la dinámica de éxito o fracaso. Incluso en procesos personales que no terminan bien, preferimos quedarnos en el hecho que esta persona en concreto habrá tenido la posibilidad de un acompañamiento, de un afecto y de unas mostras de gratuidad de las que quizás no había disfrutado en ningún momento de su vida.
Otra cosa son las largas condenas en las que la luz a la salida del túnel queda tan lejana que no se ve. Hay mucha desesperanza y sufrimiento.
¿Qué rol juega la educación social y el apoyo psicológico en el proceso de acompañamiento de los presos? ¿Cómo mejora ello las posibilidades de «reinserción»?
Es vital; es muy importante. Nos hemos encontrado en situaciones tan complicadas que a veces no tenemos respuesta. En situaciones de adiciones o de enfermedad mental, por ejemplo, nuestro acompañamiento es muy insuficiente. Se necesitan recursos y mucha tarea profesionalizada. Hacen falta dinero, recursos de atención y una política penitenciaria que opte más incisivamente en la reinserción. Ojalá los centros penitenciarios hubiera mucha menos gente que cumpliera condenas de prisión, que hubiera muchas más penas alternativas que no comportaran la reclusión, y que se pudieran dedicar muchos más recursos a personas que necesitan no más castigo sino mucha más atención. Para avanzar hacia este horizonte es necesario una toma de conciencia por parte de la sociedad que hay que ir hacia este objetivo. Sobran casos mediáticos, que hacen muy mal, que provocan enormes retrocesos en esta perspectiva de futuro, y se necesitan decisiones políticas valientes. Nuestro libro quiere contribuir, aunque sea de una manera muy humilde, a hacer este camino colectivo.

