Leo en el artículo de Yaiza que nos situamos en un presente confuso. Leo mientras ando a la oficina con los cascos puestos y sin dejar de asentir: soy parte de ese ‘todos’ que a día de hoy, por culpa de la pandemia, no tiene más que una sensación de realidad incierta. O más bien una cierta sensación de miedo. Miedo de terminar como el padre colombiano del artículo de Yaiza, miedo a los disturbios, a quienes queman contenedores y a los que roban bicicletas. No les falta razón a los que dicen que la próxima pandemia será la de los trastornos mentales. Rihanna canta Disturbia pegada a mis orejas:
Bum bum be-dum […]
What´s wrong with me […]
Why do I feel like this?
No lo sé, Rihanna, no lo sé. —Respondo mientras saludo con la mano al recepcionista de la oficina; ayer portero, hoy trabajador esencial de la seguridad con jornada doble y sin opción a teletrabajo.
Me subo al ascensor. Recuerdo a Rihanna en el videoclip metida en una jaula, con los ojos en blanco, sacudiéndose entre espasmos. No es un método filosófico muy respetado, pero siempre que Rihanna, yo, y un padre de familia colombiano estamos de acuerdo en algo lo formulo como hipótesis de validez universal, y esta dice así: El futuro no se sabe, se siente. A finales de los 90, a esta estructura de indeterminación a través de la cual sentimos lo que está por llegar Giorgo Agamben la llamó potencialidad, y lo que Rihanna y yo queremos saber no es tanto por qué se ha producido un vaciado de sentido en el presente, sino por qué hemos saturado con miedo todas las potencialidades que nuestro sistema afectivo nos debería permitir ver venir.
Antes de sentarme a trabajar ojeo los periódicos en el móvil: a los políticos les resulta intolerable la violencia que produce la precariedad, la vida de una cajera que cobra el salario mínimo interprofesional en mitad de una pandemia se describe con vocabulario de epopeya. Los más esperanzadores nos prometen una vacuna mientras que con la otra mano, nos inyectan el deseo de sostener la vieja normalidad y volver a ella cuanto antes. En cuestión de meses hemos empezado a desear colectivamente una utopía que se parece sospechosamente a un pasado mediocre, ¿cómo va a ser este un futuro mejor, qué tipo de esperanza es ésta si miramos al futuro con el deseo asustado?
Últimos segundos antes de tener que fichar. El esperpento teórico que llevo dentro se lanza a buscar respuestas en mi memoria, que es donde según el filósofo Ernst Bloch se esbozan los mapas de cualquier utopía. Utopía, Utopía Queer de José Esteban Muñoz. Se acerca el séptimo aniversario de la muerte de este académico queer y sus palabras aún mantienen una lucidez deslumbrante. Le recuerdo escribir que esperanzas hay muchas. Pienso que ahora, como ocurrió en los momentos previos a la revuelta de Stonewall que inspiraron parte de su obra, se está volviendo a desenfundar la misma profilaxis neoliberal. La opinión pública lubrica con miedo los mensajes a favor del respeto al neoliberalismo y sus valores, al derecho a disentir democráticamente de la necesidad de un futuro colectivo, al valor moral de la familia, incluso al derecho a tu jornada laboral, ¡esa que lleva años ocupando cuarenta de las ochenta horas que pasas despierto entre el lunes y el viernes! Cada día que pasamos sintonizados con estos mensajes aumenta las dioptrías de nuestro sistema afectivo del ver venir y le anima a mirar hacia un futuro que más bien es un escondite en el pasado. Estos deseos de ‘nueva’ normalidad y moderación, que son lo único que se nos permite sostener públicamente con nuestro deseo sin ser recriminadxs es lo que Muñoz llamaría una esperanza elitista: Estamos a pocos meses de una normalidad en la que tengamos que agradecer a nuestros jefes que hayan dejado una Coca-Cola templada junto a nuestro escritorio para cuando entremos a trabajar en domingo. Evidentemente, esta esperanza elitista hará que Rihanna, yo, y el padre de familia colombiano nos tengamos que separar para sufrir unas consecuencias acordes a nuestra ‘identidad’; otro invento como la Coca-Cola. Pero, ¿dónde queda la esperanza de algo mejor para todos?
Muñoz estaba convencido de que la utopía queer se muestra en lo no consciente, que podemos sentirla y cultivarla, insistir en ella promoviendo una esperanza crítica que subraye las potencialidades colectivas. El arte, o cualquier otra fuente de inspiración igual de ordinaria eran para él el medio perfecto para sentir, con toda la certeza que permiten los afectos, que la incertidumbre que caracteriza el futuro se moviliza siguiendo una lógica performativa y que cada día podemos orientarnos hacia la utopía y sintonizarnos así con un futuro más justo.
La vibración del móvil en la mano me saca del ensimismamiento. En la pantalla leo “Hope all is well […]” Desde que empezó la pandemia, mi jefe siempre encabeza sus mensajes de la misma manera, hasta los que te avisan de que llegas tarde. Definitivamente, esperanzas hay muchas y la que elijamos cultivar determinará el tipo de futuro hacia el que nos tambalearemos.
Apago los cascos y escucho alejarse la voz de Rihanna:
Your train of thought will be altered.
So if you must falter, be wise.

