
María, a pesar del sufrimiento de años de prisión que la represión franquista le impuso, dejó una impronta en la memoria de aquellas personas que, hace ochenta años, dieron todo lo que tenían porque nosotros, hoy, no nos falte nada más allá de lo que es necesario. Como aquellas entrañables compañeras con las cuales fundarían la imprescindible Asociación de Mujeres del 36, “Mari” arriesgó su libertad —que perdió durante dieciséis largos años— para que las mujeres que hoy las celebramos como un referente, podamos disfrutar de la realidad de los ideales que la sostuvieron.
De mirada despierta, con un gesto que combinaba dulzura, y un espíritu rebelde que todavía vive, María constituye un ejemplo para la sociedad —a pesar de que la humildad de estas mujeres, acostumbradas a permanecer a la sombra de los grandes combatientes antifascistas que el discurso reparador de la democracia ha situado en una reconstrucción histórica patriarcal—, las hacía sentir incómodas. Ellas reivindicaban, evitando ser referentes, la voluntad de establecer amistad con las generaciones venideras.
