Esta serie es una excepción. Muchas veces reflexiono sobre estos artículos y su vocación encaminada a narrar de nuevo Barcelona en la senda de muchos antecesores. Sin embargo, soy consciente de mis límites, y uno de ellos es el Eixample. Si lo abordara de modo integral moriría sin haber contado siquiera la mitad de su extensión, algo comprensible al ser una ciudad dentro la misma, una segunda Barcino muy desconocida pese a tener insignes cronistas y catapultar mis queridos barrios, antaño pueblos del llano, al olvido, útil a nivel político y cínico en la actualidad, cuando derriban pequeño patrimonio mientras se cuelgan medallas por otras iniciativas.
Barcelona se refundó cuando quedaron atrás las odiosas murallas. Bajo poco al Eixample en mis caminatas y confieso tener con ese espacio una relación de amor odio. Hará poco más de año y medio entrevisté a Janet Sanz, y por desgracia la grabadora borró el diálogo, rico y pletórico de impresiones, entre ellas la de considerar la cuadrícula de Cerdà como una democracia a partir de sus manzanas, ahora a revisitar como gran maná ecológico, pequeño homenaje a ese genio desdeñado por el país para continuar con esa tradición de ninguneo hacia los avanzados, como asimismo acaece con Carlos Barral o Francesc Ferrer i Guàrdia.
Barcelona vive en un presentismo nefasto, debido a su tercera refundación, la de los Juegos. La capital catalana se halla inmersa en la primera edad adulta de su nuevo tiempo, gestionándola de manera traumática entre el Procés y la pandemia, dos ejes inesperados con suficiente fuerza como para mostrar sus grietas entre turismo, ausencia de consensos ciudadanos, índices de pobreza, quejas de todo tipo y una impotencia absoluta para pensar más allá del segundo actual, en parte por la amnesia voluntaria del pasado.
Si lo expusiéramos veríamos ese centro tan mal iluminado las noches de invierno, culpa de arboledas y LEDS, desde otra coyuntura y entenderíamos cómo el passeig de Gràcia fue el pistoletazo de salida desde el antiguo camino de Jesús, surcado por jardines durante un buen trecho del siglo XIX. Pueden intuirse en las cercanías de esta vía tan simbólica para propulsar el parque temático comercial de negocios inaccesibles para los bolsillos del peatón condal, por ejemplo, el passatge dels Camps Elisis, recuerdo de un vergel próximo a la calle Valencia.
Así de modo relajado me fascina el debate sobre cuál es el paseo más de ringo rango. El tópico rezaría passeig de Gràcia desde su vitola bicentenaria y el favoritismo de Alfonso XIII, deslumbrado por el mismo tras bajar del apeadero ferroviario de la calle Aragón en 1904. Por aquel entonces los burgueses aprovechaban esa anchura para fer el merda, pavonearse ante sus semejantes los domingos y sentirse europeos, pues la escena siempre me ha recordado a Ewald Tragy, una novela de Rainer Maria Rilke, muy ilustrativa por aquello de la crítica entre familias pudientes, ansiosas por esposar a sus hijas, como a la postre conseguirían los padres de Gregor Samsa en La metamorfosis una vez el escarabajo desapareció de su mapa físico y mental.
Perdonen la fantasía literaria. Vayamos al grano. El Eixample suele asociarse con el Modernismo, pero no siempre fue así. Tras la caída de los ominosos muros se hizo una planificación ejemplar incluso con las alturas, quedándonos de ese proyecto algunos inmuebles arquetípicos en los chaflanes, algunos de ellos con esgrafiado para seguir con una estética hegemónica a principios de los años sesenta del ochocientos. En una pequeña zona de Roger de Llúria con Consell de Cent se resume esa utopía inicial entre la torre de aguas, durante un tiempo una piscina de mentirijilla para los niños del barrio, el passatge de Permanyer, con sus estatuas urgidas de chapa y pintura, y esas esquinas de génesis interrumpida por especulaciones inmobiliarias de grandes nombres, consentidas por el gobierno de la Nación y aupadas más si cabe con la primera guerra de Cuba entre 1868 y 1878, causa del regreso de tantos indianos, perfectos para inaugurar el esplendoroso porvenir de esos terrenos vacíos durante tantas centurias por ceñirse a rajatabla a determinadas legislaciones militares.

Un año antes de esa paz, con España recuperándose de tantos sobresaltos sepultados, si están, en los libros de Historia, un documento del archivo municipal nos informa de la propuesta de Ramon Malla para permutar unas hectáreas viables en rambla de Catalunya, entonces bañada por un torrente con el apellido de ese señor, listo y consciente de la oportunidad.
La riera d’en Malla fue un quebradero de cabeza durante algunos decenios, instalándose puentes para cruzarla. Uno de ellos se enclavaba, una passera, precioso término al indicar la necesidad de pasar de un lado a otro, entre Provença y rambla de Catalunya. Lo solicitó José Torras como apoderado de su sobrina Mercedes, quien pretendía construir un bloque de pisos en la frontera entre Barcelona y Gracia, agregada a la imperialista metrópolis sólo el 20 de abril de 1897, justo diez años después de la petición.

Los Torras serán nuestros guías por ese Eixample más bien ignorado. La rambla de Catalunya de los años 80 decimonónicos era un work in progress. Los vecinos reclamaban faroles, pavimento y otros menesteres esenciales mientras su cariz señorial, aún hoy en día el más lustroso de la gran hechicera, se reafirmaba con una colección de estatuas desde Gran Vía, con el conde Güell preponderante y nada apartado, hasta el cruce en València, donde Clavé deleitaba al transeúnte con su orquesta silenciosa.
El Modernismo como tal estaba en sus albores, por eso me resulta tan interesante recorrer el Eixample y detectar las fincas previas a 1891, cuando una ordenanza del Ayuntamiento dejó obsoleta otra de 1857. A partir de ese instante, como cuento en mis Paràgrafs de Barcelona (Àtic dels Llibres), se dio carta blanca para incrementar la edificabilidad, no sin reducir las restricciones compositivas y tolerar más decoración en las fachadas. Sin saberlo, algo redundante en la cronología de los acontecimientos, se iniciaba toda una era, sepulturera del tutti frutti de los primeros años, cuando un visitante afirmó sin muchos ambages sus permanentes jaquecas por la heterodoxia de ese nuevo centro urbano.
El señor, el insustituible Georges Clemenceau, exageraba un poco, y si escribo su nombre es por automatismo, pues también se le atribuye aquello de los dragones como mascotas de los nuevos ricos del Eixample, donde cada palacio luce un blasón y quiere ser más que su aledaño por aquello de tenerla más gorda, y esto lo comentó Josep Pla, a quien veneramos y apoyamos desde los hechos objetivos.

Antes de 1891 rambla de Catalunya se alineó en lo arquitectónico con otras pruebas incipientes, un protomodernismo apasionante cuya cosecha es amplia. La casa Pascual i Pons de Enric Sagnier, casi omnipresente en las imágenes antiguas de plaça de Catalunya, sería la joya de la corona, pero en mis andares me dio por fijarme en otras perlas, casi esbozos de niños antes de adquirir un tono definido. No querría terminar esta introducción sin sonreír ante esa casa con un 1888 circular en recuerdo a la Exposición Universal de ese año, donde hasta hace bien poco el Colmado Quílez fue un santo y seña.

Algo más arriba, justo en Provença con rambla de Catalunya, un chaflán viste de lujo con otra sorpresa de 1887. La característica primordial, el arranque para investigar, son sus almenas para coronar el conjunto. No están integradas en la forma, son un decorado más, como si el propietario hubiera querido señalar una ruta medievalizante, propia de esos designios donde el nomenclátor recuerda las glorias de la Corona de Aragón gracias al ingenio de Víctor Balaguer. Esos burgueses se sentían, y el Modernismo unificó ese criterio, herederos de esos comerciantes, y el aspecto exterior lo reivindicaba.
Esas almenas me persiguieron durante meses, sobre todo porque en otras calles localicé edificios casi calcados. En Diputación con Pau Claris, la fecha es 1888, siguen toscas, mientras en Girona con Aragón ha transcurrido un año y ya se han perfilado hacia el mañana, todo desde el boom edilicio y un clan emocionado por rentabilizarlo: los Torras.


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