«Nunca me he puesto límites, he vivido luchando contra ellos», dijo Raimon hace pocos días, en una entrevista que le ha hecho Antoni Bassas. No se puede entender la persistencia raimoniana y la autoridad basada en la propia coherencia cuando no se ha entendido su obra: aquel verso no decía «quien pierde los orígenes pierde la identidad», sino «quien pierde los orígenes pierde identidad», sin artículo. En la poesía de Raimon nunca sobra ni falta ni una sola letra: la identidad a la que se refería era la pertenencia a lo que denomina «clases subalternas», al orgullo y espíritu independiente del trabajador que se gana la vida con el su esfuerzo y no le debe nada a nadie, más aún si es anarcosindicalista como el padre o socialista como la madre.
Raimon no ha sido hombre de militancia de partido, pero sí partidario de su clase social. Raimon responde con claridad a la entrevista cuando le quieren hacer elegir: ¿La nación o la lucha de clases? El cantante se refiere, con moderación, a estas «clases subalternas» que ha querido servir siempre.
Visto desde ahora con suficiente perspectiva, la perseverancia compaginada con la moderación del artista es verdad, y con un matiz: Raimon nunca ha provocado, ha hecho lo que creía que había que hacer y no ha buscado enfrentamientos; ni siquiera con los franquistas. Su convicción la ha justificado siempre. No ha bajado nunca la cabeza, ni ante unos ni ante otros. Porque, después de todo, ha habido otros. Quienes ahora le reprochan no tomar posturas políticas maximalistas hace cuarenta años habrían visto con buenos ojos que aflojara un poco; su claridad en la toma de posiciones les asustaba y temían que los comprometiera.
Ver la complicidad entre Raimon, Pi de la Serra y Ovidi Montllor, y su éxito, repateaba a una derecha nacionalista que era además anticomunista y consideraba como tales incluso los que no lo eran. La vinculación de Raimon con los movimientos populares organizados de oposición al franquismo era vista como un riesgo innecesario que podía perjudicar un catalanismo que no querían mostrar como excesivamente combativo. Pero tanto a los consumidores de propaganda y los identificadores de enemigos, – que acaban de llegar a la partida, porque son de lengua larga y lectura corta- desconocen cómo han sido de tortuosos los caminos del catalanismo realmente existente.
Ausencia de una crítica
A Raimon se la han hecho muchas entrevistas y en todas ellas, incluso en los momentos más duros de la dictadura, se ha expresado con claridad. Hemos sido los periodistas los que no hemos sabido explicar a él, incluso los que le hemos seguido con más interés. Quizás hacía falta alguien más capaz que nosotros, que, eso sí, hemos divulgado su trabajo.
Algún día surgirá una auténtica crítica de canción, una corriente de estudio ambicioso, y que produzca conocimiento asimilable al de la crítica literaria, cinematográfica y artística. Un echa en falta un abordaje que vaya más allá de los estudios inspirados en la etnología o la antropología cultural, incluso más allá de trabajos tan extensos y ambiciosos como los que hizo Alan Lomax para la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos sobre el folclore y la canción popular. Por supuesto que se ha estudiado suficientemente la canción francesa y la americana, pero no al nivel que la crítica cinematográfica ha dado cuenta de este arte o al que la filología y la crítica literaria proporcionan de sus objetos de estudio. Nos falta un corpus crítico referente a un fenómeno artístico y cultural propio del siglo XX, como es el cine, la arquitectura o la pintura contemporáneos, la literatura o la fotografía.
Parecerá un despropósito o una paradoja, pero si alguien podía haber hecho este trabajo de crítica e investigación habría sido… Raimon. Era y es quien posee los conocimientos y los criterios para ejercer de crítico musical con total solidez intelectual. Pero es casi inconcebible que un cantante compositor ejerza la crítica de la misma manera que lo hace cualquier otro autor en el campo estrictamente literario. Se sitúa al creador musical y literario, de este modo, en el campo de la industria del entretenimiento, con el artista que sale a escena a un lado y el analista crítico de la obra artística en otra. Así ha ocurrido, siguiendo la lógica de la prensa de espectáculos y la publicidad que le es adherida, con la excepción, en Catalunya, de Miquel Pujadó (con una importante obra discográfica publicada) y de Jordi Roura, con muchos años de trabajo radiofónica. Y, en el resto de España, en el campo del folklore, de Joaquín Diaz. Uno, que ha hecho de crítico musical de urgencia o de sustitución, leería con enorme placer la crítica de canción escrita por Raimon y miraría de aprender.
Necesitamos una mirada de calidad
Es difícil, sin una tradición en crítica de canción como trasfondo, explicar y explicarse la complejidad de las relaciones entre este arte y la sociedad, sobre todo cuando la historia y la sociología no han hecho tareas que podían haber hecho perfectamente, pero no han llevado a cabo porque no han visto más allá de la vertiente periodística de este estudio. Veamos algunas paradojas que pueden ser indicativas.
Podemos hacer una especulación inútil: ¿Si no hubiera sido por la Nova Cançó catalana, aparecida entre 1959 y 1962, ¿la cultura en lengua catalana habría vivido una reanudación tan sensacional como la que tuvo? La lengua catalana volvía a escena en un mundo muy diferente de los años treinta: sociedad y cultura de masas, televisión, alfabetización generalizada, movimiento de cultura pop que impregna la casi totalidad de la cultura mediática, música comercial con más impacto que anteriormente el jazz, el cuplé o el tango, motorización y vacaciones pagadas, y un etcétera que va del turismo y la moda a los cambios culturales de fondo acaecidos al catolicismo y la cultura académica.
Los apocalípticos nostrats hacen como si ahora no se hablara, publicara y difundiera en catalán más que en cualquier otro momento de la historia; los integrados se empeñan en ignorar que las burbujas castellanohablantes en el área metropolitana son impermeables culturalmente.
La lengua catalana, minorizada por el franquismo y el centralismo, se benefició, paradójicamente, de unas tendencias generales en la sociedad de los años sesenta que no eran las mismas que las actuales, al igual que la Catalunya de los setenta no era la de los treinta. La confusión actual viene porque el nacionalismo que se ha convertido hegemónico cree, o al menos sus dirigentes, que el país en el que viven ahora es el país de los años treinta. Las ucronías como las que hemos hecho en el párrafo anterior se justifican si negamos la historia como cambio y transformación, si vemos la realidad y el hombre de manera estática e idéntica a sí misma, si creemos que las épocas con sus hechos, en tanto que idénticos, son intercambiables.
No hubo un Raimon en la Catalunya republicana a pesar de las aspiraciones nacionales y de clase existentes en la sociedad de entonces. Existía una gran afición a las músicas modernas en las clases populares, sobre todo el tango, el jazz y el swing, pero no las condiciones formadas por costumbres, aspiraciones, referentes, mentalidades, formas de la vida cotidiana. Había prensa en catalán, pero el espectáculo de entretenimiento popular era en castellano; la insuficiente alfabetización popular bloqueaba cualquier expansión de una alfabetización catalana popular con el apoyo de una incipiente cultura de masas, que no se había desarrollado, pero que era posible, como muestra la historia del cine. Podemos hacer otras preguntas en sentido inverso y asumir las paradojas de algunas respuestas posibles.
Que la Nova Cançó catalana ha salvado la lengua catalana es innegable, y que ha llegado a sacarla de un elitismo forzado por la resistencia, también. Y ocurrió antes de existir la televisión de la Generalitat, cuando la televisión y la radio emitían casi siempre en castellano y también cuando el catalán comenzó a abrirse paso en las ondas. Esto es lo que entendió perfectamente Salvador Escamilla, que no era un intelectual sino un comunicador de una pieza: ¿Qué habría emitido su Radioscope si no hubiera existido canción en catalán?
Antes decíamos «necesitamos canciones de ahora» y ahora decimos que necesitamos una mirada de calidad y un cerebro sin aluminosis que nos permita entender cómo debe producirse una cultura compleja en una sociedad compleja. Porque uno diría que todavía no hemos acabado de entender, más allá de esquematismos, lo que han sido y han representado el mismo Raimon y la Nova Cançó.

