Si escuchamos a alguien que se define como progresista, ¿qué es lo que entendemos?
Principalmente y de manera generalizada, lo que podríamos entender es que se trata de una persona que tiene unos ideales de justicia organizados en torno al concepto de igualdad de oportunidades: considera justo que se redistribuya la riqueza de los más ricos hacia los más pobres. Del mismo modo, se podría decir que un ‘progresista’ no cuestiona el statu quo tal como lo hacen los comunistas o los anarquistas, pero sí considera que el Estado debe intervenir de manera más firme en la economía para asegurar que todos puedan tener una vida digna.
En la constelación discursiva del mundo progresista, los conceptos de solidaridad, fraternidad, e igualdad, tienen más peso que, por ejemplo, los conceptos de eficiencia y competencia con los que se podría sentir identificada una persona con ideales liberales.
Es solamente una aproximación, ya que ni todas las personas que se identifican como progresistas deben compartir los mismos ideales, ni todos los ideales progresistas significan lo mismo para cada persona.
Aún más importante: la idea de ‘progresista’ está sufriendo unas fuertes mutaciones en las últimas dos décadas hasta el punto de representar, en esencia, lo contrario de lo que significa en origen en muchos de sus aspectos principales. Para comprender la evolución de este concepto y el sentido actual, es necesario que nos remontamos a sus orígenes.
El origen del progresismo: una ideología del siglo XIX
Como casi todas las principales ideologías que están presentes en el mundo de hoy de alguna u otra manera – liberalismo, socialismo, comunismo, anarquismo -, el progresismo es una de las herencias del convulso siglo XIX.
En 1835, durante el periodo de regencia de María Cristina (1833-1840) y en plena guerra contra el alzamiento carlista, la administradora regente se ve forzada a hacer una serie de concesiones al sector liberal para garantizar la estabilidad del régimen. Es entonces cuando Juan Álvarez Mendizábal, un comerciante de raíces humildes que participó activamente en la Guerra de Independencia contra el imperio napoleónico, funda el Partido Progresista y se convierte el hombre fuerte del gobierno, primero como presidente del Consejo de Ministros, y luego como ministro de Hacienda.
Así, bajo la etiqueta de progresista, se articulará un proyecto político basado en el ideal del ‘progreso’. Pero si para los primeros liberales que sacaron adelante la Constitución de Cádiz de 1812 entenderían el progreso en contraposición con el retroceso con el que juzgaban los regímenes absolutistas, a partir de la escisión entre moderados y progresistas dentro del Partido Liberal el progresismo identificará como una teoría social que preconiza la mejora del estado social y moral del país.
Poco a poco, y durante el transcurso del siglo XIX, el concepto de progresismo se hace indisociable de una idea de la que no se desatará del todo hasta el día de hoy. Es la idea principal del siglo XIX, y la que dibujará la concepción antropocéntrica del mundo, que dice más o menos lo siguiente: todo lo que existe de forma ‘natural’ en la Tierra son elementos a disposición del hombre para el beneficio del hombre (porque el mundo del siglo XIX es principalmente un mundo de y para los hombres).
Es la era de la industrialización, de la explosión de la ciencia como verdad universal que viene a destronar un mundo de religión y supersticiones. No se sabe, aún, ni que los recursos de la Tierra son limitados, ni se conocen tampoco los peligros asociados al mundo industrial.
El progresismo nace como el ala izquierda de los liberales, pero también compartirán esta cosmovisión productivista del mundo Karl Marx y Friedrich Engels, y, con ellos, casi toda la tradición intelectual marxista que se formará durante las primeras décadas del siglo XX.
El joven ‘progre’ español durante las décadas de los 70 ‘y 80’
Un siglo y medio después de que el concepto de ‘progresista’ llegara al vocabulario político de todos, una nueva figura – también principalmente masculina – dará un nuevo sentido al concepto.
Durante los últimos años de la vida de Franco y también durante la década de los ochenta y noventa, el progresismo se concreta en algo más cercano, más definido por las circunstancias específicas de la historia española.
Aunque la idea del progreso sigue siendo inseparable de la idea económica que pregona que solamente será posible ‘avanzar’ hacia un mundo más justo si las economías globales crecen de manera constante en términos macroeconómicos – siguiendo el rastro de pensamiento del siglo XIX -, el ‘progresismo’ se entiende mejor en términos culturales. Como ocurría con los primeros liberales que se oponían al Antiguo Régimen, el ‘progre’ representa la voluntad de enterrar un pasado oscuro para construir un futuro más luminoso, justo e igualitario.
La figura del progresista se vincula hasta cierto punto a la del intelectual. Son en la mayoría los jóvenes universitarios y no los trabajadores industriales los que forman parte de esta nueva vanguardia. Los progresistas, al igual que sus antepasados, se sitúan ideológicamente a la izquierda del arco parlamentario, pero siempre dentro de aquellas fuerzas que, ante la dicotomía presentada por Rosa Luxemburgo entre ‘reforma o revolución’, optan por la primera opción. Así, el progresismo se identifica con la tradición socialdemócrata, y poco a poco va cogiendo el tono verde de un discurso que modificará por completo el sentido originario de ‘progreso’.
El progresismo hoy: un giro de 180 grados
¿Por qué ser progresista hoy no tiene, en esencia, nada que ver con lo que tenía hace cuarenta años?
Primero, porque desde una sensibilidad de izquierdas – progresista – no es posible seguir asumiendo el dogma del crecimiento económico sin tener en cuenta los costes que van asociados.
El ecologismo ya no es un movimiento político residual de una burguesía posmaterialista: es una exigencia política, es el vector más importante que debe determinar la política mundial en los próximos años. Es el principal problema que enfrenta la humanidad hoy en día. Por lo tanto, si el progresismo siempre se había basado en la expansión material fruto de la extracción y la transformación de los recursos naturales, ahora esta lógica se ha invertido: el progreso no implica crecer de manera desenfrenada, sino hacerlo de manera sostenida, o, incluso, decrecer. El ‘progreso’ no es ‘hacer más’, sino ‘hacer menos’.
Además, a partir de esta realidad, hay otro elemento asociado que también ha cambiado. Si el trabajo era la clave del progreso, y, por tanto, lo que daba sentido a las vidas de aquellas personas que querían construir un futuro más justo por sus hijos e hijas, ahora ha perdido parte del peso que tenía en esta ecuación.
Es obvio que el trabajo sigue siendo fundamental en nuestras sociedades – sobre todo si no se ha nacido rico -, pero cada vez más un nuevo valor va situándose en el centro: el tiempo. Tiempo para decidir qué hacer con la vida de uno mismo, principalmente. Así, el progreso de hoy busca expandir el tiempo de las personas, y esto pasa, precisamente, para repartir el trabajo y reducir la jornada laboral.
Un viraje total en concepto de ‘progresismo’. Aunque, también se podría decir que, en el fondo, las cosas no han cambiado tanto. La persona que se identifica con la etiqueta de progresista sigue creyendo en la necesidad de construir un mundo más justo e igualitario. Es tal vez el mundo que ha cambiado.


4 comentaris
Parte del contenido de ésta página ha sido publicado en otra: https://www.lamarea.com/2020/12/17/que-significa-ser-progresista/
No hay otra manera de ser progresista que aceptar los sucesos tal como vienen. Y si alguna posibilidad hay de modificar su curso, hacerlo de tal modo que la modificación devenga en provecho nuestro y no en detrimento.No se es progresista adelantándose a los tiempos en el modo de interpretar los hechos sino en la forma de adaptarnos a ellos. Adaptarnos a nuestro tiempo es hacerlo nuestro, pues no tenemos otro. Ningún otro tiempo fue mejor que el nuestro, pues no hay ninguno que no haya sido crítico. Estar en crisis es ser actual y superarla lo es aún más; pero como el término de las cosas no es previsible, es imposible superar una crisis sin entrar en otra, y así indefinidamentemente. La razón de ello es porque no hay obra humana que sea perfecta, porque la perfección, que es imposible, supondría la inmobilidad, y eso sería la muerte.
*inmovilidad
Considero que el movimiento progresista actual, no solo ha ido afectando los valores de la familia y la sociedad, sino también que, en el afán de obtener una sociedad igualitaria por medio de difundir el criterio y pensamiento de quienes en su mayoría son jóvenes en conflicto existencial, han degradado a la sociedad de manera paulatina, lo cual continuará.