El anuncio de Salvador Illa como candidato a la Presidencia de la Generalitat por el Partido Socialista de Catalunya dejó a todo el mundo descolocado. Se puede argumentar – como así lo hacen sus rivales políticos –, que el impacto provocado por el anuncio del actual Ministro de Sanidad se debe principalmente al hecho de que desde la dirección de los socialistas se había afirmado, por activa y por pasiva, que Miquel Iceta continuaría siendo el candidato. Pero por mucho que este sea un elemento importante de análisis y que, ciertamente, no contribuya a aumentar la credibilidad general de los políticos (ya demasiado deteriorada) no es la razón principal de dicha estupefacción. La razón es otra, y solo se afirma con la boca pequeña entre aquellos que tendrán que competir el próximo 14-F: Salvador Illa es un claro candidato a presidir la Generalitat de Catalunya. Analizamos porque:
La evolución electoral del PSC
Los más jóvenes, aquellos y aquellas que se han socializado políticamente en la década del Procés, no recordarán los tiempos donde el Partido Socialista de Catalunya era la única fuerza política capaz de arrebatarle la hegemonía a la omnipresente Convergència i Unió.
En las elecciones del año 2003 el Partido Socialista de Maragall – entronizado por la historia reciente como símbolo del catalanismo progresista – fue la primera fuerza política en votos y consiguió 42 escaños. De allí salió el primero tripartido, el único gobierno formado por fuerzas de izquierdas y centro-izquierdas que ha habido en Catalunya. Una coalición que se repitió en las siguientes elecciones con Montilla al frente, pero, aquella vez, los socialistas pasaron de 42 a 37 diputados.
No fue un gran descenso, teniendo en cuenta lo que vendría. En las elecciones del 2010 los 37 ya fueran 28, y dos años después, y bajo la dirección de Pere Navarro, el PSC pasaba de ser la segunda a ser la tercera fuerza política del país con 20 diputados. Había empezado la década del Procés, y el PSC había perdido la centralidad que ocupaba pocos años atrás. Con Miquel Iceta se tocó fondo en 2015: 12 diputados, 4.ª fuerza del Parlamento. A pesar de que dos años después el PSC consiguió mejorar ligeramente sus resultados pasando de los 12 a los 17 diputados, se mantuvo en cuarta posición a mucha distancia del tercero.
Illa llega en un momento crucial, tanto de la política catalana, como de la historia de su partido, del cual forma parte desde hace 34 años. Como la inmensa mayoría de los políticos «tradicionales», Illa se inició en política en su municipio natal, La Roca del Vallès, del cual fue alcalde en dos periodos diferentes entre el año 1995 y el 2005. Ahora, aspira a convertirse en el President de todos los catalanes y las catalanas.
Salvador Illa, el político de la gestión
Todas las encuestas electorales hechas hasta el día de hoy quedaron inmediatamente obsoletas en el momento en que el actual Ministro de Sanidad anunciaba su candidatura a las elecciones catalanas del 14-F. Obviamente solo las urnas dirán las expectativas que está generado Illa son justificadas, pero si su elección se percibe como un acierto es porque se está considerando que Illa representa lo que Catalunya – o un sentir mayoritario de Catalunya –, necesita.
Los políticos no son aquello que ellos mismos, en su fuero interno, creen o quieren ser. Los políticos son aquello que proyectan, o, dicho en términos electorales, los políticos son aquello que representan. Cualquier político que haya sobrevivido en la profesión durante un largo periodo se habrá contradicho un buen puñado a veces. Esto es relativamente normal hasta un cierto punto. Los políticos fluctúan con la sociedad y con los cambios que en ella se producen. Así pues, el aparente acierto de la dirección del PSC con Salvador Illa seguramente pase por aquí: por haber acertado el candidato que mejor representa los tiempos que nos toca vivir.
Economía, pandemia y reconciliación
El futuro de la política catalana está determinado por dos vectores. El primero, el contexto global de pandemia y recesión económica. El segundo, y de carácter mas local, el conflicto entre Catalunya y España.
Con el inicio de la campaña de la vacunación se empieza a divisar el principio del fin de la pandemia. A pesar de que es bien sabido que todavía queda un largo camino para recorrer, la elección de Illa capitaliza parte de esta esperanza.
Durante este caótico 2020 la voz de Illa como Ministro de Sanidad ha transmitido una cierta imagen de tranquilidad y serenidad que, paradójicamente, ha conseguido elevarse por encima del alboroto y el oportunismo político de una derecha-extrema derecha descarrilada. No es casualidad que Illa conste cómo el segundo político del Ejecutivo de Sánchez mejor valorado. O, todavía más importante para la tarea que se le ha asignado, que sea el segundo político catalán con nota más alta solo por detrás de Oriol Junqueras. Recordamos que no estamos analizando si las medidas emprendidas como Illa al frente del Ministerio han sido o no acertadas, si no cuál ha sido la percepción de la población sobre estas medidas.
Pensando en clave catalana, Illa no sufre el desgaste indirecto de aquellos dos aspectos de la política española que afectan el electorado catalán: la política represiva hacia los presos políticos y el sapo en que se ha convertido el rey emérito, figura radiactiva que solo hace que convencer a los más dubitativos sobre la imposibilidad que España devenga una democracia pura.
Con relación al segundo punto – el conflicto catalán –, y aunque todo que lo pueda hacer o dejar de hacer todavía está por ver, el relevo de Iceta tiene un importante carácter simbólico. Iceta no ha podido desvincularse de aquella fotografía con Arrimadas y Albiol ante el Tribunal Constitucional del año 2015, cuando presentaron un recurso contrario a debatir la posibilidad de realizar un referéndum en Catalunya. Una imagen que quedó del todo consolidada cuando, en diciembre del 2017, participó en la manifestación «unionista» organizada por Sociedad Civil Catalana acompañado, también, del Partido Popular y C’s.
La elección de Illa le permite al PSC deshacerse de un imaginario que lo vinculaba directamente con la derecha española, y lo hace en un contexto donde la sociedad catalana muestra síntomas evidentes de cansancio con la política y la retórica processista.
Los tiempos que vienen parecen ser tiempo de gestión: gestión sanitaria que nos lleve a una nueva normalidad, gestión económica de los fondos europeos que tendrán que salvaguardar de la miseria un país que es cada día más desigual, y gestión de la justicia emocional del conflicto catalán a través de los indultos a los presos políticos.
Illa representa, por parte del PSC, una figura capaz de gestionar estas tres demandas. Ahora bien, tal como nos enseñó Platón, las imágenes que se proyectan no tienen porqué reflejar la realidad. De momento, pero, con la elección de Illa, el PSC ha conseguido algo muy preciado para cualquier organización que tenga unos objetivos determinados que requieran la aprobación de la gente: generar expectativas.

