El primer encuentro
Nos conocimos en Els Jardins de Sant Pau, un parque situado en el epicentro del barrio del Raval, en Barcelona. Localizado entre Nou de la rambla y la calle de Sant Pau. En el “parque verde”, como es conocido en el barrio, se pueden ver hoy personas que pasean a sus perros, jóvenes skaters, músicos del liceu, y turistas despistados. Cuatro años atrás, cuando nosotras nos acercamos por primera vez, se encontraban ahí también chavales migrantes y no migrantes que acabaron en la calle después de pasar por la tutela de la DGAIA (Direcció General d’ Atenció a la Infància i la Adolescència). En el parque verde, se podían ver chavales inhalando cola, jeringuillas usadas y demás parafernalia de consumo. También había un campamento de chatarreros que vivían en tiendas de campaña y gente sin techo que se había instalado en lo que parecía propiamente un asentamiento de desplazados dentro de nuestra “Ciutat Refugi”, como algunos la quieran llamar. Hoy ya no están. Los Mossos se encargaron de expulsarlos a otro punto no tan visible, bajo la excusa de la seguridad ciudadana.
Y ahí te vimos, en la entrada del parque, alto y delgado, nos mirabas con tus ojos verdes suspicaces y desorbitados, probablemente por la avanzada miopía. “¿Y quiénes sois vosotras?”- nos preguntaste. “Somos vecinas del barrio, y nos gustaría poder compartir este Ramadán con las personas musulmanas que viven en la calle”. A lo que tú nos respondiste sin concesiones “En la calle todo el mundo pasa hambre”. ¿“Y cómo te llamas?”- preguntamos nosotras. “Me llamo Moha durante el Ramadán y Escúchame durante el resto del año”.
Nos acercamos decididas a ti, pues desde nuestros prejuicios, nos pareciste la cara más amable del grupo. Queríamos romper esa frontera que significaba el parque para nosotras. Una especie de gueto marginado en el imaginario colectivo que marcaba las distancias entre aquellas personas que lo habitaban y el resto de vecinxs. Nuestro deseo era realizar un encuentro sincero y horizontal, a través de la celebración de iftars comunitarios en el mes de Ramadán.
Desde el primer momento nos hiciste sentir de alguna manera acogidas y seguras en un espacio que no era el nuestro y que, a todas luces y visto desde fuera, resultaba tremendamente hostil. Sabemos que no somos las únicas, en la calle también te habías ganado el respeto, la confianza y el amor de muchas personas que se encontraban a tu alrededor tanto en tus mismas circunstancias, como en otras más privilegiadas. Pues tenías una habilidad sorprendente para ganarte a las personas por allí donde pasabas, y eso, todo hay que decirlo, a pesar de tu mecha corta. Tu pronto, al igual que tú, también era bien conocido por cualquiera que te hubiera tratado de cerca.
El parque verde, un campo de refugiados
“Recuerdo el primer día del Ramadán, nos plantamos allí con una mesa coja, que nos prestaron los chatarreros, sobre la cual pusimos la sopa, los dátiles y el pan. Volvimos a acercarnos a ti para que vinieras a comer. Al ver nuestra mesa, las pocas manos y la cantidad de gente esperando su plato, nos dijiste: “Ni loco, esto parece un campo de refugiados”
La cotidianidad de la vida en el barrio nos unió. Eras el vecino que nos encontrábamos cada día volviendo a casa, solo que hasta entonces habías sido invisible en nuestras vidas. Eras una persona dulce, como el café que tomabas bajo ese rayito de sol en Nou de la rambla, sentados en el escalón de un portal cualquiera. La puerta de madera medio destartalada, pero robusta. Con todas las marcas que el tiempo ha ido dejando y que le otorgan ese encanto de un recorrido vivido, de una historia. Recordamos las conversaciones contigo, un aire fresco, tranquilidad en nuestras palabras; nos hablabas de tu pueblo, al lado del mar, en Marruecos, donde querías regresar algún día. Probablemente, fue en ese momento en que nos atrapaste de alguna manera. Ese momento de charla distendida, de proximidad entre tu realidad y la nuestra, tan distantes y a la vez tan cercanas en nuestra cotidianidad.
Nuestra presencia consciente en el parque iba acortando esa distancia que teníamos al principio a tu realidad desconocida. Lejana a nosotras. El día a día, las relaciones que creamos y forjamos en el parque, e incluso los conflictos que vivíamos allí dentro nos iban ilustrando la verdad de la calle, la violencia policial y la manipulación de los medios. Afortunadamente se nos fueron sumando más vecinxs e incluso entidades del barrio que habían oído o visto en los medios lo que hacíamos. Aunque hay que decir que no todo lo que salió en los medios fue positivo. Un día, se acercó Javier Negre, periodista contratado por El Mundo, con aires de director de cine decidido a crear su escena. Fuimos testigos cuando colocó sus cámaras delante de la cara de los chicos y sin permiso se puso a grabar para crear un conflicto. Incluso llegó hasta el punto de pagar dinero a algunos chicos para que elaborarán un relato a su favor, logrando así crear propaganda electoral para el PP, pues estábamos en campaña electoral a la alcaldía de Barcelona.
El parque era parque y era frontera. Era una realidad paralela donde la marginalidad del abandono institucional estaba completamente expuesta a lxs vecinxs, a la policía, a las cámaras de los turistas, e incluso a cualquiera que quisiera alimentar el discurso de rechazo y estigmatización.
Si no estás roto, te rompes en la calle
Tuviste el trágico honor de ser el primero de una larga lista de personas fallecidas en la calle, según Arrels, concretamente 69 personas, 17 de las cuales, como fue tu caso, murieron directamente en la intemperie. Los datos sobre la problemática del sinhogarismo en la ciudad de Barcelona son alarmantes. Según la fundación Arrels, hay 4.845 personas sin hogar, de las cuales 1.064 duermen en la calle en la ciudad de Barcelona.
Tu muerte en la calle durante la ola de frío mostró, una vez más, ese espacio entre la realidad que nosotras conocimos contigo en la calle y las narrativas que dieron los medios. Una vez más se repetía el discurso culpabilizador sobre las personas que se encuentran en situación de calle. Se puso el foco en si decidiste ir o no en un momento dado a un recurso; pero no se habló nunca de la realidad de esos recursos, que nosotras conocimos muy de cerca a tu lado.
La red de recursos que ofrece la administración a las personas sin hogar no está pensada para responder a necesidades humanas. Es ineficiente. Los criterios de acceso y de estancia en esta red han sido definidos en un despacho, alejados de las necesidades y la realidad de las personas que viven en la calle. Si analizamos estos recursos de cerca nos damos cuenta de que no hay un interés genuino por dar respuesta a un derecho humano básico, la vivienda, más bien responden a una agenda política bien maquillada.
Recordamos esa noche, cuando abrieron el “albergue para la operación frío”. Te costó resignarte a dejar lo único seguro que tenías en ese momento, tu colchón, para probar suerte en la insegura alternativa que te ofrecía la administración. Había que desplazarse hasta la otra punta de Barcelona para hacer una cola que no te aseguraba una plaza. Solo aceptaste cuando una de nosotras se comprometió a vigilar tu sitio, tu lugar de vida. Y con la esperanza de poder acceder, nos fuimos para allá media hora antes de la apertura. Pero como tú ya sabías, y pese a que a nosotras nos costaba creerlo, finalmente no pudiste entrar. Igual que tú, había una larga cola de personas para tan solo unas pocas plazas de corta estancia. Muchas se quedaron en lista de espera. Paradójicamente, para poder entrar tenías que desplazarte y repetir esta hazaña cada día, si tenías la suerte de tener a alguien vigilándote tu sitio. Para nosotras éste fue el momento más crudo de desencanto con la red de recursos públicos. Si el tiempo y esfuerzo de cuatro personas no consiguió una plaza de unos días para un momento extremo de frío, imaginemos lo que puede conseguir una sola persona en situación de extrema vulnerabilidad: nada.
En general, los criterios de acceso y permanencia en redes que atienden la problemática del sinhogarismo resultan radicalmente excluyentes. Las circunstancias de quienes se encuentran en situación de calle son diversas y complejas y requieren de intervenciones, políticas y recursos acordes a esta diversidad. Sin embargo, el sistema trata a las personas sin hogar como a un colectivo homogéneo, cuando este es diverso, como la sociedad misma. En primer lugar, las políticas están diseñadas para un perfil masculino, solo, sin problemas de salud mental ni de adiciones; pero en la calle hay personas consumidoras, personas enfermas, las hay que tienen mascotas, hay parejas, personas jóvenes, mujeres… Y muchas de estas situaciones no están contempladas en el modelo de atención institucional, más allá de escasos recursos puntuales.
En la red de la administración cuesta entrar, pero cuesta más mantenerse, pues una vez se accede, uno no puede cometer ni un error. Este modelo parte de una lógica hipócrita donde la persona usuaria debe encajar en el recurso, en vez de crear recursos que se adapten a las personas. Muchas veces el acceder a estos recursos pasa por dejar la única red que se tiene, el único compañero o un lugar seguro. De esta manera, la red de recursos de asistencia a personas sin hogar deviene un desarraigo más.
El final evitable: la muerte por frío
“Recuerdo nuestro último encuentro en la esquina, me abrazaste y me dijiste “te quiero mucho mi niña”, con esa voz ronca y ese acento marroquí que se resistía en tus palabras a pesar de los años. Te dije “yo también Moha”, con prisas por irme a trabajar, sin dar a ese momento el espacio que hubiera merecido. Hoy lamento no habérselo dado, no habértelo dado”
Tu historia es la historia de muchas personas que no hemos llegado a conocer. Queremos que tu voz se oiga alto y llegue lejos. Para atender la compleja situación del sinhogarismo no sirven las soluciones temporales, pues es un problema estructural. Se necesitan medidas y soluciones definitivas y dignas; inversión y políticas decididas para garantizar recursos habitacionales adaptados a las circunstancias de cada persona, y la dotación de profesionales que dispongan del tiempo y los medios para atender dignamente a cualquier persona que se encuentre en la calle. Como dice Arrels, conseguir que una persona deje de vivir en la calle no se hace de la noche a la mañana. No es un tema que se resuelva con la acción policial, sino con atención social y políticas que garanticen derechos básicos.
Nos invade una tristeza enorme por tu muerte evitable, indigna, no merecida. La dureza de las circunstancias de tu pérdida duelen, y siguen resonando en nuestra memoria, pues son de una injusticia desoladora. Atisbamos tu luz, te vimos florecer y te vimos equivocarte. Admiramos tu fuerza, la de mantenerte luminoso en un contexto oscuro. Luchaste hasta al final, pero las circunstancias de la vida en la calle nunca son fáciles, y no se permiten los tropiezos. A pesar de todo, nos sentimos agradecidas de habernos encontrado y de haber andado esta parte del camino contigo. Seguimos echándote de menos a cada paso y llorando hoy otra vez tu pérdida. Tu legado es nuestra memoria. Moha, te honraremos, te celebraremos, lucharemos por visibilizar las circunstancias que llevaron a tu final injusto, seguiremos explicando tu historia a quienes no te conocieron, y no miraremos para otro lado. Lo que nos enseñaste no lo olvidaremos nunca, Escúchame: amigo.


