Alguna vez me han pedido un decálogo del paseante, y bien, siempre me he negado, porque para libros de mercadillo ya hay muchos y tampoco quiero ser una atracción de feria, es más, todos los textos de las Barcelonas siempre intentan recoger apuntes de cómo me muevo por la ciudad.
En esta ocasión sólo proporcionaré dos pinceladas. Si me veis por la calle, podéis pararme y hablar conmigo, así tendré menos esa sensación baudeleriana de ser un espía urbano ignorado por la multitud. Asimismo, creo que cada caminata tiene el don de ser como la primera, y esto incide en la forma de ver edificios, entramado urbano y los detalles del mismo.
Si hoy empiezo así es porque, en más de una ocasión, damos muchas cosas por supuestas y repetimos, sin querer, los mismos pasos. Hay infinitas formas de visualizar la casa del fotógrafo Gambús y sus aledaños, sin embargo, mis fotografías, clave en todas estas investigaciones junto a la observación directa sobre el terreno y la cartografía histórica, desvelan la redundancia de determinados trayectos y la desgraciada omisión de ciertos ángulos, un aviso sobre la imposibilidad de recoger el todo, o al menos la verificación de unas costumbres andariegas.

Si digo todo esto es por la casita de Aragón 586, adyacente a la finca de la frontera, sacudida durante todas estas historias personales por una cuestión nada baladí: la construcción de unos de los puentes para cruzar del Clot al Camp de l’Arpa. El amigo Meridiana 2021 colgó una foto de 1997 donde se aprecian estos restos pontificales, trazados entre 1964 y 1993, del bellísimo carrer Meridional hasta Aragó. Este desastre, además de separar dos barrios a priori unidos por una Historia en común, arruinó las paredes del inmueble y lo desmereció, algo recurrente en la Ciudad Condal, donde sin ir más lejos, el actual Ayuntamiento presume en Twitter de proteger el patrimonio por restaurar, al fin, el invernadero de la Ciutadella, cuando pasan olímpicamente de la estación científica del parque, no digamos de aquello de valor conservable en la periferia. Desde aquí queremos mandar un saludo a la cuenta tuitera de nuestro querido Consistorio, pidiéndole disculpas por las molestias causadas, subsanables con un poco más de escucha a la ciudadanía. Ánimo, confiamos en vuestra capacidad empática.

Volvamos al número 586, donde vivió hasta su muerte Adelina Vivó Mogas, hermana de la viuda de Gambús. Si Adelina se fuera con otro la perseguiría por mar, si por mar en un buque de guerra, si por tierra en un tren militar. No, basta de cachondeo. Adelina aparece poco en los periódicos, como todos nosotros. En diciembre de 1932 la Fundación de Jacinto Casas Colomer la premió por su virtud filial. El martes 22 de julio de 1969, justo después de la llegada del hombre a la Luna y de la aceptación del Emérito como sucesor de Franco, fue la protagonista de la sección de sucesos al fallecer tras una sobredosis de comprimidos, trasladándola al Hospital de Sant Pau, sin poder hacer nada por salvarla.

El resto de la familia Gambús Vivó corrió una suerte bien distinta. El vecindario de Meridiana 117 se mantuvo estable durante decenios, sujeto a los negocios de los bajos. En el primero primera residió Domènech Castells, propietario de la Farmacia. El primero segundo era para el fotógrafo Salcedo, mientras en este piso el tercero correspondió a Carles Gambús, hijo del retratista y dentista de profesión. Durante muchos años la estructura familiar de protección fue irrompinle. La viuda Francisca se erigió en materfamilias, mientras su hija Josefina, conejito de indias para algunas instantáneas del padre, recibió la sana influencia de la banda de música martinense y consiguió un hermoso lugar en el mundo como profesora de piano y solfeo en Castelló d’Empúries, donde amplió su labor en el campo escolar hasta ser homenajeada hace poco con una plaza en la localidad.
Quedarían dos nombres más para completar el retablo. Uno de ellos sería el del arquitecto Rivera Quadreny, quien nos dará mucha vida al ser poseedor, como vimos la semana pasada, de varias parcelas en la cercanía. El otro es una sorpresa, quien sabe si vinculado de algún modo con Josefina Gambús, porque estas crónicas, y me enorgullezco de ello, tienen algo de Patrick Modiano en la capital de Catalunya, algo normal por el afán de curiosear en nombres, calles, rincones para dar luz a tantos relatos olvidados.

Martí Cufí era hijo del carnicero de Castelló de Empúries, y según los recuerdos del periodista Josep Carles Rius vivió en Meridiana 117. Del negocio paterno saltó al seminario de Girona, donde se familiarizó con utensilios de tortura, espero nadie se ofenda, de la iglesia católica, romana y apostólica, tales como cilicios, fajas metálicas con púas, camisetas de piel de cabra o muñequeras con ganchos.
Ya en Barcelona, trabajó en el zoo, con tanto esmero como para cuidar del leopardo Rimsky, resucitado por los cariños de su gata a lo largo de 1974. El felino fue famoso en el barrio, adorado por grandes y pequeños, pero cuando creció tuvo que ser retornado a esa cárcel exhibicionista de animales, y quizá por complicidad Martí Cufí modificó su modus vivendi y de 1978 a 1998 fue una de las grandes estrellas de la Sala Bagdad con su número consistente en clavarse un gancho en el prepucio, pesadísimo al sostener una campana de veinte quilos. El show de Cufí, reconvertido en el faquir Kumar, concluía con su miembro en plan estelar, de fuerza descomunal al tirar de un sillón de dentista con algún voluntario encima.
Y luego dirán que no hay cosas de collons. En fin, la casa del fotógrafo Gambús y sus cercanías esconden más misterios y pequeñas minucias significantes. Durante este tramo de la ruta por la Meridiana he aludido alguna vez a cómo no deja de ser significativa la cronología de la urbanización del entorno. La zona de Bofarull con Valencia, a escasa distancia, sufrió obras de pavimentación hacia 1933. En cambio, el sector de la Meridiana hacia Glorias se mantuvo a la expectativa de transformaciones, aprobadas durante ese periodo, hasta la posguerra, cuando se ambicionó dar a la avenida su habitual horror de tráfico y polución. En medio de los coches, la manzana de Gambús constituía una rareza de antaño, a reivindicar en el intento de enseñar otra narración de estos barrios tan dejados de lado en aquello de mejorar la vida de sus ciudadanos y respetar la riqueza de sus identidades.


2 comentaris
Me da pena que hayas desaparecido de facebook pero, ya ves, te sigo leyendo. Un abrazo.
Rosa Gabriel, la viuda de Carlos Gambús, con su hijo Santiago Gambús Gabriel y su nuevo marido, continuó viviendo en esta casa hasta pasados los años 2000. Yo soy su nieta, Anna Gambús, y aún recuerdo la casa de mi abuela con mucho cariño.