Volvamos al jueves por la tarde. Los corredores saludaban y, justo detrás, los cobijaba una de las fachadas del templo de templos en uno de los lugares más ateos del Viejo Mundo. De repente, como si me poseyera el misticismo del arquitecto, tuve una visión metafísica y comprendí que la Sagrada Familia es nuestro equivalente a Las Vegas.
Aquí tens la versió en catalá
Al levantarme esta mañana procedí a repasar mis últimos artículos de las Barcelonas, más que nada por un insano miedo a repetirme, pero este año una de las grandes operaciones del Ayuntamiento de Jaume Collboni consiste en meter a la Sagrada Familia en todas las salsas, con lo cual es normal caer en su trampa, no tanto de hechizo, sino de mendacidad ciudadana e intelectual.
La causa de volver a escribir sobre la mona de pascua, porque cada vez me convence más definirla con tanto sarcasmo, apareció el jueves por la tarde, con motivo de la presentación de los equipos del Grand départ del Tour de Francia, ese exitoso evento que los medios oficiales debían vender a bombo y platillo, hasta el punto que el sábado, mientras se disputaba la etapa, una de ellos ya publicó un texto con el número de asistentes y el triunfo, eso sí, de la postal.

La cartulina que antes se mandaba a los amigos cuando viajabas es la clave. Como bien es sabido BCN, que no Barcelona, desea desde hace decenios, eso, una imagen urbana capaz de encajarse en un recuadro con suficiente prestancia como para definir la idiosincrasia a vender. Esto último es fundamental, pues no se trata de lo que es, más bien de un producto a ofrecer a los visitantes.
Volvamos al jueves por la tarde. Los corredores saludaban y, justo detrás, los cobijaba una de las fachadas del templo de templos en uno de los lugares más ateos del Viejo Mundo. De repente, como si me poseyera el misticismo del arquitecto, tuve una visión metafísica y comprendí que la Sagrada Familia es nuestro equivalente a Las Vegas.

Había dado vueltas en torno a tan apasionante cuestión desde hacía años. Quizá los más fieles lectores recordarán unas reflexiones de hará unos años sobre cómo el espacio de la Basílica o el de la Rambla son parques temáticos al aire libre. Si no retuvieron en la cabeza tan fascinante meditación les recomiendo bucear en la hemeroteca de Catalunya Plural. Pues bien, a la exclusión de la ciudadanía de esas ubicaciones, pues se copan de turistas enloquecidos sin criterio alguno a partir de su gusto inducido y homologado, se añade haber encontrado al fin un escenario que es uno y trino, cristiano y sobre todo pagano, hortera y ante todo vistoso para nuestros actuales gobernantes, emocionados con identificar más si cabe a Barcelona con sus dos axiomas de Messi y Gaudí.
Perdido el argentino, reemplazado por el Barça y Lamine, siempre nos quedará el barbudo iluminado, de quien, como vimos hará no tanto, importa poco o nada su labor creativa. Lo esencial es prostituir su legado para sacar enormes beneficios económicos sin repercusión para el habitante de la capital catalana, asimismo convencido de lo maravilloso de residir en un sitio con alquileres disparados y una cultura propia muy de diván argentino al oscilar entre el guayismo de la calle, muchos se creen el estereotipo comercial, y los complejos infinitos del conjunto, encarnados como nadie por los que mandan.

De hecho, no es de extrañar que uno de los mensajes más repetidos a lo largo de este año sea que la Sagrada Familia es el templo más alto de la Cristiandad, tema que retrotrae a la mentalidad local y a los pensamientos de Josep Pla, para quien uno de los horrores del Eixample era constatar cómo no se igualaba la altura de los inmuebles porque cada propietario quería mostrar tenerla más larga que el vecino.
Esta medición de miembros, un sacar pecho grotesco si se viaja y se observa desde fuera, alcanzó uno de los grandes esplendores recientes entre el Papa y las bicicletas, que sin duda son para el verano, pero así si se quiere público sería deseable algo menos de calor, si bien queda estupendo vender ese millón de asistentes, unidad de destino en lo universal barcelonesa desde la manifestación del once de septiembre de 1977.

A ver, recapitulemos mediante el hermoso recuerdo de tantos hitos para la Historia de la Humanidad contemporánea. En junio Gaudí irrumpió en los cielos a través de los drones, pletóricos al hilvanar la figura del genio, que hasta, siendo un soso de narices, sonrió para que el mundo nos mirara embobado. Primer l’amor, després la técnica. Claro que sí, guapi. Lo mismo barruntaban los cantantes desalojados cuando querían protestar y quién sabe si millares de barceloneses, fastidiados por las restricciones de movilidad.
Al día siguiente el piromusical, que siempre es un indicio de Las Vegas, tuvo presencia en las portadas de muchos periódicos occidentales, quienes no hablaron del escaso rédito para el votante condal de todo el asunto, además de la quiebra de la cotidianidad, más contundente con el Tour y algunas efemérides divertidas que pocos retendrán, como un anuncio de neumáticos donde la marca de los mismos afirmaba compartir algo sagrado con los peatones: la familia.

Lo cutre de ese ingenio, que, en realidad, sintetiza bien la inteligencia de esta última Barcelona, desde luego no es tan sagaz como el silenciar protestas de trabajadores municipales en huelga desde hace meses, sin atisbo de recibir audiencia por parte de su señoría Collboni. El alcalde olvida a los empleados de proximidad, así como a los bibliotecarios en un festival de diálogo, bien tapadito por las maniobras de escapismo, pues bien es sabido que lo que ocurre en Las Vegas se queda en Las Vegas, máxime si hay focos con las luces rotas, ergo indeseables a la vista del gran público.
Este asume los delirios arquetípicos del complejo de inferioridad, sin apenas preguntarse si todo esto tiene sentido, en especial cuando vivimos una saturación turística indecente y se habla más bien poco del gobierno interno de Barcelona. Cuando has asegurado la presa, en este caso los foráneos de visita, se agradecería un arremangarse para favorecer a los ciudadanos, que al fin y al cabo son aquellos que pagan impuestos y cada día transitan por unas calles cada vez menos suyas bien sea por ocupaciones de guiris, expulsiones desde los mal llamados expatriados o la invasión mediante eventos que, desde luego, no mejoran sus existencias. Viva Las Vegas.

