Astiberri Ediciones publica la novela gráfica Aquí donde estoy, con guion de María Castro Hernández y dibujo de Tyto Alba, que revive los recuerdos de juventud de Gabriel León. Galardonada con el Premio Memoria Histórica Splash 2026, la obra rescata el valor de los testimonios humanos en los episodios más cruentos de la Guerra Civil española durante la Batalla del Ebro.

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Federica Montseny (1905-1994) fue ministra de Sanidad durante la Segunda República, y se convirtió en la primera mujer en ocupar un cargo ministerial en España y una de las primeras en Europa. Apenas estuvo seis meses al frente del Ministerio, entre el 4 de noviembre de 1936 y el 17 de mayo de 1937, aunque se la recuerda por su ambición en los proyectos impulsados, en consonancia con su activismo anarcosindicalista desde que se afilió a la CNT en 1931. El devenir de la guerra, junto con sus escritos y posicionamiento político, la llevó a un inevitable exilio a Francia. A ella se le atribuye la frase: «¿Diecisiete años? Pero si todavía deben tomar el biberón», cuando vio el aspecto de las levas de la primavera de 1938 en el territorio que aún controlaba la España republicana.

Tras los sangrientos enfrentamientos internos del bando republicano en Barcelona (conocidos como «los Hechos de Mayo de 1937»), el gobierno del socialista Francisco Largo Caballero cayó y Juan Negrín asumió la jefatura del Gobierno, lo que dejó a los ministros anarquistas fuera del gabinete. Un año después, en abril de 1938, la República se encontraba amenazada por las tropas de Franco, que habían conseguido partir en dos el territorio republicano al llegar al Mediterráneo. Negrín tomó una medida desesperada: movilizar a la Quinta de 1941. Eran chicos nacidos en 1920 y 1921 a los que legalmente les faltaban tres años para hacer el servicio militar; en la práctica, eran niños de diecisiete y dieciocho años a los que la infancia se les terminó de un plumazo.

Se estima que fueron llamados a filas más de 30.000 adolescentes. La crónica popular cuenta que la histórica líder anarquista Federica Montseny, al ver las hileras de soldados imberbes, flacos y asustados concentrados en Barcelona, exclamó, rota por la pena, esa célebre frase que acabó bautizándolos para siempre como «la Quinta del Biberón». El mote, agridulce y trágico, cuajó de inmediato en la calle y en las trincheras, aunque la propaganda oficial prefiriera llamarlos falsamente «los bravos y heroicos muchachos». Sin apenas tiempo para aprender a disparar o a asimilar la disciplina militar, estos jóvenes fueron enviados directamente al frente.

La Batalla del Ebro no fue un combate más de la Guerra Civil; fue el auténtico punto de inflexión del conflicto. Entre julio y noviembre de 1938, el curso bajo del río se convirtió en un escenario de pesadilla que abarcó desde la Tierra Alta, en el oeste de Tarragona, hasta Mequinenza, en Zaragoza. Para entender su magnitud, solo hay que mirar los datos: fue, de lejos, la batalla que más soldados movilizó, la que más tiempo duró y una de las más salvajes y sangrientas de los tres años de guerra. Ambos bandos sabían la importancia del conflicto y lo que supondría una derrota, lo que dejo un saldo estremecedor de más de 20.000 muertos y cerca de 60.000 heridos en total. Para la República fue un duro golpe, al perder allí a sus mejores hombres y casi todo su material bélico, dejando así indefenso el territorio.

Lo que se decidió en el Ebro durante esos cuatro meses de infierno fue, ni más ni menos, el final de la propia Guerra Civil. Tan solo dos meses después, en enero de 1939, las tropas franquistas entraban en Barcelona sin apenas resistencia. El destino de la guerra estaba sellado. Ese camino prácticamente libre para el ejército alzado se había conseguido gracias a los bombardeos diarios que soportaron los republicanos, con una abrumadora superioridad aérea que al final fue decisiva. La Quinta del Biberón no peleaba por ideología; la inmensa mayoría iba por obligación legal. Su resistencia fue titánica, pero el coste humano resultó devastador: miles de ellos jamás regresaron a casa, y los que sobrevivieron se enfrentaron a los campos de concentración franceses o a las prisiones del franquismo. Los más afortunados tuvieron que realizar un servicio militar durante cuatro años una vez acabada la contienda.

Ese fue el destino de Gabriel León Honrubia (1920-2021), superviviente de la Batalla del Ebro y de la mítica leva, quien es el protagonista absoluto de un corto, de un documental y de la novela gráfica Aquí donde estoy (2025), con guion de María Castro Hernández y dibujo de Tyto Alba, publicada por Astiberri Ediciones. La obra acaba de ser reconocida con el Premio Memoria Histórica Splash 2026 otorgado por el Ayuntamiento de Sagunto, un galardón que se entregará en la XIII edición del Festival de Cómic que se celebrará en dicho municipio, del viernes 20 hasta el domingo 22 de noviembre.

El título en las tres obras citadas hace referencia a la frase que usaban los soldados en sus cartas para ocultar su posición real en el frente: «… Aquí donde estoy…», como se documenta además en algunas de las cincuenta y cuatro cartas que guardaban Gabriel y su familia, las cuales intercambiaron durante su intenso alistamiento, y que ahora constituyen un testimonio de gran valor histórico. El origen de este destacado proyecto de divulgación de la memoria histórica surge en 2019 cuando la escritora María Castro descubre que el tío abuelo de una amiga suya fue «biberón» y que todavía estaba vivo. 

Después de concertar una entrevista con la familia, sin mucha esperanza debido a lo avanzado de su edad, descubre afortunadamente a una persona muy vital y con un gran sentido del humor, una memoria prodigiosa y ganas de explicar su experiencia personal. Y no solo eso: Gabriel también se apuntó a las visitas a los lugares donde tuvo lugar la Batalla del Ebro, proceso recogido en los documentales y en la novela gráfica. En esta última aparece un coprotagonista inesperado que hace de contrapunto a la figura clave del relato. Castro le preguntó a su hijo adolescente, estudiante de bachillerato, si quería acompañarla a conocer a Gabriel, y este aceptó encantado. En el cómic, el lector asistirá perplejo a una escena que muestra cómo se explica la Guerra Civil en las aulas en la actualidad y la actitud burlesca de algunos de los estudiantes del grupo ante la historia que vivieron sus abuelos.

El joven tenía en ese instante la edad de Gabriel cuando fue llamado a filas. Las charlas de los dos, recogidas en la novela gráfica, nos presentan a un anciano cuerdo, no vengativo —aunque hable de los fachas sin amargura—, pero sí con un mensaje claro y alto: el mensaje de que las guerras no sirven para nada. Esa personalidad resiliente y moral se aprecia también en algunas de las anécdotas que cuenta, como cuando vio a uno de sus amigos de la infancia huyendo de él por tratarse del hijo de un capitán franquista, y tuvo que perseguirlo para que, al alcanzarlo, le pudiera decir que se tranquilizara, que él no lo iba a matar. No se podía imaginar en ese momento que cambiarían las tornas poco después.

Se calcula que el 40 % de sus compañeros murieron en aquellos meses. Como muestra de la poca preparación o de las condiciones en que luchaban, Gabriel explica las muertes por fuego amigo provocado por la oscuridad o por las decisiones improvisadas de los mandos, aunque destaca sobremanera la muerte de un joven que quitó la anilla de la granada y no la lanzó porque se dio el alto el fuego; se acostó con ella en la mano y esta estalló a los pocos minutos, quizás al descuidarse. Todo ello es dibujado por Tyto Alba de forma respetuosa, enfocando las viñetas en los verdaderos protagonistas de la contienda, que no eran más que esos jóvenes que llamaban a su madre a gritos cuando eran alcanzados en medio de la batalla. La atmósfera opresiva por la tensión, el frío o la falta de visión se muestra de forma magistral, alternando los escenarios con la actualidad y humanizando a Gabriel con sus pequeñas muestras de sentido del humor.

La guionista María Castro comenta en las entrevistas que quizás esa determinación y ese sentido del humor fueron los que lo mantuvieron vivo durante la batalla y en silencio después de la guerra, emulando la idea de que el hombre tiene que buscar un sentido que lo saque del trauma. Esa es una de las conclusiones a las que llegó el psiquiatra austríaco Viktor Frankl (1905-1997) y que expuso en su reconocido ensayo El hombre en busca de sentido (Ein Psycholog erlebt das Konzentrationslager, 1946), disponible en castellano gracias a la Editorial Herder, que tradujo directamente el título de la versión inglesa con la que se ha popularizado a nivel internacional (Man’s Search for Meaning), alejado de la traducción literal del alemán que significa Un psicólogo en el campo de concentración.

Frankl estuvo prisionero entre 1942 y 1945 en un total de cuatro campos de concentración (Theresienstadt, Auschwitz, Kaufering y Türkheim). Durante ese tiempo, su rol combinó el sufrimiento de cualquier otro prisionero con su vocación médica y psiquiátrica. Como el resto, tuvo que realizar trabajos forzados y sufrió desnutrición. Sin embargo, pudo dar atención psiquiátrica de forma clandestina a sus compañeros prisioneros. En esas condiciones extremas de deshumanización, observó algo fascinante y trágico: los prisioneros que tenían más probabilidades de sobrevivir no eran necesariamente los más fuertes físicamente, sino aquellos que tenían un motivo, un lazo con el futuro (un sentido) para seguir vivos. Frankl explicaba que, aunque los nazis podían quitarle todo a un hombre (su ropa, su pelo, su identidad, su comida), había una sola cosa que nadie podía arrebatarle: la libertad de elegir su propia actitud ante las circunstancias.

Gabriel León Honrubia es un buen ejemplo de esa actitud que lo ha mantenido activo durante un siglo, y ahora su testimonio queda recogido con un valor incuestionable, no solo por sus palabras, sino también por esas cartas que aparecen seleccionadas en la novela gráfica y que se antojan un verdadero tesoro documental. Aunque, para la guionista, resultó amargo un comentario de Gabriel cuando se dio cuenta del alcance que puede tener todo lo que le estaban grabando: «¿Y todo esto va a salir? A ver si van a venir los fachas a matarme», dando por hecho que todavía quedan personas que serían capaces de hacerlo.


Aquí donde estoy. Un joven en la batalla del Ebro
María Castro Hernández y Tyto Alba
Astiberri, 2025

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Jordi Ojeda

El Dr. Jordi Ojeda es professor del Tecnocampus (Universitat Pompeu Fabra).

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