En julio de 2025, en un plató de Telemadrid, Sílvia Orriols se negó a hablar castellano. Los presentadores, desbordados, cortaron la entrevista. El vídeo corrió por las redes y una parte nada despreciable del independentismo —gente que jamás votaría a Aliança Catalana y que se considera de izquierdas— sintió aquel cosquilleo familiar: les ha plantado cara. Una facha acababa de protagonizar el gesto de resistencia lingüística más celebrado del año. Y muchos aplaudieron.
Aquí la versió en catalá
De fondo está aquella convicción, tan arraigada que ya ni se formula, de que quien defiende el catalán ante un micrófono de Madrid es, por fuerza, de los nuestros. Que la lengua hace al hablante. Que la opresión se transmite por vía fonética. Pero ¿de dónde viene esta convicción? ¿Cuándo decidimos que hablar una lengua minorizada era un certificado de virtud? ¿Quién firmó el documento que establece que un pueblo oprimido no puede oprimir a nadie?
Durante décadas, el catalanismo progresista —y, sobre todo, el independentismo nacionalista— ha trabajado con una premisa cómoda: el catalán es una lengua perseguida, y quien la habla y la defiende ocupa el lado correcto de la historia. La premisa funcionaba mientras la extrema derecha hablaba castellano, llevaba bandera de España y se llamaba Vox. Pero Orriols ha acabado de reventar un guion que previamente ya habían empezado a hacer trizas Quim Torra y la tradición convergente.
¿Cuándo decidimos que hablar una lengua minorizada era un certificado de virtud? ¿Quién firmó el documento que establece que un pueblo oprimido no puede oprimir a nadie?
Orriols habla mejor el catalán que la mayoría de los diputados que la combaten. Y con esta lengua impecable explica que la inmigración es una «invasión», que hay que «salvar Cataluña» y que odia a España «como concepto», sin dudarlo. El gran reemplazo en un catalán de Fabra.
El problema tiene nombre filosófico: esencialización
La respuesta fácil sería decir que una lengua es una herramienta neutra, que sirve igual para pedir el pan que para redactar un manifiesto racista. Pero es falsa. El catalán arrastra un acumulado: una cultura, una memoria de persecución, unos valores depositados en siglos de uso compartido. El error empieza un paso más allá, cuando ese acumulado se trata como un patrimonio que se transfiere entero a cada hablante, como si la lengua vacunara.
Le hemos atribuido una esencia, la de víctima virtuosa, y de las esencias se derivan propiedades: el hablante hereda la victimización, y de la victimización se desprende el salvoconducto que aquí llamaremos «inmunidad lingüística», la presunción de que quien habla la lengua oprimida no puede ser, a la vez, opresor. Cada vez que un tertuliano de Madrid la ataca por su catalanismo, ella gana. Cada vez que la conversación se desplaza de la islamofobia a la lengua, ella gana. Su catalán excelente trabaja para ella, como un escudo.
La opresión, sin embargo, es una relación, y las relaciones tienen la mala educación de ser múltiples. El tendero de Ripoll que siente que Madrid lo ahoga fiscal y lingüísticamente puede ser, a la misma hora y en la misma calle, el vecino que quiere echar al marroquí del piso de al lado. La primera experiencia es real, y la segunda también. La interseccionalidad nació para pensar esto —Kimberlé Crenshaw acuñó el término en 1989—, y su lección incómoda es la contraria del uso habitual: si los ejes de opresión se cruzan, nadie vive en uno solo, y el catalanohablante minorizado puede ser a la vez propietario, hombre, blanco y autóctono. La lengua es un eje; el hablante, un cruce. Y precisamente porque la lengua carga valores e historia, hace falta este marco para recordar que el hablante carga muchas más cosas. Tomada en serio, la interseccionalidad disuelve la «inmunidad lingüística». Fanon ya lo había visto en los años cincuenta, cuando explicaba que el colonizado reproduce con facilidad la lógica colonial sobre quien tiene debajo.
Es infantil, también, porque implica ponerse una venda en los ojos, la salida de emergencia que ha encontrado una parte del independentismo, que afirma que Orriols sería una infiltrada, una agente del Estado con acento del Ripollès. Es el último recurso del esencialismo herido: cuando el sistema no prevé un caso, se inventa una conspiración antes que revisar el sistema.
Fanon ya lo había visto en los años cincuenta, cuando explicaba que el colonizado reproduce con facilidad la lógica colonial sobre quien tiene debajo
¿Y ahora qué hacemos? Podemos seguir cediendo a Orriols el monopolio del gesto lingüístico, mientras una izquierda acomplejada baja la voz por miedo a parecer identitaria. Podemos seguir respondiéndole en el terreno que ella elige, que es siempre el de la lengua y nunca el de la vivienda, los salarios o un programa económico de derecha neoliberal con barretina. O podemos asumir algo más incómodo: que defender el catalán y combatir el racismo ya no vienen empaquetados juntos por defecto, y que habrá que ganar las dos batallas por separado.
Porque el catalán sobrevivirá a Orriols, como ha sobrevivido a cosas peores. Por eso hay que hablar catalán. Con acento de Murcia o de Rabat, con los pronoms febles cojos, con palabras de contrabando, aunque sea imperfecto. O precisamente porque lo es siempre: la imperfección es lo que les pasa a las lenguas cuando van de boca en boca y se ensucian de vida. El catalán exquisito de Orriols es el de una vitrina. Una lengua solo llega a ser perfecta cuando ya no la habla nadie.

