Estamos en el año 2022. Los coches todavía no vuelan, las colonias en Marte son sólo un esbozo en la mente de un (¿genio?) chiflado, y el fin del hambre, las guerras y la desigualdad, siguen siendo el wishful thinking de actores y actrices de primera fila. En Catalunya, pero, el 2022 promete ser el año donde se empiece a invertir una tendencia que arrastramos desde hace ya muchos años. No diremos que será el año del «despertar», ya que esto implicaría abrazar el lenguaje new age que pone ciegamente toda esperanza en el futuro, pero ciertamente parece que hemos dejado atrás una etapa. En una década se ha pasado de la ilusión a la rabia, de la rabia a la desesperación, y de la desesperación al cinismo. Ahora, poco a poco, entramos en la (sana) etapa del realismo escéptico.
Este año se cumple una década de la gran primera manifestación del once de septiembre, aquella que tenía como lema «Catalunya, nuevo estado de Europa», y que aglomeró cerca de dos millones de catalanes y catalanas en la Gran Vía de Barcelona. Desde entonces, y hasta la llegada de la pandemia de la Covid-19, toda la energía mediática y gran parte de la energía libidinal de este país ha girado en torno al deseo de la independencia, construido en máquina electoral en lo que que se ha llamado «Procés».
En la primera etapa del independentismo toda la fe se puso en los políticos, proyectándolos como líderes salvadores de la Arcadia Feliz. De ahí se pasó a considerarles el mal de todos los problemas; los políticos se convirtieron en traidores. Y, finalmente, estos regresan al lugar donde deberían estar, el de representantes electos (trabajadores públicos) de los intereses de la ciudadanía.
El buen político, como decía Pla, debe ser una persona algo mediocre. Tiene que pensar más en hospitales, impuestos y carreteras, que en macroproyectos y en su propia biografía. Este último punto ha sido especialmente sensible en la última década, protagonizada, en gran parte, por personajes con el ego tan pequeño que necesitan reivindicarse constantemente a golpe de tuit.
Pero la nueva etapa del realismo escéptico ya se hace notar, por ejemplo, en los temas que consiguen un sitio en la agenda mediática. Que se empiecen a publicar artículos tan chocantes como el escrito en el diario ARA por la periodista Núria Orriols, que informaba cómo desde 2008 el Parlament de Catalunya se han gastado 1,7 millones de euros anuales en pagar a funcionarios que ya no ejercían ningún tipo de oficio, es una buena noticia. Que el debate de TV3 vaya más allá de la discusión identitaria y se centre en cuestiones de transversalidad real, como ha hecho el periodista Pere Rusiñol al desvelar la investigación policial que señala un posible caso de corrupción de la productora Triacom, a cargo de los programas” El Gran Dictat» y «Fish and Chips», es una buena noticia.
Porque «fer país» siempre había sido esto: preocuparse por la realidad del territorio para hacerlo menos corrupto, más eficiente, más justo, y más cercano a las necesidades materiales de la ciudadanía. Después de diez años de amnesia focalizada, toca limpiar aquellos rincones oscuros donde durante tanto tiempo han crecido telarañas.


1 comentari
Quizás Guillem el problema es que sólo leas el ARA, si le echaras un vistazo a El Triangle o a El Confidencial, te darías cuentas que la corrupción en los despachos de la Generalitat y Conselleries varias se lleva gestando desde que se crearon.
¿Qué el ARA haya cambiado de política supone un giro para toda Catalunya?, ¿en serio?.
De tanto mirarnos el ombligo al final cogeremos tortícolis.