Así describe Pere Foix la intervención de Peiró en una reunión clandestina en la calle del Olmo del distrito quinto de Barcelona, en presencia de Salvador Seguí y Àngel Pestaña, máximos exponentes del anarcosindicalismo catalán durante los años más intensos y convulsos de la guerra social y el pistolerismo (1917-1923). (FOIX. P. Apòstols i Mercaders. Tigre de paper. 2019. Pág 172-173.)
Nacido en la Barcelona obrera de finales del siglo XIX, Peiró creció en el barrio de Sants, aprendiendo el oficio en un horno de vidrio de la Bordeta. Con sólo 10 años trabajaba 13 horas al día por cuatro pesetas a la semana. Pronto tomó conciencia de las duras condiciones laborales de la clase trabajadora. Durante su primer paso por la cárcel, justo después de la Semana trágica (1909), se comprometió aún más en la lucha colectiva contra las injusticias económicas y sociales de la sociedad capitalista. Fue entonces, a los 22 años, cuando aprendió a leer y escribir entre barrotes, en “la universidad de los obreros”, como a veces recordaba Peiró.
De Barcelona se trasladó a Badalona donde vivió los años del mauserismo practicado por la Guardia Civil en más de una ocasión y la tragedia, poco divulgada, de la Huelga de la industria química Cros de Badalona (1918). Tras la Huelga de la Canadiense (1919) Peiró y otros dirigentes sindicales sufrieron la durísima represión de las cloacas de un Estado en crisis capaz de todo para salvar la Monarquía de Alfonso XIII, tal y como plantea Manel Domínguez: “I cuando el mauserismo no fue suficiente, la patronal y la policía crearon las bandas de pistoleros que funcionaban al margen de la ley. Quien salió perdiendo de todo, además y por encima de todo de los muertos y heridos y sus familias de ambos bandos, fue el movimiento obrero y, de rebote, la clase trabajadora, es decir, la causa en cuyo nombre se cogen las pistolas y los grupos sociales a los que dicen los pistoleros que quieren ayudar”. (DOMINGUEZ, Manuel. “El pistolerismo en L’Hospitalet”. Cuadernos de estudio, [en línea], 2011, Nº. 25, p. 87-125.)
El secretario y amigo personal de Peiró, Joan Manent, se manifestaba en la misma línea cuando hacía balance de los años de plomo (1917-1923), que enfrentó a los grupos de Defensa Confederales del Sindicato Único de la CNT, con la policía y los pistoleros del Sindicato Libre, que gozaban de protección e impunidad: “Constatamos que nosotros fuimos los grandes perdedores de aquella odiosa lucha que nos impusieron Anido, Arlegui, el gobierno de Madrid y el capitalismo catalán que costó a la CNT la pérdida de más de 300 militantes, entre los mejores”. (MANENT, Joan. Recuerdos de un sindicalista libertario catalán (1916-1943). Edicions Catalanes de París. 1976, p 224.)
La consecución de la jornada laboral de las ocho horas en el marco de las negociaciones de la Huelga de la Canadiense incomodó mucho a la Patronal y la Liga Regionalista de Cambó. La preocupación iba en aumento. En Rusia el sueño obrero se había hecho realidad (1917). La nueva estrategia sindical de acción directa con la formación de los sindicatos únicos de la industria y el aumento exponencial de militancia de la CNT, después del Congreso de Sants (1918), supuso un estímulo para las clases populares pero también reforzó el inmovilismo obstinado de la burguesía industrial que, a pesar de haber acumulado grandes beneficios empresariales durante los años de la Gran Guerra, veía peligrar su posición con el auge del movimiento obrero. La estrategia de la Patronal y el gobierno consistió en descabezar las cabezas visibles de la Confederación Regional del Trabajo de Catalunya, como ya se había hecho con las sociedades obreras en el último tercio del siglo XIX. «Entre 1918 y 1923 únicamente en Barcelona y su radio la cifra fue de 261 muertes». BALCELLS, Albert. Violència social i poder polític. Ed Pòrtic. 2001. Pág 18).
En 1919, los pistoleros del comisario Manuel Bravo Portillo mataron a Pau Sabater “Tero”, secretario del sindicato de tintoreros, uno de los más importantes del sector textil de la CNT.
Los asesinatos de los sindicalistas badaloneses, Joan Mongay (1920) y Eduard Alsina «en Cinto de la Palla» (1921) en manos de las bandas de sicarios dirigidas por Severiano Martínez Anido, gobernador civil de Barcelona, con el apoyo financiero de la Patronal, así como también los atentados contra del abogado laboralista Francesc Layret (1921) y Salvador Seguí, “el noi del sucre” (1923), por parte de los pistoleros del Sindicat Lliure conmocionaron a Joan Peiró que se vio obligado a tomar muchas medidas de seguridad, tal y como recordaba su guardaespaldas, Zacarias Esteban: “Siempre iba cuatro o cinco metros detrás de él y otro compañero a su lado para protegerlo. Nunca pasó nada” (MONTANYÀ, Joan. Joan Peiró i la justícia de Franco. documental. 2003).
El cierre temporal de fábricas (lock-out) por parte de los patronos, la ley de fugas y el “pacto del hambre” que dejaba sin trabajo a los sindicalistas más comprometidos obligó a muchos trabajadores a buscarse la vida en la clandestinidad, huyendo de los gangsters y la policía. Peiró fue uno de ellos: «lo encarcelaron en diciembre de 1920, lo llevaron a pie formando parte de una de las cuerdas de presos de la época hacia Vitoria donde permaneció, cerrado, hasta finales de 1921». GABRIEL, Pere/ DD.AA. Memòria de Joan Peiró i Belis. Ed. Galerada. Pág 16.
Tras salir de la cárcel Peiró se instaló en Mataró: “Peiró llegó a Mataró en 1922, y entró a trabajar en la fábrica de vidrio Juan, Estanyol y Cía. Ese mismo año se hizo cargo brevemente de la secretaria general de la CNT, cargo que volvería a desempeñar en 1928-1929. En la fábrica de Mataró se adhirió al proyecto de convertir el establecimiento en una cooperativa vidriera (…) La cooperativa, desde un marco local, actuó como laboratorio de ingeniería social desde el que Peiró proyectaba cotidianamente sus ideas”. GARAU, Miguel. Un reto desconocido de Joan Peiró y Belis. Círculos. Revista de historia cultural, nº 13, enero 2010, pp.201-220.
En Cristalerías de Mataró (1925), se estableció que el 20% de los beneficios irían destinados a obras sociales y a la creación de una escuela racionalista, para fomentar la emancipación de los trabajadores y el sentimiento del espíritu cooperativo.
Peiró, represaliado también durante la dictadura de Primo de Rivera, se alejó progresivamente de la vía insurrecional y la gimnasia revolucionaria que plateaban los faístas. Firmó el Manifiesto de los Treinta (1931), e incluso abandonó por un tiempo la CNT a la que volvió cuando estalló la Guerra civil (1936-1939). Desde una estrategia pragmática y gradualista Peiró creía que era necesario preparar la revolución y combatir el capitalismo desde sus entrañas, con el fomento de las cooperativas de trabajo ya que éstas ofrecían una salida laboral a la crisis económica de los años 30. Los talleres de vidrio y ladrillo todavía eran muy artesanales, sin demasiada inversión en maquinaria, sin el trabajo deshumanizado de otras fábricas donde se cosificaba la clase trabajadora en aras de la productividad. Se calcula que poco antes de estallar la Guerra civil, el 90% de la industria azulejera y el 37,5% de la vidriera era cooperativa.
En la actualidad, ¾ partes de las más de 4000 cooperativas que existen en Catalunya son de trabajo. En el contexto de crisis económica, cabe decir que gracias al cooperativismo se han recuperado empresas en bancarrota y se ha abierto una ventana de oportunidad para muchos jóvenes en paro.
En el período de Guerra Civil el gobierno de Largo Caballero (noviembre 1936 – mayo 1937) asignó a Peiró la cartera ministerial de Industria. Un efímero paso por la política de gobierno que asumió por responsabilidad más que por convicción junto a otros ministros anarcosindicalistas catalanes: Frederica Montseny y Joan Garcia Oliver. También silenciados por la historia oficial de turno. Vale la pena la lectura de Nosaltres, els sense nom (La Campana. 2022) del historiador Xavier Díez, que rescata del olvido una figura primordial del anarquismo ibérico, Joan Garcia Oliver (1902-1980).
Tras el paso por la política, Peiró regresó durante un año a la cooperativa de Mataró. A finales de 1938, el presidente Negrín le llamó para que se hiciera cargo de la Comisaría de Energía Eléctrica. Una vez más, Peiró asumió el encargo por responsabilidad. Faltaba poco para terminar la guerra y el inicio de su periplo en el exilio en Francia. Serrano Suñer, cuñado de Franco y simpatizante del nazismo, dio la orden de deportar a Peiró a España para recibir la misma justicia que el presidente Companys.
Este año, la bombilla del monumento dedicado a Peiró en el Patio del Café Nuevo de Mataró brillará de nuevo el próximo 24 de julio, fecha en que fue fusilado en Paterna (Valencia) por el ejército franquista en 1942, pero no lo hará con la intensidad suficiente para irradiar más allá de la inmediatez de este emblemático lugar del cooperativismo mataronense. Desgraciadamente, el homenaje a Peiró no abrirá ningún telediario ni será portada de sección de los diarios de máxima difusión en Catalunya ni en el Estado español.
Quizás hemos pasado demasiado tiempo con el cristal empañado, secuestrados por los ideólogos de la memoria políticamente correcta que han silenciado la gran contribución cultural, social y económica del movimiento libertario en Catalunya y en el Estado español. Recuperar del olvido Joan Peiró, 80 años después de su muerte y en el marco del centenario de su nombramiento como secretario general de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), no es sólo un acto de justicia para dignificarlo ante los silencios impuestos durante 40 años por el franquismo y los trueques de la transición a la democracia. También es un acto para poner el acento en la dimensión humana de Peiró.
El cristal habla de nuevo, sin vaho, para poner en valor la trayectoria de un hombre humilde, honesto, comprometido con la clase trabajadora y capaz de llevar su integridad y dignidad personal hasta el límite de su vida. Nunca abjuró de su ideal para incorporarse al sindicato vertical de la Falange tal y como le propusieron. Ni el descargo de 30 testigos de gente de derechas en su favor en el juicio, sirvió como atenuante para salvarle la vida. La sentencia ya estaba dictada antes del suplicio y el juicio.
La historia lo cambió, y él hizo lo posible por cambiar la historia ante la inmoralidad de quienes sólo pensaban en la ganancia y el lucro personal. El cristal de la historia nos habla siempre. Sólo se trata de que miremos a través de él para encontrar las herramientas que nos permitan construir un futuro mejor.

