A finales de los años 70 surge con fuerza el neoliberalismo, un movimiento que se impone como corriente de pensamiento y es secundado por las clases altas y las grandes empresas multinacionales. El neoliberalismo pretende debilitar la intervención reguladora del Estado sobre la economía y la política. Defiende el libre mercado, que las empresas puedan operar sin ser sometidas a controles y restricciones por parte del ámbito público y preservar las libertades individuales sobre el resto.
La desregulación del marco de control de los mercados y de las relaciones laborales hace que los empresarios gocen de mayor libertad para incrementar sus beneficios constantemente. Estas formas de hacer, conllevan una serie de consecuencias muy notables para la mayoría de la sociedad y que plasmamos a continuación.
De entrada existe una clara pérdida de la conciencia de clase a favor de comportamientos individualistas, insolidarios y no empáticos. La fuerza de los sindicatos se ve afectada, y es que el neoliberalismo potencia la externalización y la fragmentación del trabajo, erosionando la capacidad de organización sindical y complicando la negociación colectiva. Esto se traduce en una clara pérdida de derechos de la clase trabajadora, y es que la no organización de los y las trabajadoras puede deteriorar sus condiciones laborales convirtiéndolos en lo que hoy día conocemos como trabajadores y trabajadoras precarias. Los falsos autónomos que son privados de determinados derechos laborales y prestaciones sociales, los trabajadores fragmentados privados del derecho de negociación colectiva, los trabajadores y trabajadoras temporales, con contratos parciales y sueldos tan bajos que sufren riesgo de exclusión social o que directamente podemos considerar trabajadores pobres.
La irrupción de la digitalización en el mercado laboral, en vez de provocar un gran debate sobre qué es lo que aporta, de qué manera debe implementarse y qué procesos suplirá para construir un modelo alternativo al capitalismo, ha servido para camuflar y enmascarar bajo el término de economía colaborativa relaciones de explotación y precariedad laboral que es necesario regular para convertirlas en trabajos dignos.
El sistema capitalista ha ido evolucionando hacia el capitalismo global, donde las políticas neoliberales y los acuerdos de libre comercio inducen al consumo exacerbado, lo que ha generado también una acumulación de riqueza para las empresas sin precedente. Por ello, la globalización está comportando grandes desigualdades tanto entre países como entre las personas y dificulta la capacidad de los organismos e instituciones para crear políticas redistributivas que acaben con estas graves diferencias.
Actualmente, vivimos una crisis multidimensional: económica, social, climática, política y de ciudadanía, y es que estamos ante un contexto desafiante en el que las personas no tienen garantizadas sus necesidades básicas como el acceso a la educación, la vivienda y un trabajo que permita vivir con dignidad. Hay que abandonar el modelo económico donde el objetivo principal es la acumulación de capital y priorizar aquél que dé importancia al mantenimiento y cuidado de la vida. El sistema capitalista dividió a la sociedad en dos esferas claramente diferenciables, la productiva, remunerada, valorada positivamente y protagonizada mayoritariamente por hombres. Y la esfera reproductiva, no remunerada, invisibilizada y protagonizada por mujeres. Aquí vemos cómo el capitalismo no valora los trabajos de cuidados y propicia las desigualdades de género, pero todo esto sin tener en cuenta la gran contradicción del capitalismo, que no es autosuficiente por sí mismo, sino que está supeditado a la reproducción social.
La crisis sanitaria derivada de la Covid-19 y de los recortes anteriores en la sanidad pública, nos ha hecho replantear qué modelo de sociedad y de mundo queremos, por eso, no debe extrañarnos el concepto poscapitalismo. Ciertamente, ahora es el momento de apostar por un modelo económico y social donde en el centro estén las personas, y donde se produzca para satisfacer las necesidades de éstas, sin embargo de una forma responsable y sostenible, cuidando el medio que nos rodea y qué es esencial para preservar la vida. Siguiendo el ejemplo de otros países, desde el sindicalismo y la Economía Social y Solidaria (ESS) debe buscarse una alianza que persiga esta transformación de las relaciones sociales, introduciendo nuevas formas de gobernanza y basándose en un desarrollo económico sostenible que responda a todo lo necesario para mantener y cuidar la vida. Durante los últimos años ha habido un número importante de iniciativas de ESS, y es que aquellas que respetan los valores y el objetivo esencial de la ESS, se están posicionando como la alternativa viable y real al capitalismo.
El cooperativismo es una de las formas de ESS que está emergiendo con fuerza y una opción de emprendimiento colectivo que permite alcanzar riesgos que de manera individual quizá sea imposible, y donde las decisiones se toman conjuntamente y de forma democrática.
Dicho esto, es fundamental repensar la economía desde la vertiente democrática y para conseguirlo, es necesario tener en cuenta la opinión de la mayoría de la sociedad, tanto cuando se hable de dónde hay que destinar las inversiones públicas como las inversiones privadas. La ciudadanía debe tener la capacidad de participar en los debates y decisiones sobre: qué es necesario producir, paa quién se debe producir, cómo se debe producir y cómo se debe repartir la riqueza generada.
Como vemos, la democracia no debe estar presente sólo en el ámbito político, sino que es esencial que se empiece a instaurar dentro de las empresas. La determinación sobre qué hacer con los beneficios no debe tomarla sólo el propietario o el accionariado, sino que debe tomarse conjuntamente entre las partes esenciales para la producción, es decir, entre aquellos que aportan capital y quienes aportan su fuerza de trabajo. La democracia económica debe permitir que los trabajadores/ras tengan también capacidad de decisión dentro de la empresa, puesto que las decisiones que se tomen revertirán en su vida y en la de la totalidad de la sociedad.
¿Seguimos dejando que una minoría decida por nosotros o apostamos por cambiar el modelo?

