En un mundo donde todos nacen aprendidos con colosal sapiencia es muy tentador tirar la toalla y abrazar el silencio público, escribir para uno mismo y dejar, tras el último suspiro, un legado en forma de testamento repleto de papeles, sobre todo ahora, cuando la Humanidad oficialista da un asco supremo por la forma de abordar una guerra donde nadie queda ileso, aunque algunos prefieren potenciar el olvido instantáneo y la desinformación a través del espectáculo y emocionalidad, pues la reflexión intelectual se fue hace decenios, tras la caída del Muro, a la papelera de la Historia por la obligación de cultivar el pensamiento único, bienamado por el Capitalismo.
Con las Barcelonas el mutismo también podría ser una posibilidad, pero tranquilos, al menos aquellos agradecidos, pues no tengo ninguna intención de abandonar la tinta de cada jueves, eso sí, a todos aquellos con tantos conocimientos les animo a investigar día tras día y publicar sus conclusiones, o como mínimo tener un poco de consideración para quien lo hace de manera desinteresada, como es el caso con más de doscientos artículos.
Dicho esto, nos acercamos al adiós de uno de tantos limbos. Aún sigo en el carrer Aragó, pero los pies me conducen raudo hacia la encrucijada de València con Enamorats, significativa al unir dos universos, el moderno del Eixample, desnaturalizado por querer fundirse con lo pretérito de caminos a rebosar de molinos ya desaparecidos, con mínimo rastro en la superficie, quizá, si me apuran, sólo en el precioso carrer de l’Arc Sever, más concretamente en su parte trasera, ignota para la mayoría, perezosa de adentrarse en lo desconocido, donde, lo aseguro, no hay monstruos ni nadie te muerde.

Desde esta altura tengo dos manjares en mi mesa investigadora. Uno sigue sin tener mucha resolución. La vista se dispara por última vez hacia la esquina de Aragó con A Corunya. En la fachada del 580, junto a un rostro de talante clásico similar a los del número 109 de la Meridiana, leo 1892. La preceptiva visita al Archivo Municipal no disipa mis dudas, salvo por concederme el dato de propiedad en 1918, cuando se hizo una reforma solicitada por Antoni Altimiras, quizá con negocio en el Mercat de la Boquería, y efectuada por el arquitecto Bernat Pejoan, o Pijoan, con un apellido u otro en función del documento. El autor original del bloque podría ser Ribera Rodríguez por algunos elementos decorativos; tampoco puedo afirmarlo con rotundidad al carecer de pruebas para ello.

En cambio, el pliegue correspondiente a València 600 sí regala todo lo anhelado para mis pesquisas. El inmueble me obsesiona desde hace años. Según el catastro se terminó, probable, en 1960, pero en una fotografía un poco anterior lucia desde mi perspectiva favorita, enmarcándolo en el horizonte junto a la casa Delfí Sabadell.
¿Cuál era el motivo de mi obcecación? Con toda probabilidad observar muchas afinidades con otras propuestas de los años cuarenta, cuando el Franquismo activó una serie de leyes, aún con influencia de los preceptos falangistas de José Antonio Primo de Rivera, para paliar el grave problema de vivienda tras la finalización de la Guerra Civil.
Las hermanas del número 592-600 de València están bien esparcidos por Barcelona desde dos tipologías. En sus memorias, Oriol Bohigas definió este estilo como una mezcla de arquitectura fascista con ribetes brunelleschianos y una pizca de Noucentisme. No iba en absoluto equivocado, aunque su afán era el de criticar estas realizaciones por ser las de sus maestros en la Escuela, donde se fascinó y enconó a partes iguales con Raimon Duran y Reynals, uno de los mayores exponentes de esta tendencia, aún con ciertas deudas por esa lateralización de las fachadas centrales, como si así adquirieran más potencia en la perspectiva, estirándose como si fueran buques de piedra.
El primero de esta estirpe sería el conjunto de Francesc Mitjans en Bori i Fontesta con Pérez Cabrera, rubricado por el inefable Francesc Mitjans en 1944. Le siguen en mi elenco varios gigantes surgidos cuando se inició la ronda del Guinardó, sitos tanto en el cruce de esta con el carrer de Sardenya como un poco más abajo, en la confluencia con el carrer de Praga y en la invención, pues la mole de Ramón Tort se bastó para brotar una calle sin vecinos, de Abd El-Kader, a la vera del Parque de las Aguas.

Como es comprensible me olvidaré muchos otros porque no es este el lugar para ser exhaustivo. Los de la ronda del Guinardó coinciden con el de València con Enamorats por ser causa de la ley de vivienda de 19 de noviembre de 1948, modificación de otra, pueden seguir la evolución en las placas supervivientes en el espacio urbano, del 25 de noviembre de 1944 sobre vivienda bonificadas.
El decreto resumía las buenas intenciones del gobierno, contra las cuerdas por el ostracismo internacional, a partir de querer resolver la crisis habitacional y enmendar el galopante paro obrero involuntario. Esta última expresión tiene mucha miga por emplear una palabra maldita, solían usar productores en sus soflamas, como por no aclarar el significado de involuntario en toda esta ecuación.
La finca de Valencia 592-600 cumplía todos los requisitos de las de primera categoría por los siguientes motivos: usaba materiales tenidos por buenos, carpintería de calidad indudable, contraventanas o enrollables de madera en huecos exteriores, escaleras y pavimento de mármol para el portal y óptimo en el resto de superficies, bien de piedra natural, bien artificial de tipo continuo.

Las habitaciones para vivir o dormir debían representar, cuando menos, el 60% de la superficie útil, sazonadas como mínimo con un baño, trastero independiente y cocinas con termosifón, excepto si se disponía de equipo central de agua caliente. La gran novedad para la totalidad de los vecinos sería el ascensor si se alcanzaban o rebasaban las cuatro plantas, con la baja, siempre un vestíbulo como concesión a una cierta apariencia lujosa, como excepción a la norma.
Estas premisas fueron asumidas a rajatabla por la inmobiliaria Columbus y el hombre destinado a lucrarse por sus dotes técnico-artísticas con la operación, Pedro Ricart Bioy, un tipo muy peculiar, con entrada en la Enciclopedia Catalana por sus éxitos deportivos en lanzamiento de disco y bien posicionado en la esfera municipal de la dictadura, donde, entre otras horrendas maravillas, dirigió la pesadilla del polígono de Torre Llobeta.
Aquí, en València, dispuso de materiales mucho más dignos, sin olvidar la ubicación, pues no siempre nos es dado trazar una frontera entre dos hemisferios reacios a encontrarse pese a lo inevitable del choque. Ello aún puede apreciarse hoy en día por la tranquilidad de Enamorats, silenciosa entre su hermosa arboleda y la vía libre hacia la plaça de l’Oca y la incesante contaminación acústica de València hacia la Meridiana, el contraste, como diría William Blake, del matrimonio entre el cielo y el infierno, unidos y separados por esta punta de lanza del Imperialismo, como si fuera una flecha del Eixample contra la periferia o, si lo prefieren, del poder contra los vencidos de los márgenes, aún en la actualidad esperanzados de conservar las migajas de su bello pasado, ignorado por las autoridades, felices con sus discursos triunfales para sí mismas, sin importar si los pronunciaba el Alcalde Mateu o los tuitea Janet Sanz. El Gatopardo en Barcelona siempre disfrutó con su imperecedero ascendente.


