Quien no esté acostumbrado a pasear con el ingrediente de observar los detalles quizá no perciba caminar en Barcelona por infinitas fronteras invisibles. La del Edificio Columbus, con su ocupación tanto de Enamorats como de València, y su entorno facilitan reconocer una, más extraña si cabe por la disposición del espacio al ser, sin quererlo, el inicio de una plaza aún sin nombre, metros raros, sobre todo por romper con la dualidad e iniciar la senda de la calle dedicada a la capital del Turia hacia la Meridiana desde otro intangible quiebro porque suple en su extensión lo que antaño perteneció al carrer de Bofarull.
En realidad, según leo en noticias de hace un año, al final todo ese recodo se denominará la plaça de la Oca, pero ya volveremos al animalito de Frederic Marés, delicia de niños y feministas, si bien estas no lo han pintado de violeta como cada mes de marzo, destacándose el de 2020, cuando permaneció meses de ese color a causa del estallido de la Pandemia.

Por ahora miro el inmueble Columbus, con su parecido a otros coetáneos de ese final de los años cuarenta, indicio por toda esta zona, si me apuran hasta las estribaciones de passeig de Sant Joan, de cómo la posguerra fue pródiga en llenar huecos para solventar el problema de la vivienda mientras, poco a poco, cambiaba el modelo edilicio para aunar densidad demográfica y verticalidad en menoscabo del ideal republicano de la caseta i l’hortet.
He buscado más información de la inmobiliaria Columbus y su existencia, a priori, debió ser más bien corta, pues sólo aparece en la Gaceta Municipal entre 1949 y 1955, con escasas intervenciones en su haber, centradas en el binomio de Enamorats/ València y otra incomprensible en Fomento, desde 1925 Dega Bahí, una de las vías más particulares del Camp de l’Arpa y uno de los grandes caballos de la defensa patrimonial de este barrio porque, desde la ignorancia para con la Historia de los mandatarios, es demasiado suculento cargarse toda su riqueza para proseguir de manera obscena el carrer de Provença, cuya muerte se produce a la altura de Rogent.
Sin embargo, la inmobiliaria aún nos da para algunos párrafos. En el pliegue del Arxiu Municipal su dueño sería un tal José María Colomé o Palomé; alguien tacho el primer apellido para, quizá, adaptarlo más a la rabiosa castellanización de ese instante. Además de conseguir la ansiada primera categoría de la ley de viviendas bonificables hay más detalles de raigambre.
Todo partió, siempre según los documentos, de una reforma de unos bajos para levantar seis plantas y un ático. La forma de la finca se define, algo maravilloso, como torreón de chaflán. Más tarde, se cambiaron las puertas esquineras por ventanas, quedándose sólo el ingreso principal, muy acorde a los cánones de nobleza de esa contemporaneidad con su vestíbulo como preludio al ascensor, vendido como súmmum de modernidad pese a figurar en el imaginario barcelonés desde los balbuceos del Novecientos, cuando alteró la distribución social para dar privilegiar los pisos altos, otrora destinados al servicio.
Lo fascinante del Columbus, además de su situación en el mapa y lo particular de su morfología como bisagra, es su arquitecto. Pere Ricart Bioy fue un personaje de armas tomar y quién sabe si pudo juzgarse a sí mismo como un genio del Renacimiento, si bien lo más probable, o así lo intuyo, es entender su éxito a partir de una agenda de contactos excepcional.

Nació en 1911 y sobresalió en la década de los años treinta y el primer lustro de los cuarenta en el campo del deporte, hasta obtener diversos campeonatos y récords atléticos, erigiéndose campeón de España de lanzamiento de disco en 1941, título conseguido en Catalunya en cinco ocasiones, además de coronarse en otras especialidades como el lanzamiento de martillo y los relevos del 4×100, donde cosechó la plusmarca nacional con una selección universitaria de Barcelona en 1934.
Ahora me dio por imaginar a Ricart Biot, de quien valdría la pena un estudio más profundizado, como un frustrado Joan Antoni Samaranch. Su retirada le deparó una nueva singladura como máximo dirigente de la Federación Catalana de Atletismo durante dos años, hasta su dimisión en 1949 para enfocarse más en su labor arquitectónica, saldada con piezas notorias y a la vista de todos; no sé si lo podemos calificar como secundario de lujo o más bien como alguien, no sé si se tituló, muy oportunista y con cierto talento.

Con el Columbus bien pudo imitar lo practicado por firmas muy superiores, como las de Duran y Reynals o Francesc Mitjans. Al fin y al cabo, el atractivo de nuestro protagonista se ciñe a un modelo, no como en otras creaciones de Ricart Biot, como el incomparable termómetro de Can Cottet en el portal de l’Àngel, por no hablar de la reforma del teatre Borràs, un referente de la escena condal, o los bloques cercanos a la rambla del Poblenou, puro porciolismo de primera hora para liquidar el Somorrostro en el passeig de Calvell y, más tarde, lucrarse con los guiris por esa proximidad con el mar. Por último, dentro de su carrera no podemos olvidar el desastre de Torre Llobeta y el palacio Balañà del passeig de Sant Antoni, de 1965 y consecuencia de la buena relación del polifacético ser con la empresa a lo largo de los decenios.

Si dejo atrás el Columbus alcanzo la oca y el panorama es un rompecabezas como forma de darme la bienvenida al Camp de l’Arpa, al fin vivificado por una anécdota demoledora, nunca mejor dicho. Hará pocas semanas tiraron al suelo la casa Estrella Coca de Rogent con València. La asociación de Vecinos, dirigida desde hace demasiados años por la misma persona como si fuera su cortijo, la última ha sido quejarse por una ITV que a nadie molesta en el passatge Puigmadrona, ha puesto el grito en el cielo porque el patrimonio corre peligro, y para eso nunca es a buenas horas mangas verdes, pero sorprende tanto arrebato, Núñez y Navarro se ha comprometido a devolver la fachada a su aspecto original, cuando sin ir más lejos nada se hace, más bien se acepta, por evitar el adiós de las casitas del carrer Trinxant con Meridiana, de 1870 y a reemplazar por viviendas sociales.

No han hecho nada porque, siempre el PGM, las han dejado pudrir por dentro sin pensar en cómo podrían rehabilitarse y darles un uso social y de memoria sin pasar por el típico galón colauista, una paradoja de este siglo en Barcelona, donde surgen alternativas vecinales porque para muchos las AA.VV., se comprobó recientemente en el Baix Guinardó con l’Hort el Brot y el hotel para personas sin techo con adicciones a diez metros de una escuela de alta complejidad, son engranajes de las instituciones, ya desprovistas de su peligro de los años setenta, urgidas de renovación.

